La primera bofetada

El 14 de febrero, amparado por la oscuridad, poco antes de la medianoche, el general Pablo Morillo abandonó Calabozo escoltado por sus aún mas de doscientos húsares y la mayoría de los habitantes, para enfilarse en dirección al norte.

La primera bofetada fue suave, tal como deseaba, aunque no se la pudo dar a Bolívar de frente, pues tan seguro estaba el Libertador de haber logrado una victoria en el asedio, que dejó como responsable del sitio al coronel Guillermo Iribarren, uno de los hombres de Páez, para irse de excursión a la sabana, escoltado por un cuerpo de la legión británica, y llevando consigo una decena de llaneros, con el fin de presenciar el enlace de potrancos para aumentar el rebaño de su caballería. Cuando lo alcanzó el correo informando que el realista acababa de abandonar Calabozo se sintió engañado.

Su enemigo tenía más de medio día de habérsele escurrido y abandonado el sitio. Al parecer, las tropas que tomaron Calabozo lo esperaban en el poblado, aguardando dictámenes. Tildó de cobarde al español y se devolvió en el acto para dar la orden de perseguirlo, hallarlo y atacarlo de inmediato.

Ahogada por el calor de la sabana, enervada por el hambre, sed y cansancio, la mesnada de Morillo pudo escapar de la trampa tendida por los patriotas, burlando los muros del asedio, escampando tropas y pertrechos, para ofrecer resistencia en otro lado. A finales de la mañana del 15 pisaron El Sombrero, población ubicada a pocas leguas de Calabozo. Allí se volvieron a topar con el grueso de las fuerzas rebeldes al caer la tarde. El general pudo escuchar los primeros tiros antes que se pusiera el sol sobre las copas de los samanes. Esta vez estaba más que presto para darle un buen golpe, para que aprendiera las tropas de su diminuto contingente podían causar inmensos daños tan sólo con  defenderse. Ahora la ventaja del factor sorpresa jugaría para el otro bando.

Los tres días que duró el sitio de Calabozo vio un par de veces por jornada a José Antonio Páez dirigiendo su horda de salvajes al frente de las escaramuzas, desarrollando las más intrépidas misiones. Logró identificarlo cuando uno de sus llaneros fue capturado e interrogado. Su testimonio le dio certeza a lo que sospechaba, Páez era el único de piel blanca y cabellera rubia cabalgando con los llaneros, vistiendo lo mismo que ellos, pantalones, machete a la cintura, en una mano empuñando rienda y en la otra una lanza.

Ninguno de los insurgentes capturados con vida pudo brindar luces en la tarea de ponerle rostro al espectro que perseguía. Al indagar sobre Bolívar sólo respondían: -Yo no conozco al Libertador.- Repetían esa frase hasta desangrarse por las heridas de combate, o él mismo se saturaba de sus testimonios rimados o respuestas en tono resabiado. Todo lo decían como cantado, declamando versos cual trovadores.

En el camino de su retirada intentó calzar las botas de Bolívar, tratando de comprenderlo, pero no fue capaz. De estar en su lugar hubiese hecho las cosas de modo distinto, cumplido su misión con mano firme y sin clemencia. Los resultados no serían los mismos obtenidos por el Libertador. Cruzó por su cabeza prenderle candela a sabanas, conucos y casas, todo menos la iglesia.

Liderando un cuerpo de 2.600 caballos y 1.500 infantes, de Calabozo hoy  quedaría papilla. Al mando de semejante calibre de fuerzas, con un ataque preciso como aguijonazo, haciendo ruido como avispas enjambradas, en menos de una hora no hubiese quedado un alma. Quiso entender a su oponente como la entelequia que era, un fantasma de su propio relato, como terminaron siendo muchos de los patriotas fulminados tras la toma de Cartagena, cuyas ejecuciones no le causaban pesadillas. En vez de sitiar Calabozo durante tres días y enviar una carta ofensiva, pensando que amenazar con palabras humillantes tenía la misma significancia que propinar un golpe a un militar de academia, bien acostumbrado a lavarse la sangre de las manos, lo hubiese acribillado con plomo en vez de palabras. Su cadáver ya estaría guindando de una rama con soga al cuello, pudriéndose a la intemperie, sirviendo de banquete a carroñeros.

Esos tres días atrincherado en Calabozo dieron mucho en qué pensar al general, cuando no estaba revisando sus líneas y coordinando operaciones. El enemigo cometió dos errores, un par de fallas tácticas que le permitieron conocer su carácter e intenciones, dejándose leer como libro abierto. El primero fue mostrar todos sus naipes en la mesa, pensando tenía todas las de ganar la partida sin ver la mano del contrincante. El segundo fue ser piadoso y no liderar un ataque que garantizaba éxito seguro, dar el todo por el todo, venciendo en batalla, frente a frente, y mano a mano, al más experimentado de los generales españoles que pisó América.

Eso imaginaba Morillo, trazando distintos escenarios en su mente de haber calzado las botas de su oponente. De ser así ya la trama de la guerra hubiese alcanzado clímax y desenlace. Continuaba empecinado en comprender por qué el caraqueño no hizo lo mismo. No pensaban igual, eso estaba claro. Él se hubiese mostrado en el frente, dirigiendo las operaciones a la cabeza de su ejército, en vez de esconderse en la retaguardia y dejar que Páez le arrebatara la gloria de exhibirse como el comandante mas bravío entre sus filas. El asunto le causaba curiosidad. ¿Quién era este tal Bolívar? ¿Por qué no se mostraba? ¿Qué lo hizo no acabar con él en Calabozo?

Entonces tuvo una epifanía. No eran iguales, a Bolívar le decían general pero no lo era, jamás había peleado una verdadera batalla. No como él, que navegó el averno en Trafalgar y vivió para contarlo. En la cabalgata hasta El Sombrero se percató que rumiar en sus pensamientos poco lo apaciguaba, en nada contribuían éstos para planear su estrategia. El desasosiego resultaba inútil en momentos cruciales. Debía contemplar el futuro, no el pasado.

La retirada de Calabozo y mudanza de su comando a El Sombrero no fue acto de cobardía, más bien demostró su genio de militar entrenado, empleando la vieja técnica de cebar a la rata con queso, dejando un rastro, conduciendo la presa directo hasta la trampa. Por eso lo sedujo a perseguirlo. Ahora tenía al famoso ejército libertador justo dónde lo quería. A su merced. Entrarían al pueblo por el mismo camino transitado por los realistas, no existía otro. Así que al llegar empezó a preparar sus tropas para darle la bienvenida al Libertador.

En ese terreno pudo su débil cuerpo de caballería e infantería despegarse con facilidad. Sus tropas dieron un espectáculo de vigor y disciplina, al igual que las patriotas, que no desfallecieron en la tarea de agredir en repetidas e incontables oportunidades las cerradas filas realistas. Durante horas de rudo combate resistieron los embates de los rebeldes. Una vez más era Páez quién se arrojaba de frente y con saña a la cabeza de sus hordas montadas, los cuerpos de granaderos se dedicaron a repeler con destreza sus embates, evitando se acercaran lo suficiente como para causar bajas. Patriotas caían por tierra al sonido de cada carga, pero los ataques no cesaban.

Morillo se mantenía firme, aguardando a que Bolívar mostrara el rostro. No se movería de El Sombrero. Si el mozo quería guerra la había encontrado. Ya le había dado la primera bofetada, pero ahora recibiría una buena hostia, como dicen los católicos.

Jimeno Hernández
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