Si algo ha puesto en evidencia esta situación ha sido que nuestros países no están preparados para enfrentar una crisis de gran magnitud
Editorial #516 – ¿Cuál es el plan?

Las cuarentenas ya superan los 100 días en varios países de la región. A esta altura, por ejemplo, casi duplican la duración del aislamiento estricto en Wuhan, China, el epicentro mundial de la pandemia, y también sobrepasan la extensión de los confinamientos en países como Italia y España, algunas de las naciones más golpeadas por el Covid-19.

Son dos las principales razones por las que esta situación se prolonga tanto en esta parte del mundo. La primera es que, al ver los graves efectos que el virus tenía en Asia y Europa, las medidas más estrictas se tomaron muy temprano, incluso cuando aún el número de contagios y víctimas fatales era muy pequeño en comparación con otras latitudes.

El segundo motivo, más importante aún, fue que nuestros países no contaban con un sistema de salud lo suficientemente fuerte para enfrentar esta realidad. Eso llevó a los gobiernos a intentar retrasar el inevitable crecimiento de la curva de contagios para ganar tiempo y fortalecer una estructura sanitaria débil y abandonada. Cabe decir que, en la mayoría de los casos, el resultado fue muy pobre.

Hoy la región enfrenta un escenario mucho más complejo que el de la mayoría del planeta, porque al problema sanitario se le suma el agotamiento de la gente por el extendido encierro y ya se empiezan a sentir las consecuencias económicas, políticas y psicológicas de la cuarentena. Y no hemos llegado aún al pico de la enfermedad.

Esto último no es menor, porque es falso que el problema sea la pandemia y no la cuarentena. El origen del problema es el virus, pero una errónea aplicación de la cuarentena puede profundizar las dificultades.

No lo decimos nosotros, son muchos los expertos que lo vienen advirtiendo desde hace meses. Desde médicos, hasta economistas, sociólogos y psicólogos, que expresan su preocupación acerca de los efectos que un largo y estricto aislamiento tendrá sobre nuestras economías, nuestras instituciones y nuestras familias.

La realidad es que, más pronto de lo pensado, la crisis sanitaria se convirtió en crisis económica y también en una crisis política de impredecible desenlace. Lo vemos en casi todos nuestros países, en los que no solo el virus está teniendo un efecto devastador en la vida de la gente, sino también el hambre.

Si algo ha puesto en evidencia esta situación ha sido que nuestros países no están preparados para enfrentar cualquier crisis de esta magnitud. Un problema sanitario rápidamente afecta las frágiles economías, hace tambalear las estructuras institucionales y hasta amenaza nuestras libertades.

Más allá de que superemos -ojalá más pronto que tarde- lo peor de la pandemia, detrás de esta montaña nos queda otra mucho más grande que recién empezaremos a escalar, que es la de la reconstrucción de nuestras economías y la preservación de nuestras libertades.

Es por eso que ya estamos atrasados para exigir que nuestros gobernantes nos digan con absoluta transparencia y responsabilidad: ¿cuál es el plan?

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