Apuntes sobre el hambre

Si gobernar se tratase de crear un sistema social cimentado sobre decretos, Venezuela sería, sin duda, recordada por ello. Los dictadores criollos han sabido pulverizar la palabra a causa de sus fantásticos y vacuos decretos. Han socavado la capacidad de nombrar, distorsionaron el lenguaje hasta hacérnoslo ajeno, nos dejaron en estado de orfandad simbólica. Trastocaron todo orden y antepusieron la chatarra como sistema único. Los CLAP son el ejemplo más aplastante de ello. Comité Local de Abastecimiento y Producción, un acrónimo de chiste, una plantilla hueca, una máscara más anunciando la hambruna que se nos aproximaba.


Esta alarma se encendió en mí cuando un renombrado sacerdote venezolano escribió en sus redes sociales: “Si va a botar alimentos, envuélvalos en dos bolsas y escriba por fuera: comida. Obviamente, déjelos en un lugar visible”. Los puristas de las redes armaron un alboroto porque ¿Cómo es posible que un sacerdote incite a la gente a comer basura? Les parecía una vergüenza.

A veces pienso que la gente se indigna más por el hecho de tener una escena dantesca frente a su casa que por el hecho mismo del hambre. 
¿Y si nos atrevemos a pensar que aquel hombre no hacía un mandato descabellado, sino que había leído un hecho social que comenzaba a tomar fuerza?

Es arriesgado juzgar el hambre y sus embates. Habría que sentir el estómago vacío primero. Es abrumador el dolor ajeno cuando la desesperanza de no poder paliarlo es la condición imperante. Tampoco es sencillo abrir la puerta de tu casa y ver frente a ella a una familia hurgando y engullendo desechos.

A mí, además del hambre y sus consecuencias, me atormenta la buena vida que se dan los proveedores del mal, los gorditos vestidos de verde que siguen jugando a la ruleta fratricida mientras el sobrepeso los devora. ¡Qué sabroso y desquiciante debe ser estar obeso en revolución! (y con esto no quiero sonar gordofóbica sino narcofóbica).

Durante mi último año en Venezuela la complejidad del fenómeno fue aterradora. Inicialmente eran los indigentes quienes se alimentaban de la basura, o grupos de jóvenes abandonados que habitaban las calles de Caracas. De pronto, el panorama se transformó, pasamos de ver hombres y mujeres en condición de indigencia a encontrar familias enteras buscando entre las bolsas, dividiéndose las tareas y repartiéndose la comida. En ese momento supe que ya no había vuelta atrás. El hambre se había esparcido estrepitosamente a lo largo y ancho del país y alimentarse de los desechos se convirtió en la “solución” de los más pobres.

Perdimos el asombro ante el horror y salimos de Venezuela con un corazón acorazado. Con la mirada gélida y la memoria tomada por caudalosos ríos de zombies.

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