Ojos negros

Acostumbraba a acompañar a un familiar a sus citas médicas en un conocido centro clínico de la ciudad. Cada semana me preparaba para la cita correspondiente y madrugaba de buena gana para hacer de “héroe en el acompañamiento”, tal como jocosamente acostumbraba a referirse a nosotros que éramos sus compañeros circunstanciales de consulta.

Si bien no resulta particularmente llamativo el asistir a una consulta médica, lo que si movía mi atención era lo que ocurría a nuestro lado: apenas a unas cuantas puertas de distancia, se encontraba el departamento de radioterapia, y siempre ocupando sus puestos, estaban puntuales los pacientes citados para ese día.

Siendo que la visita semanal ya era rutina, se hacían rutinarios también los rostros y las personas que acudían a la correspondiente cita de radioterapia. Por fuerza de la costumbre, y también por gracia de esa inevitable tendencia a tratar con tácita familiaridad a quien solo conocemos de vista, con el transcurso del tiempo se nos hizo común identificar a los pacientes con cariñosa y silenciosa simpatía, acompañándolos a pocos puestos.

He aquí que siempre distinguimos a una señora de mediana edad que puntualmente acudía a sus citas ataviada elegantemente como si después del tratamiento de radio, fuera a posar para una portada de revista de modas. Muy divina ella, se paseaba por la amplia sala de espera, como una reina de otra época, requiriendo de las divertidas caravanas de sus improvisados súbditos, que aún en medio de las bromas y los piropos galantes, se confesaban seducidos por su porte y donaire. Luego de su particular recorrido destilando garbo, se sentaba, esperando su turno para enfrentarse al enrevesado aparato que de encantos no sabía nada.

Otra señora algo más joven, regordeta y bulliciosa, destacaba a su vez por sus chistes de grueso calibre, celebrados a risotadas de muy alto volumen, mezcla de nervios y malicia, que bulliciosamente hacían caso omiso de que se trataba de las 6:30 am de un día de semana, amén de las circunstancias por las que se reunía la improvisada y ruidosa audiencia. Desenfadada, le reñía cariñosamente a sus cordiales víctimas: a este que dormitaba intermitentemente guardando su turno incómodamente apostado en una silla; o aquél que se paseaba nerviosamente caminando de un lado a otro, también a la espera de su radiactiva curación.

Veíamos también al señor maduro, muy serio, acompañado de un bastón y una biblia negra de tapas desencuadernadas bajo el auspicio de sus manos, presas estas de la ansiosa espera disfrazada bajo su aspecto adusto, lo cual no le evitaba celebrar por lo bajo los cuentos colorados de la señora gordita, cosa que descubrimos cuando lo vimos varias veces escondiéndose muerto de la risa detrás del libro del Génesis o los Hechos de los Apóstoles. Pero apenas cesaba la alegre expansión del chiste y cerraba el sagrado libro, volvía a su rostro severo.

Y estaba a la que bautizaron entre ellos mismos como “la mascota” del grupo, una chica jovencísima de intensos ojos negros, que siempre miraba asustada a la puerta de consultorio mientras esperaba azorada su turno. A veces la acompañaba una señora de edad, quien solícita le tomaba las manos y le hablaba como rezando una milagrosa oración a la que ella asentía convencida de sus poderes. Otras veces llegaba sola con sus ojos asustados y fijos en la puerta de la consulta, como si se volviera a sentir huérfana en medio de la oscura orfandad producto de su diagnóstico. Era en esos momentos en que funcionaba automáticamente un silencioso sistema de ráfagas de simpatía que le llegaban de todos lados, incluidos nosotros, y que le brindaba la más cálida de las acogidas.

Con el tiempo, ya sea por causa afortunada de la remisión de la enfermedad,  o por el infortunio de los estragos infinitos de esta, fue mermando la asistencia a la cita obligada, y poco a poco las ausencias se hicieron más notables que las presencias. Ya no vimos a la señora elegante ni su fascinante desfile; no estaba tampoco el señor del bastón y la biblia, regañándonos de mentira desde lejos con su mirada seria; y hubo un día tristísimo en que dejamos de escuchar los acostumbrados chistes de la gordita amenizando la madrugada.

No sé quién es, nunca la conocí y no supe de ella más, pero hasta el último día en que fui, siempre estuvo la chica de los ojos negros asustados.

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