Son tiempos de fragmentación y de recomposiciones bajo nuevas formas que no reconocemos o no entendemos
Tiempos híbridos

Pasajeros en el metro de Tokio. GETTY IMAGES/MINT IMAGES RF

Vivimos tiempos híbridos, donde se encuentran dicotomías y se superponen fronteras para generar lugares, o no-lugares, y procesos nuevos, que resultan tan desconcertantes como interesantes. Lo híbrido, según la Real Academia Española, es “producto de elementos de distinta naturaleza”. Los tiempos híbridos se deben en buena medida a transformaciones tecnológicas, de organización social y de la geopolítica, que todo lo cambian.

Al estar permanentemente conectados con nuestros móviles —una universalización con más de 5.000 millones para una población global de unos 7.500 millones de personas—, la vida laboral y la personal se han hibridado. Mucho más si uno está en la economía gig, de trabajos, que no empleos, múltiples. Siempre estamos enganchados al teléfono (cada vez menos para hablar). El trabajo nos atrapa de forma permanente. Pero también en el trabajo podemos estar siempre conectados a la vida familiar y de amigos a través de las redes sociales o las mensajerías instantáneas. Vivimos en una hibridación, a menudo abusiva y más medieval que moderna, de la vida profesional y la vida privada, en un entorno en el que la privacidad se ha roto casi por completo, aunque a mucha gente poco le importe. Los nuevos asistentes digitales no sólo hablan, sino que escuchan. Incluso nuestras identidades múltiples son cada vez más híbridas (ciudadano/consumidor/usuario/producto).

Están, claro, las guerras híbridas. La ocupación rusa de Crimea, de la que se han cumplido cinco años, es el ejemplo más fehaciente de uso de unas tropas sin distintivos, pero cuyo significado todo el mundo sabía. En materia bélica, por no hablar de terrorismo, también se ha producido una hibridación entre lo militar y lo civil. Esta última dimensión a menudo tira ahora de la primera, al revés de lo ocurrido durante siglos, aunque el gasto en defensa siga financiando muchos avances que acaban teniendo aplicaciones civiles. En algo que influye en los conflictos políticos y geopolíticos, híbrida es también la pérdida de separación entre la información veraz y la falsa, con mucha gente incapaz de detectar la verdad frente a la no-verdad. Las principales amenazas son hoy híbridas. Las defensas frente a ellas también lo son, necesariamente.

Asimismo las cuestiones de inmigración porque, más que la eliminación de las fronteras, que siguen existiendo (no vivimos en una cinta de Moebius), hacen que, como en tantas otras cosas, todo sea a la vez interior y exterior. Híbrida tiene que ser ahora la investigación, pues la más importante es necesariamente interdisciplinar. Se requiere polimatía. Es justamente donde estaban estas fronteras entre disciplinas, en las áreas donde se integran, donde más se innova. Las principales tecnologías son ahora combinadas, híbridas.

No se ha de confundir lo híbrido con lo líquido, que es como definió Zygmunt Bauman la modernidad. En la sociedad líquida, según el gran sociólogo, las realidades sólidas de antaño desaparecen para dar paso a lo precario en muchos órdenes de cosas. Lo duradero se convierte en transitorio, en efímero; la necesidad, en utilidad. Lo híbrido puede ser sólido. O acabar licuándose. Tampoco hay que confundir lo híbrido con lo furtivo, otro signo de nuestros tiempos. Hay empresas furtivas que te dan algo supuestamente de forma gratuita a cambio de apoderarse de tus datos para monetizarlos.

Híbrido no significa una superación dialéctica entre opciones contradictorias. No, no estamos en una lógica hegeliana. Lo híbrido no es mezcla, mestizaje ni fusión. Produce algo nuevo, que no es mera superación de contrarios. La hibridación nace de que los perímetros rompen, algo fundamental para entenderla. Con consecuencias, pues no son tiempos sencillos, sino complejos —­más complejos con la hibridación—, tiempos de fragmentación y luego de recomposiciones bajo nuevas formas que no reconocemos o no entendemos. La teoría de la complejidad nos dice que solo con más complejidad se puede dominar algo complejo, aunque haya que ir por partes. A veces alguna política que aún no se ha hecho híbrida tiende a pretender dar respuestas sencillas, o, lo que es peor, simples, a cuestiones complejas. Lo híbrido es más difícil de entender y más difícil de manejar. Es varias cosas a la vez. Lo que contribuye a la perplejidad actual.

Crédito: El País 

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