Emilia Pérez: la narco-metamorfosis

El mundo del cine ha estado ligado desde sus mismos orígenes con el asombro y la maravilla, con la capacidad de hacer visualmente tangibles y verificables lo que hasta el invento de los hermanos Lumiere pertenecía al ámbito de la fantasía.

No gratuitamente el mundo de los monstruos, el misterio y el horror figuraba entre los primeros éxitos de este arte que nos empujó con fuerza al siglo XX. Cuando el color y el sonido estallaron en la pantalla lo hicieron con ellos los mitos, la fantasía, los mundos extraterrenales y pudimos ver lo que antes sólo podía ser imaginado. Por alguna razón, este onirismo cinematográfico estaba vinculado a la música, acaso porque ésta explora mejor que el orden visual las profundidades de la subjetividad.

La pantalla de cine ha sido escenario perfecto para los cuentos de hadas, la magia, los sueños, los mundos alternos, las utopías.

Este origen fantástico del cine es una obsesión recurrente, que el cine mismo ha querido olvidar muchas veces, al hacerse documento, o explorar la más cruda realidad, o las entrañas a veces oscuras, a veces fétidas de nuestro mundo, ese que nos rodea y agobia.

Pero el cine no ha renunciado a ser ventana de escape, y la fantasía tiene la mala costumbre de ser obstinada y regresar en diversas e insospechadas formas.

Narcomusical

Así, para la temporada de los Oscars 2025 tenemos tres películas que la acogen de esa manera bizarra a la que aludimos. Escribimos ya sobre una de ellas: Anora de Sean Baker donde el mundo del oficio más viejo del mundo y la mafia rusa se aproximan sorprendentemente al de los cuentos de hadas.

Y, esa feliz derivación del cine fantástico que es el musical vuelve a colarse entre las nominadas a Mejor película con Wicked, una enrevesada “versión alternativa” de uno de los éxitos más inextinguibles de Hollywood (al menos hasta ahora), The Wizard of Oz; y lo que es quizás la apuesta más extravagante del cine de este año: Emilia Pérez, que empapa la sordidez del mundo del narcotráfico mexicano y el proceso, nada fácil de comprender, de la metamorfosis transgénero en las aguas melódicas y la estética del musical.

Es un film escrito y dirigido por el francés Jacques Audiard, suerte de enfant terrible y niño malcriado del cine francés reciente, y cuya única memoria de nuestra parte es De rouille et d’os (De óxido y hueso), con la estrella Marion Cotillard, que trabaja, como en otras de sus películas a personajes que bordean la bizarría y la periferia social.

Audiard y su equipo de escritores (Bidegain, Mysius, Livecchi, Razon), todos franceses, se atrevieron (sin demasiada investigación, según confesión del propio Audiard), a trabajar el mundo del narcotráfico mexicano. Y es que Emilia Pérez ha levantado polémica desde el inicio de su recorrido en el ruedo comercial.

Ha sido acusada de neocolonial, de partir de una mirada eurocentrista, de apropiación cultural e incluso los colectivos LGTBI la han atacado por dar “visiones retrógradas de las personas transgénero”. Sin embargo, muchos de los avatares más estrafalarios que se ven en el film no  son originales de Audiard y su equipo. Ya están en la literatura del narcotráfico (las narco-novelas, los narco-corridos, como Sin tetas no hay paraísoLa virgen de los sicarios e incluso  La reina del sur).

Además, ¿de dónde sale ese purismo latinoamericano sobre determinados temas, nosotros que hemos saqueado los temas centrales del imaginario occidental? Audiard  toma en préstamo o parodia otro género vernáculo, la telenovela. Revertida en el cine por un francés ¿nos resulta ahora ridícula y absurda? Me temo que en Latinoamérica, México vergonzosamente incluido, se ha leído muy poco a Carlos Monsiváis.

La telenovela como paradigma estético

Creo que los árboles no han dejado, al público y a parte de la crítica, ver el bosque. La falla de Audiard no está, a mi juicio en lo estrafalario de su trama y sus personajes, ni en lo ambicioso de su historia, ni en lo melodramático de su desarrollo y desenlace, sino en dos cosas cruciales: la primera es lo inconexo y pobremente desarrollado de la narración.

En la primera parte, todo el cuento de la conversión de Manitas en Emilia está bastante bien narrado con las implicaciones para Rita, la abogada que medra por su trabajo y para Jessi, la esposa del narcocapo; pero a partir del regreso del protagonista a México y el empeño de recuperar a sus hijos, el film empieza irremediablemente a hacer aguas.

Nunca se resuelve el conflicto básico entre Emilia y su antigua esposa, bisagra crucial del conflicto entre las dos vidas del protagonista. La revelación, ya moribunda, bajo la metralla no corona nada, pues los personajes desaparecen en un predecible estallido.

No hay profundidad en los personajes. El que más se acerca a ello es el de Emilia, pero la soledad y soltería de Rita, la esposa inconclusa que es Jessi, y la casi incomprensible (al menos para mí) vuelta de tuerca de Emilia, que se gasta el oro y el moro en cambiar de sexo/vida para terminar enamorada de otra mujer, se diluyen como en lo peor de nuestras telenovelas: absurda, superficial y gratuitamente.

El segundo elemento que socava la película es la dificultad para conectar con el protagonista: lo antipática que resulta la figura del narcotraficante en nuestro continente, al menos en la mayoría del público, lo desagradable físicamente que resulta Manitas (y que no mejora demasiado cuando se transforma en Emilia), la inutilidad de ese cambio al intentar seguir controlando la vida de los que ha dejado atrás, el supuesto sacrificio al perder a su familia, que resulta tan caprichoso como querer recuperarla luego, la asociación de su gesta a punta de dinero con un tema neurálgico para los mexicanos: los jóvenes desaparecidos.

Nada de esto llega ni a un culmen ni a un verdadero desenlace. De hecho está muchísimo mejor confeccionado -guionística, dramática y actoralmente- el personaje de Rita, en la superempática actuación de Zoe Saldaña. Diré algo más: es el único personaje que goza de este beneficio. Los demás van poco más allá del boceto. No se trata de excentricidades ni de personajes marginales ni de colectivos preteridos: es falta de arte.

Musical con kriptonita

Tres cuartos de lo mismo ocurre con lo que se ha pretendido el segundo o tercer bastión del film: la música, autoría de Camille y Clement Ducol. Se entiende que busque una modernidad de cierta tendencia minimalista, pero sus canciones son de pobre arco melódico, y escaso gancho, lo cual en un musical es kriptonita. Las canciones nominadas a los premios son precisamente las más redondas en ese apartado, pero sin superar el promedio.

De hecho, “El mal”, una de ellas, se sostiene sobre todo por la performance de la Saldaña, eléctrica y proteica. Cuando intenta cantar Karla Sofía Gascón, el desastre no tiene represa. Y esa oda al narcisismo femenino, frecuentemente enarbolada como emancipación femenina, que es “Mi camino” cantada, esta sí, con plena autoridad, por Selena Gómez, no hay por donde agarrarla en lo que a su lírica se refiere.

En el Boom latinoamericano, el realismo mágico fue lo que atrajo los ojos del mundo sobre nuestro continente, aunque ello supusiera una sombra sobre autores que no cultivaban -o dejaron de cultivarla- la tendencia. Se esperaría que esta suerte de estética tercermundista made in Europe no tuviese mayores consecuencias. El propio Audiard y sus actos de declarado menosprecio a lo hispánico deberían haber dinamitado ese puente.

Pero nunca se sabe…

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