Economía para la gente
De la “gratuidad” de las cosas (II)

Ante todo, quiero desear un muy feliz año 2018 a todos los que habitamos en este querido país, y en particular al equipo de Guayoyo en Letras y a quienes me honran con dedicar parte de su valioso tiempo a la lectura y reflexión de mis artículos, y a sus respectivas familias. Muchas gracias.

Retomamos nuestros artículos semanales, con mucho ánimo y esperanzados en que este año será mejor que el pasado, contrario a los pronósticos, lleno de unión, paz, amor, prosperidad y solidaridad.

Sigamos entonces reflexionando sobre que no existe tal cosa como algo gratuito.

De la misma manera le ocurre el Estado si quisiera prestar un servicio o producir un bien: alguien debe financiar la producción de éste. ¿y por qué debería ser distinto a lo que le ocurre a las empresas, familias o personas? No es distinto.

Por ejemplo: la burocracia cuesta, hay que pagar a los funcionarios públicos por su trabajo. Hay que pagar a los parlamentarios por su trabajo. Si quiere sostener escuelas y pagar a maestros, sostener hospitales y pagar a médicos, mantener carreteras y autopistas, prestar servicios de defensa de la soberanía, seguridad, infraestructura y servicios públicos, etc., debe pagar lo que todo eso cueste. No son cosas gratuitas. Y si además quiere sostener empresas, también debe asumir su costo.

Y como ya vimos, asumir estos costos implica que alguien debe financiarlos. El Estado, y así también el gobierno, al igual que las personas o las empresas, no crea estos bienes o servicios de la nada, mágicamente. Alguien los financia. Al igual que le ocurre a las familias, para poder gastar se necesitan ingresos. Alguien debe financiar, poner el dinero, para poder gastar.

Las empresas financian su producción, gastos e inversiones, con recursos propios, ahorros, ingresos por vender bienes o servicios, endeudándose o con aportes de socios. Las familias o personas, financian sus gastos e inversiones, con recursos propios, ahorros, ingresos por su trabajo o endeudándose.

De similar manera, el Estado, y el Gobierno particularmente, financia sus gastos con recursos propios, ahorros, impuestos o endeudándose.

En todos los casos, empresas, familias, personas o el gobierno, deben pagar en algún momento su endeudamiento, por lo tanto, los gastos e inversiones a la larga terminan financiándose con recursos propios, ahorros, ingresos, o impuestos en el caso del gobierno.

Por la misma razón es que ni una empresa, ni una familia, ni una persona, ni el gobierno, pueden eternamente gastar más de lo que les ingresa. Alguien debe financiarlo. Alguien debe cubrir ese déficit. En el caso de las empresas, los déficits se cubren con recursos propios, ahorros, endeudándose o aportes de socios. En el caso de las familias y las personas, los déficits se cubren con recursos propios, ahorros, o endeudándose. Pero ni los ahorros, ni el endeudamiento, ni el aporte de socios, son infinitos; todas esas fuentes de recursos tienen un límite.

En el caso del gobierno, los déficits (asumidos ya los ingresos por impuestos) se cubren con recursos propios, ahorros (como fondos de estabilización), endeudándose, o con una opción con la que los ciudadanos no contamos: el impuesto inflación (emisión de dinero inorgánico por parte del Banco Central = monetización del déficit). Pero ni los ahorros, ni el endeudamiento, ni la monetización del déficit, son infinitos; tienen un límite.

Entonces lo sano, tanto para las empresas como para las familias, las personas o el gobierno, es tener unos presupuestos de ingresos y gastos superavitarios o, al menos, equilibrados.

Y cuando me refiero a empresas, lo mismo aplica tanto para las organizaciones con ánimo de lucro, como para las que no persiguen el beneficio.

En el caso del gobierno, similar a la empresa que decidiera vender su producto a un precio inferior al costo, o regalarlo, cuando decide subsidiar a un sector, o un bien o un servicio, esto no es gratuito ni se crea mágicamente. Se debe financiar por alguna fuente de recursos: impuestos, fondos, endeudamiento, o inflación. Visto de manera complementaria: hay ganadores y perdedores en el proceso; se beneficia a unos, pero otros deben financiarlo.

Por ejemplo, si partimos que el presupuesto del gobierno está equilibrado (ingresos = egresos), y se decide crear un nuevo subsidio, dígase vender combustible a un precio por debajo del costo o regalar algunos bienes, el déficit que ahora se genera, pues los gastos y costos se incrementan por encima de los ingresos actuales, para que el subsidio realmente se concrete, debe haber un aumento en los ingresos que lo compense: aumento de ingresos vía impuestos, o más endeudamiento, o tomar de los fondos ahorrados, o crear inflación. Y en todas estas alternativas hay costos (económicos, sociales, políticos, explícitos y de oportunidad) y beneficios (económicos, sociales y políticos), y hay ganadores y perdedores. No hay almuerzos gratis. Con seguridad el gobierno decidirá por aquella alternativa o alternativas, que espera que mejor resultado le dé en una estimación de costos y beneficios.

Si suponemos que se deciden incrementar los impuestos para cubrir el subsidio, se benefician los receptores del bien subsidiado, y lo financian los contribuyentes. Es decir, unos viven a expensas de otros, parafraseando a Bastiat. Dicho de otra manera, bienes que en apariencia sean gratuitos, realmente no lo son; alguien los está pagando.

La búsqueda de rentas (rent-seeking) también ilustra esta situación de vivir unos a expensas de otros. Por ejemplo, cuando el gobierno fija un arancel a la importación, protege a la industria nacional de la competencia extranjera. Ganadores: las empresas protegidas, sus dueños y los empleados que trabajan en ellas, y el gobierno. Perdedores: los importadores de productos que les compitan a los protegidos, y el consumidor. Cuando el gobierno otorga una concesión monopólica a una empresa privada o se reserva un sector para sí mismo, protege a tal empresa de la competencia nacional y extranjera. Ganadores: la empresa protegida (monopolista), sus dueños y los empleados que trabajan en ella, y el gobierno. Perdedores: las empresas competidoras potenciales, y el consumidor.

Bueno amigos, en este punto concluimos con nuestro análisis económico de la pretendida u ofrecida “gratuidad” de las cosas. Vemos que se trata de una oferta engañosa.

Entender de economía política, identificar ganadores y perdedores, nos permite entender por qué no cambia y por qué es difícil cambiar el statu quo.

Rafael Avila

Rafael Avila

Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila. Profesor de la UCAB y el IESA. Ingeniero Civil, UCAB. Master en Administración de Empresas, Políticas Públicas y Finanzas, IESA. PhD. in Economics de la SMC University, Zug, Suiza.
Rafael Avila

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