Tres generaciones, un país

La historiografía venezolana, particularmente la de los círculos oficialistas, tiende a ser redundante con el periodo independentista como producto de una generación que definió los destinos de la sociedad venezolana, no solo en el decimonono sino que trascendió los siglos XX y XXI. Evidentemente la cuestión es cierta a medias. La generación independentista  impactó un extenso trecho que pudiéramos periodizarlo de 1811 hasta 1910. Esta última afirmación es, en términos históricos, polémica. Sin embargo, permítanme jugarme a Rosalinda, no sin antes justificarme superficialmente.

Desde la historiografía venezolana, es inobjetable que el 5 de julio de 1811 marcó cronológicamente el ascenso de una generación que definió estructuralmente la sociedad venezolana, se cuestionó la autoridad regia, se diluyó la sociedad de castas que negaba la posibilidad de ascenso social y se desestructuraron las relaciones productivas que imperaron durante el coloniaje. El liberalismo asumió el ropaje ideológico que dio forma a los fines del Estado republicano con su consecuente organización política administrativa y la restricción de la jurisdicción eclesial a su ámbito propio. Cada uno de estos elementos mencionados líneas arriba se fue afianzando durante el siglo XIX. Particularmente en lo político, desde 1830 y ante la inexistencia de un Estado presupuestariamente sólido, surgieron una serie de personalismos regionales y locales como respuesta a la falta de institucionalización de esa república ideada en la constitución 1830, agentes de control social que caracterizaron la política nacional como formas de relación violenta en el  ejercicio del poder. Nada de ello cambió hasta 1910 con la liquidación del caudillismo y la llegada del petróleo.

El siglo XX venezolano, se caracterizó y, creo que en esto tiene mucho que ver el petróleo, por una convulsión política (entendida política en su generalidad con “P” mayúscula) que marcó dos periodos interesantes de crisis de donde emergieron, evidentemente, dos generaciones de impacto en las estructuras de concebir el ejercicio del poder. La primera fue la Generación del 28 y; la segunda una especie pretoriana con tintes de izquierda dado la confluencia de civiles y militares en este movimiento con aspiraciones políticas que se pronunció visiblemente en la década de los 90.

Aquellos jóvenes que iniciaron su andar en la historia con los conocidos sucesos del carnaval de 1928. La elección de la Reina Beatriz I, “La Demanda del Indio” poema de clara crítica al régimen gomecista, el discurso del “Sacapatalajá” de Betancourt con un acento pro libertad, van a terminar siendo los protagonistas de cambios significativos en las formas de hacer política, dejando de lado la violencia como medio o recursos para hacerse del poder, e instaurando una democracia representativa donde la piedra angular, en palabras de Betancourt, serían los partidos políticos y las elecciones universales y directas su forma de legitimación. Tal proyecto se materializó con la Revolución de Octubre de 1945, dando al traste con el gobierno tutelar de la fuerza armada representado por Isaías Medina Angarita, la sucesiva Junta Revolucionaria de Gobierno que da como fruto la Constitución de 1947 y la elección popular de don Rómulo Gallegos. La consolidación democrática llegará más tarde, luego del oscuro interludio de la década militar 1948-1958. Del Pacto de Punto Fijo hasta mediados de los 80, el sistema de partidos instaurado luego del 23 de enero de 1958 gozará de cierta estabilidad y consenso social. Sin embargo, ya en el segundo quinquenio se hará evidente una profunda escisión entre la población y su confianza en los partidos políticos y al político civil, dando paso a la cultura de la antipolítica y la necesaria reformulación de la democracia representativa por un modelo legitimado en el ejercicio directo de la administración del poder.

De 1960 a 1990 dos aspectos parecían estar fuera de discusión en términos de problemas del modelo político venezolano. El primero, fue la confianza que tuvo el sistema en que la ciudadanía no abandonaría la vía de la democracia representativa y; el segundo, la institucionalidad de la Fuerza Armada Nacional, treinta años daban aval del mismo. Sin embargo, en la medida que el fantasma del golpe militar se fue alejando en el tiempo y la democracia se consolidó comenzaron a surgir las contradicciones del modelo y la crítica viró hacia la necesaria efectividad y eficiencia de ésta, de allí la COPRE como válvula que alivió la presión de las demandas de las fuerzas grupales de la sociedad desde la gestión del Estado. Pero a la par movimientos sociales y partidos políticos que tradicionalmente no admitieron la democracia representativa como forma política viable, adicionada a un sector militar organizado en logias conspirativas con una ideología mestiza entre nacionalismo y socialismo, fueron promoviendo en los diversos ámbitos de desenvolvimiento una propuesta “democrática” anclada en la democracia participativa donde los partidos políticos no tenían cabida, las localidades asumían un rol protagónico en el desarrollo económico bajo una producción a baja escala y autosuficiente en los espacios urbanos y con un claro sesgo contra el modelo capitalista. Esta generación asumió el poder a finales de los 90  e impactó los cimientos de la política tradicional que se impuso a partir de los jóvenes del 28. Militares y civiles de izquierda radical afianzaron su modelo bajo la Constitución de 1999 ajustado a sus objetivos políticos donde, además, normalizaron la presencia de los oficiales en la dirección y administración del gobierno.

El pronto desgaste de esta última, implicó el surgimiento de una generación en el año 2007 que históricamente es difícil precisarla. No obstante, ya hay algunos rasgos de una visión de país que dan por entendido una vuelta a la democracia representativa quizá con algunos rasgos de economía de libre mercado fuertemente liberal. La historia se está escribiendo y el tiempo dirá…

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