La amante de mi tío abuelo

Siendo payaso de hospital en el año 2009, me tocó ir a la ciudad de San Cristóbal para el encuentro nacional de nuestra organización, Doctor Yaso. Evento para el cual nos hospedaron en un lugar hecho especialmente para payasos: el Círculo Militar.
Ya estando allí, aproveché para quedarme unos días más y visitar el pueblo de San Pedro del Río, al cual fui muchas veces de niño pues allí vivía mi tía abuela Margarita. Un lugar donde nos bañábamos en el río, vendíamos mangos en carretilla, tomábamos caldo de galletas de soda y nos mecíamos en hamaca cual montaña rusa. Todo mientras los adultos hablaban en el patio con mi tía abuela Margarita, quien nos disfrutaba como esos hijos que nunca tuvo. Una casa tan divertida, que cuando mis amiguitos de preescolar contaban que habían ido de vacaciones a Margarita, yo creía que hablaban de la casa de mi tía abuela.
Aunque llegó ese día en que ella falleció. Yo tendría como once años y, tras eso, más nunca volvimos a San Pedro del Río, pues mi dolido y enviudado tío abuelo tomó una decisión drástica: la de hacer pública su relación amorosa con la muchacha de servicio de mi tía abuela. Sí, mi familia era la telenovela Marimar.
Pero en ese año 2009 ya yo tenía veintinueve y mi tío abuelo también había muerto. En esa casa de San Pedro del Río ahora solo vivía la amante, quien quizás también tenía su propio amante y quién sabe si era el mayordomo.
Yo igual me aventuré y fui pensando: “Llego allá y le toco la puerta. Si me deja entrar para ver la casa y recordarla, buenísimo”. Entonces llegué, toqué la reja, salió la amante de mi tío abuelo y le dije: “¿Cómo está? Soy Reuben, el sobrino de Margarita”. Ella me vio con cara de: “¡Este maldito lisiado viene por la herencia!”. De haber sido una telenovela, el capítulo hubiese terminado en esa dramática escena.
Sin embargo, la conversación siguió y le pregunté si me permitiría entrar a la casa para verla de nuevo. Ella accedió amablemente y pasé. ¿Sería que también nos extrañaba?
Al entrar, yo esperaba encontrarme otra casa, pero mi sorpresa fue que todo estaba como lo había dejado mi tía abuela Margarita. ¡Los mismos muebles, las mismas mesas, los mismos portarretratos, las paredes sin pintar y la grama crecida! Era el reflejo de la Venezuela chavista: la misma casa, pero expropiada y descontinuada.
Tras visitarla, solo quise quitarme ese shock dándome un chapuzón en el río al que tantas veces fui de niño. La cosa es que ahora el trayecto me pareció cortísimo y el agua ni me llegaba a las rodillas.
Después fui a la plaza Bolívar, me senté en un restaurante y apenas pedí, se fue la luz. Esperando a que llegara, le conté al dueño que me había bañado en el río y de inmediato respondió: “¿Se bañó ahí? ¡Pero si esa es la cloaca del pueblo!”.
Fue así como terminó mi viaje a San Pedro del Río: con más decepción que alegría, pero satisfecho por sacarme esa espinita de la nostalgia. Algo parecido a lo que será volver a Venezuela. Quizás no sea la misma casa de mis recuerdos, aunque siendo un desterrado político lo que más anhelo es que aparezca alguna amante de un tío abuelo mío que por lo menos me abra la reja y me deje entrar. Así sea un ratico.
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