Del otro lado

Siempre estuvo ahí, en un rincón, reflejando nuestra felicidad y nuestra desdicha, lo conservé por mi esposa; a ella le encantaba pasar horas y horas frente a él, a mí nunca me gustó, me incomodaba, me ponía los pelos de punta pensar que siempre, aunque sea tu reflejo, alguien estará observándote.

Así es, era un viejo espejo largo con cuatro patas que lo sostenía y debajo de este quedaba un espacio plano que mi esposa usaba para poner fotos y flores. En lo más alto tenia la decoración de unos ángeles en madera. La persona que lo hizo era realmente muy hábil con las manos.

A pesar de que a simple vista era muy pintoresco, siempre me causó una sensación de incomodidad. Esa fue una época dolorosa. Mi esposa enfermó y tuvieron que hospitalizarla, lo que quiere decir que estuve un buen tiempo solo en casa, usualmente me sentaba en un sillón a leer mis libros de Sherlock Holmes en la sala mientras veía el hermoso atardecer y fumaba un buen tabaco. En una ocasión, mientras estaba absorto con los resplandecientes colores que me recordaban el suave y largo cabello de mi esposa, oí algo romperse. Me dirigí al tramo que conectaba la sala  con las habitaciones y allí estaba yo reflejado en aquel viejo espejo y ante mis pies, una foto de mi esposa y mía. En esta nos reflejábamos felices recién casados; curiosamente el vidrio solo se partió del lado de ella, sentí un vacío en el estómago y seguí en lo mío.

Pasaron realmente muchas cosas raras, pero nunca hallé motivo alguno para irme de casa. Cada día que pasaba yo estaba ahí plantado firmemente, esperando el regreso de mi esposa.

En otra ocasión estaba dormido y desperté sobresaltado al oír una voz que susurraba: “ella es nuestra” después de esto escuche una serie de sonidos inentendibles que me conducían hacia el espejo y allí estaba yo otra vez reflejado, me acerque al espejo y no sé si fue porque finalmente me volví loco pero empecé a hablarle al espejo:

-¿estás hablando de mi esposa?

-(silencio)

-¡Se que oí algo que me condujo para acá, quien sea que este aquí deje en paz a mi esposa!

-(silencio)

Hubo un largo mes de tranquilidad en la casa y recibí la maravillosa noticia de que mi esposa se había mejorado y que ya podía volver a casa. Rebosante de alegría fui a la florería y compre las rosas más rojas que habían. Cuando llegó a casa sonreí como nunca, la besé y le di las flores, después me contó cómo le fue en el hospital, cómo la trataron y cosas así,  ella se fue a descansar puesto que se había mejorado mas no curado del todo. En ese momento mis tormentos volvieron, oí ese malicioso susurro “despídete”. Extrañado mira a todas direcciones y al no ver nada seguí leyendo el periódico.

Al día siguiente mi esposa se levantó de buen humor y la pillé besando la rosa más roja y más grande que había. Dios sabe cuento amo ver a esa preciosa mujer radiante de felicidad, sonrojada sonriéndole a la vida como si la maldad y el dolor solo fuesen malos sueños que olvidamos al despertar.

Ya entrada la noche me vestí lo más elegante posible, ya que íbamos a salir a celebrar que mi esposa se había curado. Me estaba ajustando la corbata frente de ese maligno espejo, cuando mi esposa pidió que me volteara para tomarme una foto. Después de esto, misteriosamente, la cámara se quedo sin batería. No le hicimos caso, ya que esa cámara era muy vieja. Pasamos la mejor noche de nuestras vidas, fue como si fuéramos jóvenes y el amor floreciera en nuestros pechos como si se tratase de la primera vez.

Ya en la casa, a eso de las tres de la mañana, oí a alguien caer y desperté violentamente, la cámara de mi esposa, que estaba en mi mesa, se encendió de repente mostrando la foto de cuando me probaba el traje, en esta salía yo dándole la espalda al espejo pero había algo que no estaba bien… si yo estaba dándole la espalda al espejo ¿Cómo es que el reflejo miraba mi espalda? En ese momento la voz volvió y dijo: “ya es nuestra”. Salí corriendo al pasillo para ver  mi esposa arrodillada frente al espejo.

-¿estás bien? Le pregunté.

.Sí, sí, solo sentí que algo me empujo, me respondió.

Repentina y misteriosamente, una de las patas del espejo se desprendió y este cayó sobre mi amada aplastándola. Después de gritar su nombre, levanté el espejo pero… mi esposa ya no estaba. El vidrio se hizo completamente añicos y allí tirado en el suelo, solo quedaba la enorme y roja flor que mi amada había besado.

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