Betancourt y la Ruta hacia la Democracia

En términos histórico, el 23 de enero de 1958 marcó una ruptura en el orden político venezolano. El fin de la dictadura corporativa militar que durante 10 años usurpó el gobierno a través de un golpe de estado el 24 de noviembre de 1948, colapsaría ante la embestida de la sociedad civil en pleno y la fractura de la aparente monolítica Fuerza Armada nucleada en torno a Marcos Pérez Jiménez. En definitiva, el proyecto democratizador iniciado luego de la Revolución de Octubre de 1945, con una Junta Revolucionaria de Gobierno que viabilizó la Constitución de 1947 dando paso a una democracia popular, universal y directa, es retomado luego de la huida del dictador.

Después de diez años de dictadura, de violaciones a los derechos civiles, de implantación del terror a través de la Seguridad Nacional, de asesinatos a mansalva, de torturas a disidentes políticos, de reclusiones en Sacupana y Guasina. Era perfectamente entendible una respuesta violenta de parte de los demócratas hacia los implantadores del terror, fue una década que acumuló vejaciones, rencillas y odios enconados. Algún familiar, amigo, compañero de estudio o lucha política  quizá cayó asesinado a manos de los represores del régimen. Perder la perspectiva democrática y ceder a la voluntad de hacer justicia en manos propias fue un escenario probable un día después del fin de la jefatura militar.

Ante tal escenario, llegando del exilio, el 9 de febrero de 1958 Rómulo Betancourt pronunció un discurso que delineó la ruta democrática necesaria a seguir para consolidar la democracia, la cual no podía presumir de estar exenta de peligros, pero tampoco podía sucumbir a las pasiones de la vindicta. Por cuestiones de historia sabemos que se impuso la tesis democrática, que la concertación política se materializó a favor de un proyecto de unidad nacional que se inició el 13 de febrero de 1959 con la apertura del camino de una serie de presidentes civiles en la República.

La recuperación de la democracia implicó el llamamiento de la concertación de la sociedad, partidos políticos, obreros, empresarios, Fuerza armada. En un escenario de diversidad de intereses, Betancourt entendió la necesaria subordinación de cada fuerza grupal a un interés común a todos, la democracia. Eje central por el cual, necesariamente, pasaría el reconocimiento de todos los sectores. Tanto de una oficialidad militar, que inevitablemente fue asociada a la dictadura como de las organizaciones políticas que no dejaron su lucha a pesar del esfuerzo represivo de la Seguridad Nacional. Porque en definitiva, la democracia es sinónimo de igualdad y esto no es más que inclusión. Pero, también, porque el político entendió que una parte de la Fuerza Armada siempre estuvo ganada a la institucionalidad y que una camarilla con ambiciones pretorianas no representaba la totalidad del cuerpo castrense.

En el plano de las luchas políticas, expresas en la diversidad ideológica y programática de los partidos, la consolidación de la democracia hacía necesario no sucumbir al “canibalismo político”. Los preceptos de unidad nacional estuvieron establecidos por la Junta Democrática de Gobierno y bajo un esquema de darle soporte estructural a la democracia, conciliación de élites, llamado a elecciones libres y término del periodo presidencial. Para ello, así lo hizo saber, su partido daba un paso ese 9 de febrero al darle su apoyo al gobierno de transición, sumándose a la voluntad popular democrática.

Y quizá el punto más importante, con el atino de un estadista, llamó a un necesario examen de conciencia. Inicialmente para borrar de la mente la idea sembrada por la dictadura de la modernización del país, de la supresión de la pobreza y de un sistema de seguridad social a nivel de primer mundo. Pero la cuestión fue más allá, el reconocimiento de una Venezuela que tenía deudas pendientes, que el signo de la corrupción era una preocupación en la administración pública, que el 60% de la población era analfabeta, que Venezuela estaba dividida entre la precariedad y la opulencia. “Porque es bien sabido que hay dos Venezuela: la de Caracas y el Litoral y de algunas zonas del centro del país; la de Caracas del “5 y 6” y los edificios de 35 pisos. Y la otra, en la que el hambre es una danza patética, donde la mitad de la población escolar no puede concurrir a las escuelas, donde hay setecientos mil niños condenados a engrosar esa enorme legión de los analfabetas, que son sesenta de cada cien de los venezolanos. Es la Venezuela que ocupa el séptimo lugar entre los países de América Latina como consumidor de carnes. La Venezuela que consume menos zapatos que Chile, nación agobiada por la pobreza económica. Es la Venezuela que hay que incorporar a la producción y al consumo, y esto puede y debe hacerse sin necesidad de violencias, porque el país dispone de riquezas que bien administradas y racionalmente invertidas permitirían abolir la vergüenza de la extrema pobreza”. Ello solo era posible a partir de la planificación de un programa de gobierno, eso que expresó el mismo Betancourt  una “discusión de altura” en el orden político y no una Venezuela transitoria, una Venezuela tal como la denunció Cabrujas en 1995, mucho tiempo después, un país de campamento.

Quedaba, pues, trazado el camino; en el orden político-administrativo y sus bemoles medianamente resueltos de libertad de prensa, de reunión, de organización y libres de la opresión de órganos represivos y; los de orden económicos y sociales, tarea pendiente de nuestra historia patria.

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