Más abogados y menos políticos

En el ejercicio del derecho uno aprende algo muy temprano: ningún conflicto se resuelve sin entender primero los intereses de las partes.
Cuando un abogado recibe a un cliente, lo primero que hace no es atacar a la contraparte ni lanzar consignas. Lo primero que hace es escuchar. Escuchar qué quiere su cliente, cuáles son sus objetivos reales y cuáles son los límites dentro de los cuales está dispuesto a negociar.
Luego viene la segunda fase: estudiar el caso a la luz de la legislación aplicable y plantear escenarios posibles. No uno, sino varios. El escenario ideal, el escenario probable y el escenario mínimo aceptable.
Solo después de ese análisis se produce el encuentro con la contraparte.
Y allí ocurre algo fundamental: el abogado también escucha. Escucha cuáles son los intereses del otro lado. Identifica los puntos en común, detecta las divergencias y analiza tres cosas muy concretas: dónde se puede avanzar, dónde hay que presionar y dónde es inevitable ceder.
Ese es el oficio.
Quienes hemos ejercido la profesión sabemos además algo que los abogados aprendemos con los años: un día representamos al vendedor y al día siguiente al comprador. Un día al Estado y al día siguiente al ciudadano. Ese ejercicio permanente nos cura de fanatismos y nos obliga a ser pragmáticos.
Nos enseña a no encasillarnos en pendejadas.
Los abogados estamos acostumbrados incluso a sentarnos a negociar con quien sea necesario. Hasta con el diablo, si hace falta, cuando el objetivo es resolver un problema.
Los políticos, en teoría, también deberían hacerlo. Por algo existe esa vieja expresión popular según la cual los políticos tienen “piel de cocodrilo”.
Sin embargo, en Venezuela eso cambió hace más de dos décadas.
Hugo Chávez militarizó la política. Transformó el debate de ideas en una guerra permanente. La lógica dejó de ser la negociación y pasó a ser la confrontación total. El adversario dejó de ser adversario y pasó a ser enemigo.
Y cuando la política se convierte en guerra, la negociación se vuelve traición. Ese cambio cultural es uno de los mayores daños que ha sufrido la vida pública venezolana.
Tampoco ha ayudado la infinidad de diálogos propuestos por el gobierno para ganar tiempo y el no cumplimiento de los compromisos acordados por las partes.
Es perfectamente normal ver hoy en día a una gran cantidad de venezolanos con aspiraciones presidenciales. Como decía Rómulo Betancourt, en una frase que se repite con frecuencia en la política venezolana, “el que respira, aspira”.
Y mucho más cuando el país ha vivido durante veintiocho años bajo el monopolio del poder de una misma camarilla.
Pero los actores políticos —todos— tienen que tener claro el momento histórico que estamos viviendo.
Si Venezuela fuera hoy una democracia plena, adelante: salgan a hacer campaña. Ese sería el camino natural hacia el poder.
La realidad es otra.
Antes de elegir un presidente, Venezuela tiene que reconstruir las condiciones mínimas para que una elección tenga sentido.
Primero hay que construir la democracia. Solo después alguien podrá ganarla.
Y es allí donde siento que estamos fallando y si aquí hubiese un árbitro ya habría cantado posición adelantada.
Tenemos que dejar atrás los complejos políticos que estos veintiocho años nos dejaron.
Le guste o no a Jorge Rodríguez, María Corina Machado es hoy la líder más popular de Venezuela y Estados Unidos juega un papel fundamental en el país.
Le guste o no a María Corina, quienes ejercen el poder en Venezuela son quienes hasta el 3 de enero acompañaron a Nicolás Maduro y hoy intentan adaptarse a nuevas realidades políticas, la mayoría de ellas influenciadas por Estados Unidos.
Le guste o no a María Corina, también existen otros líderes opositores —de menor popularidad— que tienen un rol político concreto porque son quienes tienen voz dentro de la Asamblea Nacional y son escuchados por quienes detentan el poder.
Y le guste o no a ese grupo de dirigentes opositores enfrentados con María Corina, ella representa el sentimiento mayoritario de quienes desean una transición democrática.
La conclusión es incómoda, pero evidente.
Todos se necesitan.
Por eso, más que discursos, Venezuela necesita negociación.
Negociar condiciones para estabilizar el país.
Negociar medidas que permitan mejorar la situación económica.
Negociar la reinstitucionalización del Estado.
Negociar condiciones electorales creíbles.
Solo entonces podrá haber lo que todos deseamos: una verdadera fiesta electoral donde los venezolanos decidamos nuestro propio destino.
Tal vez lo que este país necesita en este momento no es más políticos.
Tal vez lo que necesita es más abogados.
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