La fuga de los reos

Al contrario de lo que mucha gente piensa, el primer grito de Independencia en América no emanó de la garganta, brillante pluma o por la acción militar de un ilustre americano, fue un europeo quien se convirtió en el primer pilar del movimiento de emancipación de las colonias españolas, así como la creación de una República de habla hispana en el nuevo continente.

Don Juan Bautista Mariano Picornell y Gomila comenzó a incubar, de modo inconsciente, en la península ibérica el fenómeno que terminaría por convertirse en el movimiento separatista de las colonias. Fue caudillo de la revolución que estalló en Madrid el 3 de Febrero de 1795, día de San Blas, Obispo y Mártir. Por ello se le conoce al movimiento como la rebelión de “Los cerrillos de San Blas”.

Las directrices de la conjuración fallida, así como el programa de acción de los conjurados se fundamentaba en la doctrina filosófica de los “Derechos del hombre”, nuevo dogma que sería instaurado por la Asamblea Constituyente, un órgano popular nacido durante la Revolución Francesa en 1789 y cuyo fin inmediato era derrocar la monarquía, establecer una República que, por medio del sufragio, escogiera un cuerpo de representantes de distintas provincias con la tarea de establecer un cuerpo pluralista para gobernar. 

El maestro Picornell, principal caudillo del golpe de Estado para deponer la regencia de Carlos IV, un ilustrado y respetado pedagogo mallorquín, cuyas preocupaciones hasta entonces se centraban en la modernización del magisterio y el fomento de la educación pública, fue prendido, encadenado y encerrado en una mazmorra. Su pecado era apoyar a las clases populares en la capital del reino, soñar con el concepto de “República”, dejando en las tinieblas del olvido aquellos tiempos marchitos de la obsoleta monarquía. Todo con el propósito de: -Salvar a la patria de la entera ruina que la amenaza.-  

El plan consistía, de haberse concretado la victoria, en instaurar una Junta Suprema, ente capaz de actuar como gobierno provisional, convocar a una elección, proceso nunca visto en el reino, todo para la elección de representantes que formularan leyes, a la vez actuando como poder ejecutivo 

Picornell aspiraba, entre la convocatoria de sabios y personajes notables de sus respectivas regiones, redactar una Constitución. El lema de la conjura, como para diferenciarse en algo del proyecto calcado de la revolución francesa, esa que estalló en el país vecino durante con los principios gabachos de “libertad, igualdad y fraternidad”, fue más bien “libertad, igualdad y abundancia”.

Juan Picornell, así como Manuel Cortés, Juan de Manzanares y Sebastián Andrés, cabecillas principales de la conjura fueron sentenciados a morir en la horca, pero, ante el descontento reinante en Madrid por la pena capital, lograron que se les conmutara por el presidio en un lejano puerto de Las Indias, la cárcel del castillo de La Guaira, en la Capitanía General de Venezuela, donde no generarían ningún tipo de problemas a España o sus provincias.

En menos de un par de años, ya Picornell, Cortés, Manzanares y Andrés creaban problemas irreparables en la olvidada Capitanía General de Venezuela, pero Juan Bautista Mariano más que los otros tres juntos. Su educación, sapiencia y buenas maneras, cautivaron a sus captores en su nuevo presidio. Dotes de buen conversador capturaron la atención de José María España, criollo de primera generación, militar de padre peninsular, jefe de la guarnición de La Guaira, cargo que heredó luego del fallecimiento del progenitor, así como la supervisión de la cárcel.

España, además de jefe militar, era terrateniente, poseía una finca cacaotera en el sector de Naiguatá, se le conocía como lector ávido de obras de la historia universal, antiguos clásicos del griego y el latín. Era un poliglota ilustrado, ya que además de conocer los garabatos del alfabeto griego y declinar oraciones en la lengua romana, vivió su infancia en Bayona, donde aprendió a manejar fluidamente el castellano, inglés y francés. 

En 1793, el Capitán General de Venezuela, Pedro Carbonell, lo nombró Justicia Mayor de Macuto. Sin embargo, pese a la designación, aquello no evitó que manifestara su adhesión al movimiento republicano en las colonias europeas, o estableciera amistad en el puerto con emigrados de las Antillas. De aquello devengó un “petit comité” al que se sumó Manuel Gual, también hijo de un militar destacado, quien fungió como Gobernador de Cumaná, luego comandante de La Guaira y Puerto Cabello. Ellos dos formaron un discreto corrillo junto a personas que compartían su nivel cultural e ideales, gestando el primer movimiento republicano en Hispanoamérica, ellos iniciarían un incendio que no tardaría en traspasar las fronteras de las colonias en América del Sur.

El 3 de Junio de aquel año se produjo una fuga masiva de reos, entre ellos los principales involucrados en la “Rebelión de los cerrillos de San Blas, Cortés, Manzanares y Andrés, y, por supuesto, el profesor Picornell. Estos cuatro españoles, ayudados por Gual y España, quienes contemplando una excusa que no generaría sospechas al momento de su traslado a otra prisión, lograron escapar desapercibidos de su presidio vitalicio entre las sombras de la oscuridad.

La conspiración estaba bien planeada. Los rebeldes contaban con ayuda de comerciantes que buscaban el libre comercio entre las colonias y zafarse de los tributos gravados por la corona. En esos tiempos que la política de la monarquía eran manejados por Don Manuel Godoy, “Príncipe de la Paz” y ministro todopoderoso por ser el amante predilecto de la Reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, soldados artilleros dispuestos a dar su vida en combate por la causa, contaban con una imprenta capaz de producir pasquines destinados a regar por plazas, calles, ventanas y puertas con sus doctrinas insidiosas. Todo con el apoyo de autoridades del sistema judicial, eclesiástico y mercante, así como un gran contingente de negros y zambos libres que laboraban en las fincas cacaoteras de la zona.

El movimiento estaba más que listo para el futuro de un nuevo mundo. Todo estaba organizado para imponer el nuevo orden en Venezuela hasta que sucedió lo inesperado, uno de los involucrados, Manuel Rico y Montesinos,  decidió revelar sus pecados para contarle al barbero, en lo que pensaba ser estricta confidencia, los próximos movimientos a seguir luego de la fuga de unos famosos reos de Estado remitidos de España para purgar pena vitalicia en el castillo de La Guaira.

Manuel especulaba que su rapabarbas era hombre de confianza, compartía sus ideales, por ello en un instante deliberado le comentó sobre el complot, despertando su interés que demostró con una serie de preguntas capciosas. Entonces, sin pensarlo mucho, comenzó a delatarse frente a un agente de la corona. 

El barbero, también en estricta secrecía, le comentó a su mejor amigo lo dicho por su cliente, y que no había mejor manera de zafarse de aquel lío que presentarse en un confesionario. Por ello, tanto el barbero, como su amigo, decidieron acudir a la iglesia.

El sacerdote, quien le debía el alma a Dios y por ende a la corona, viendo a Sus Majestades como los representantes del Señor en la tierra, delató  los detalles de la conjuración, esa que amenazaba con acabar con los designios de España en el continente americano, fue así que la conjura fue descubierta el 13 de Julio de 1797. 

El barbero, sin poder ocultar la vergüenza a través de la rejilla del confesionario describió, con lujo de detalles, cada paso que tomaron Gual y España para ayudar a escapar, la noche entre el tres y cuatro de Junio, a los reos más peligrosos de España, esos que el Rey Carlos IV y su Príncipe de la Paz, Don Manuel Godoy, remitieron a los calabozos insalubres calabozos de La Guaira para que se pudrieran, y sufrieran en vida el infierno del olvido.

-Los tienen escondidos en Macuto.- 

Jimeno Hernández

Jimeno Hernández

Abogado (Universidad Monteavila) Máster en dirección de entidades deportivas (Universidad Europea de Madrid) Conocedor de la historia de Venezuela, escritor y columnista.
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