CONOCIENDO A MARÍA LOURDES AFIUNI. POR VALENTINA ISSA

Por Valentina Issa

 

Cuando María Lourdes Afiuni se graduó de bachiller su plan para el futuro inmediato era estudiar letras. No se le había ocurrido estudiar derecho, aunque siempre la incomodaron las injusticias que veía en la dinámica diaria de su educación en escuelas católicas. La rigidez y los castigos de las monjas le hacían ruido y desde siempre se sintió llamada a interceder por cualquier otro que ante sus ojos y su conciencia fuese víctima de alguna arbitrariedad. Luego de una conversación con su padre, decidió optar por una carrera con la que pudiese valerse por sí misma en el futuro y evitar el riesgo que supone estudiar y vivir del arte y las humanidades en Venezuela.

 

AfiuniEstudió derecho en la Universidad Católica Andrés Bello, y aunque los primeros dos años de la carrera se sintió un poco perdida, una vez que empezó a trabajar como pasante, primero en el servicio militar y luego en la fiscalía, fue adquiriendo seguridad y empezó a enamorarse del derecho y la justicia. Recuerda con añoranza cómo a pesar del sistema inquisitivo (poco garantista y muy burocrático) del Código de Enjuiciamiento Criminal de la época de su ejercicio como defensora privada, y del retardo procesal, había más justicia entonces.

 

Luego de dedicarse unos años a defender personas acusadas de cometer delitos, enfrentó el dilema que se le presenta a todos los abogados: Si bien casi todos estamos de acuerdo en que toda persona, culpable o no, tiene derecho a un juicio justo y a la mejor defensa de sus derechos, la posibilidad de obtener libertad plena a favor de un cliente que es realmente culpable, con una defensa efectiva y astuta al mejor estilo de Johnnie Cochran (el abogado de OJ Simpson), genera incomodidad en algunos. Y la generó en María Lourdes Afiuni, al punto de llevarla a abandonar la defensa privada y perseguir una carrera en la función pública como consultora jurídica de la Policía Técnica Judicial (antigua PTJ, hoy CICPC).

 

En PTJ trabajó durante ocho años y fungió como facilitadora y enlace del cuerpo de investigación criminal con la fiscalía con la entrada en vigencia del Código Orgánico Procesal Penal en 1998. Este código cambió de forma radical el “cómo” de la justicia penal en Venezuela, y entre otras, introdujo una importante y celebrada garantía a favor de todos los sometidos a un proceso penal: la presunción de inocencia del acusado (hasta que se pruebe lo contrario) y, como consecuencia de ésta, el juicio en libertad como regla con algunas excepciones rigurosas. Más adelante sería el derecho a un juicio en libertad, paradójicamente, el origen del enjuiciamiento de Afiuni y una de las garantías más violentadas en el marco de su juicio. 

 

La Juez María Lourdes Afiuni Mora

A María Lourdes se le presentó la posibilidad de ser Juez penal y la tomó sin titubear. Empezó en el año 2002 como juez provisoria y en cuanto se abrió el concurso para optar al cargo de titular lo obtuvo luego de presentar pruebas estrictas. Afiuni es una de las pocas jueces titulares que hoy hay en Venezuela, y a pesar de que algunos la llaman “ex-juez” por su condición de procesada y privada de libertad, lo cierto es que no ha sido destituida de su cargo.

 

Pasar de PTJ, donde se trabajaba de 5am hasta la medianoche de lunes a lunes, al Palacio de Justicia con horario de 8:00am a 3:30pm fue extraño para ella. Al llegar al tribunal de juicio que le fue asignado en sus inicios sólo contaba con un asistente, así que le tocó la tarea de armar equipo. Sus miembros debían tener disposición para el trabajo, incluso hasta la madrugada si el caso lo ameritaba,  y ser honrados. Llegando se propuso aprender y dominar todas las tareas y oficios del tribunal, desde llevar el diario, hasta la emisión y redacción de boletas y autos; esa era la única manera de hacer bien el trabajo de impartir justicia y de evitar errores y malos entendidos.

 

Afiuni asumió su rol de juez penal con profundo sentido de su gravedad y entendiendo que en sus manos estaba nada más y nada menos que la libertad (y en Venezuela, la vida) de las personas sometidas a su juicio. La Juez Afiuni entiende el valor del tiempo en el sistema judicial Venezolano y por lo tanto sabía que debía trabajar con entrega y estar disponible siempre. Sintió muchos nervios en su primer juicio, pero caerse de una silla rota en la primera audiencia la ayudó a romper el hielo entre risas con los presentes en el tribunal.

 

Abordaba sus casos con exhaustividad y buscaba tener absoluta claridad de los hechos. Antes de tomar sus decisiones se preguntaba si sería capaz de dormir tranquila privando de su libertad al acusado o imputado y ante la duda, por más pequeña que fuese, optaba por la libertad. Nunca dudó en escuchar a su conciencia a la hora de sentenciar.

 

El aumento de sueldo que vino con el cargo de juez le permitió reunir la inicial para comprar su primer carro: Un Chevrolet Corsa, objeto de bromas y chistes por parte de compañeros de trabajo por ser de los carros más modestos en el estacionamiento del Palacio de Justicia.

 

La Juez sometida a la justicia

El ejercicio independiente de la justicia al que estaba acostumbrada María Lourdes Afiuni, tarde o temprano encontraría obstáculos en el contexto de un sistema judicial lleno de vicios y que ha perdido la independencia y la autonomía que le son naturales en un Estado democrático.

 

Estos vicios que existían como un secreto a voces y que sólo se manifestaba en el contenido de las sentencias del poder judicial, se hicieron evidentes y notorios cuando una Juez sin miedo a denunciarlos fue sometida a ellos. Y quién mejor para apreciar y evidenciar las irregularidades y los defectos del sistema judicial y del sistema penitenciario que un juez penal. El 10 de diciembre de 2009, sorpresivamente para ella, María Lourdes Afiuni fue aprehendida en su tribunal, acusada de tres delitos, y sometida a una reclusión “preventiva” denigrante y violenta por una decisión que tomó en uso de su autonomía, y obedeciendo una resolución de la ONU que cuestionaba la detención del hombre que ella decidió poner en libertad. Ella sabía que el caso sería complicado por ser uno sensible para el gobierno, y que la decisión “levantaría polvo”, pero nunca esperó consecuencias tan violentas por hacer su trabajo.

 

Sin embargo, a pesar de los terribles efectos de su decisión y de las violaciones abiertas a sus derechos y a sus garantías harto conocidas, María Lourdes Afiuni está convencida de que hizo su trabajo correctamente, de que es inocente, y no se arrepiente de haber concedido al acusado la posibilidad de tener un juicio en libertad. De presentarse la oportunidad, volvería a tomar la misma decisión. Y es por eso que ante la perspectiva de una privación indefinida de su libertad, y en un sistema judicial penal en el que los procesados prefieren admitir los hechos (aunque sean inocentes) para tener la certeza de una condena determinada y saber cuando serán libres, María Lourdes Afiuni se rehúsa a renegar de su decisión y está dispuesta a esperar por un juicio justo. Aunque está convencida de que en la actualidad ningún juez se atreverá a revisar su expediente, aplicar el derecho, y declarar su libertad por miedo a las consecuencias, para ella no hay otra salida posible. Sin duda, María Lourdes Afiuni tiene ADN de juez.

 

Aunque su trabajo como juez la apasionaba, hoy, bajo las actuales condiciones del sistema penitenciario padecidas por ella en carne propia, no se atrevería a dictar una medida privativa de libertad ni una condena en contra de nadie, ni siquiera del peor delincuente. Durante su reclusión en el Instituto de Orientación Femenina (INOF)por más de un año sufrió y fue testigo de las vejaciones y de las condiciones inhumanas en que viven los privados de libertad en Venezuela.

 

Caracterización de María Lourdes Afiuni

María Lourdes es una mujer con lazos familiares muy estrechos. Sus amigos destacan que antes de ser privada de su libertad vivía para su trabajo y su familia. El apoyo y el orgullo de sus padres, sus hermanos, y su hija le han permitido mantenerse en pie frente a las duras pruebas de los últimos años. Su hija de 20 años, siguiendo sus pasos, estudia derecho, y Afiuni admira la profundidad y madurez que muestra en sus estudios.

 

Si bien es difícil tener hobbies cuando se está preso, Afiuni disfruta de los rompecabezas. La impresionó mucho una biografía de Nelson Mandela que leyó recientemente porque relata las condiciones de reclusión sorpresivamente humanas que Mandela tuvo en la Sudáfrica del Apartheid.

 

Es una mujer con la mirada puesta en el futuro, y de una impactante serenidad. Sus allegados señalan que posee la tranquilidad de quien tiene la razón, incluso en las situaciones más difíciles y humillantes. Admira al Juez español Baltazar Garzón por su valentía.

 

Al recuperar su libertad, lo primero que hará será visitar al párroco de la iglesia de San Gabriel en Caracas, y en el futuro, le gustaría trabajar para lograr los mecanismos que brinden a los jueces Venezolanos el respaldo que ella no tuvo a la hora de aplicar internamente decisiones de organismos internacionales.  

 

Afiuni se ha convertido en un símbolo tanto positivo como negativo de la justicia. La severidad de su castigo tuvo, de manera negativa, el efecto que los penalistas llaman “de prevención general” entre otros jueces que ahora conocen los riesgos que corren de ser autónomos e independientes en sus decisiones. De manera positiva, la ha convertido en un ejemplo poco común de dignidad y valor frente a las arbitrariedades de la justicia Venezolana. En todo caso, su juicio le abrió los ojos y le mostró realidades que no conocía a profundidad. Ahora, es testimonio vivo y ejemplo de ellas y las denuncia a viva voz y con la excepcional valentía que la caracteriza.

 

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