LA INDIGENCIA

Por Ricardo del Búfalo

@RDelBufalo

 

 

 

De las profesiones más antiguas tenemos a la indigencia. Se remonta hasta los tiempos de la creación; no queda duda de que Adán fue el primer indigente. Lo único que hacía era merodear por el paraíso, sin producir nada, únicamente admirando la belleza que lo rodeaba… y teniendo que lidiar con Eva. No pedía plata, porque no había a quien pedir, pero a Dios le pedía paciencia.

 

Nadie sabe en realidad cómo se llega a ser indigente. ¿Es una decisión o una situación comprometedora de la cual no se puede escapar? Para la gente, cualquier persona que pida dinero en la calle califica como indigente, siempre que esté sucio, peludo, hediondo, descalzo y harapiento. Puede ser blanco, moreno, hombre o mujer, indígena o mestizo; no hay discriminación en ese sentido. Eso sí, los hombres suelen estar acompañados de un perro y las mujeres de dos o más bebés. En eso sí son rigurosos.

 

Una de las condiciones para ser indigente es tener que vivir en la ciudad. Si vive en el pueblo, es un habitante más. Y si vive en el campo, es parte de la fauna. No puede tener casa y sus únicas pertenencias deben ser una cama (lo que la gente llama periódico) y una caja de ahorros (lo que la gente llama vaso).

 

Hay algunos que andan de nómadas por las esquinas de la ciudad, mientras otros descubren el verdadero negocio y se adueñan de un semáforo. Es importante hacer la salvedad: no se pueden confundir los indigentes con los cuida-carros, ni con los limpiadores de parabrisas, ni con los vendedores de bolsas negras o lapiceros. Para ser indigente se tiene que estar fuera de la cadena de producción tradicional. Lo único que deben producir para obtener dinero a cambio, es compasión. Si no producen compasión, no merecen dinero. No están haciendo su trabajo.

 

En Caracas hay muchos indigentes. En los vagones del metro, por ejemplo, todos compiten por brindar el mejor servicio. El mercado está bien abastecido; hasta ahora la guerra económica no ha llegado a este sector. Entran al vagón, dicen que no son unos vagos sino que tienen mucha hambre y manifiestan su deseo de comerse una arepa como las que les hacía su mamá. Dicen “hacía” para que la gente se compadezca, creyendo que la madre ha muerto, pero en realidad se las “hacía” porque lo botó de la casa.

 

Los indigentes saben, en vista de que hay mucha oferta en la ciudad, que deben ingeniarse maneras más creativas de ganarse la vida, inventando enfermedades e historias dolorosas. En consecuencia, han optado por vestirse, bañarse, afeitarse y ponerse zapatos. Este campo requiere de gente seria.

 

En la última semana me he encontrado a dos de estos vendedores de compasión, y he descubierto dos técnicas de venta que no les fallan:

 

La primera consiste en identificar clientes que estén atomizados, aislados, alejados del gentío. Si están en el metro, los clientes se pueden hacer los güevones y mirar para otro lado, porque son el 1% de la muchedumbre. Pero si uno de estos indigentes lo agarra solo en la acera, uno no se puede escapar tan fácilmente, porque uno es el 100% de los güevones.

 

La segunda técnica para detener a las personas que vienen caminando rápidamente, concentrados en sus problemas. Consiste en que el vendedor de compasión los interrumpe educadamente diciendo “disculpa”, haciéndole señas para que se detengan. Si el indigente advierte que sus potenciales clientes siguen caminando, pero que lo han mirado, lanza el anzuelo: “no soy ladrón, ni indigente”. El que se detenga, mordió el anzuelo.

 

Enseguida, sin perder tiempo, el trabajador informal (como lo designa la Ley del Trabajo) comienza a relatar una historia triste, más o menos como esta: “señor, me disculpa, yo no suelo hacer esto, pero estoy desesperado. Mi hijo sufre de asma crónica y se le acabó el inhalador (lo tiene en la mano y se lo enseña). Esto vale 180 bolívares. Afortunadamente llevo 70 reunidos (también los tiene en la mano). Fui al Seguro Social y no tenían. Fui al hospital (póngale cualquier nombre) y allí cuesta 57 bolívares, pero ese tiene cortisona y hace que le dé taquicardia a mi niño (usted no sabe que es cortisona y por eso se está convenciendo). Por favor, yo no soy una indigente (no lo parece, está bien vestida). Yo trabajo en (póngale nombre a la empresa) pero desde hace siete meses no hay nómina por un problema que tiene con el gobierno. Señor, me da mucha pena, pero de verdad necesito ayuda…” Si los gestos son lo suficientemente dramáticos y si uno se siente mal diciéndole que no tiene sencillo, la pedigüeña merece dinero. Si no suena a verdad lo que está diciendo, por lo menos merece un premio por actuación. Uno le da 50 si cree que le sienta un Oscar y moneditas si uno es fanático del cine.

 

Hay veces que uno sospecha que los indigentes no están diciendo la verdad. La semana pasada, uno de ellos, que no parecía indigente me paró en la calle diciéndome “pana, disculpa (seguí caminando, pero lo miré), no soy indigente ni delincuente (me paré), es que tengo un peo en mi casa y no tengo donde dormir, estoy buscando un hotel, y me faltan 35 bolívares (le faltó decir cortisona)”. No me creí el cuento, no me inspiró compasión y le dije “pana, no tengo plata”. Puso cara de lamento y yo seguí caminando triunfante.

 

Según la doctrina cristiana, yo me debería sentir mal, pero ya va, si ese tipo tiene problemas con su familia y no tiene ningún amigo que lo hospede o que le preste dinero, ¿por qué he de ayudarlo yo? ¿Que esté abandonado no es indicio de que la persona no es de confiar? Además, con esta inflación tan alta, uno no puede dar plata a cualquiera. Uno también anda pelando tanta bola. Pensándolo bien, son los mendigos los que le deberían dar plata a uno.

 

Yo creo que la profesión de indigente debe ir desapareciendo poco a poco. Y uno tiene que coadyuvar a que eso se logre. Al respecto, lo que uno debería hacer cuando un indigente lo aborde, es confrontarlo, preguntarle cosas para averiguar si lo que dice es cierto. Cuando diga:

 

—Mi hijo tiene asma crónica…

 

— ¿Cuántos años tiene su hijo, señora? ¿Cómo se llama? ¿Cuántos hijos tiene usted? ¿En qué trabaja, cuál es su puesto?

 

Si no tartamudea ni titubea, es una verdadera profesional. Va a tardar más tiempo desenmascararla. En esa situación, uno tiene que fingir que es médico.

 

— ¿Usted sabe que el inhalador que no tiene cortisona, con el tiempo, produce cáncer en el culo? En los niños entre 10 y 15 años, y que se llaman como su hijo. Vaya y compre el de 57 bolívares.

 

Lo más probable es que después de que uno haga eso, salga ganando ileso. Pero luego, con seguridad, la señora va a andar pidiendo aún más plata, porque el medicamento que le costaba 180 bolívares le produjo cáncer a su hijo y ahora tiene que pagar quimioterapia.

 

(Visited 73 times, 1 visits today)

Guayoyo en Letras