Puerilandia

Por Glenda Morales

@glenda_morales

 

 

 

Yo cargaba un turbante improvisado con un mantel lleno de tempera. Un delantal inmenso, igual de salpicado, completaba mi atuendo de novia. El cómplice espacio debajo de la mesa: “La Gran Catedral”. Santiago llevaba unos torcidos bigotes de ébano cera sobre una sonrisa grandota donde en vez de labios un corazón rosado se separaba en dos de arriba hacia abajo cuando hablaba, dejando descubierta una cadenita perlada que sostenía el corazón o viceversa. Una cadenita con cuentas chiquitas y separadas, como si entre cada una faltaran dos por donde se le escapaban algunas eses. Miguel y Diana presenciaban la sesión dándose besos torpes pero astutos detrás de la cartilla con la que habíamos aprendido por lo menos a deletrear el SI que nos haría falta para jugar.

 

En el fondo de mi mente, disfruto enormemente esos recuerdos. Veo circular como impulsadas por un tornado, las sillas de liliput, las mesitas de Blanca nieves… las fotitos sepia del rincón de los cumpleañeros, el estante de los juegos donde guardábamos las loncheras de batman y mafalda, la plastilina destripada con la marca indeleble de las huellitas digitales… los bebederos… esa fila de pilitas que ahora me darán si acaso por la rodilla y que esperaban ansiosas a que otra fila de cenicientas y pulgarcitos las vaciaran.

 

¿Por qué nos pusimos bravos?

 

Lo vi pasar en una moto grandota el otro día, frente al convento. Si que crecimos. Levantó una mano con la misma inocencia con que me habló bajo la mesa en aquel tiempo. Con un código precario sin experiencia, titubeo desde que la alzó hasta que la giró para saludarme. Como si me dijera otra vez hola rana, porque no sabía decir Oriana y yo lloraba porque sonaba a Rana, así como lloré por dentro mientras bajaba su mano sin bajar la velocidad.

 

¿Por qué nos pusimos bravos?

 

En nuestro idioma privado de cincoaños Miguel preguntó con el abecé en la mano si me quería casar con Santiago. Diana se reía graciosa comiéndose en dos puños las yemitas de los dedos y los ojitos la forzaban a subir la cara. Santiago me tapó la boca con su precoz mocedad antes de yo contestar y tocándose el bluyincito me lanzó en el oído: ── Enséñame tu pipi que yo te enseño el mío que esta parado.

 

Recuerdo que lo mire fijamente y le doble la cara de una cachetada. También recuerdo sus ojos de jarabe claro saltando del impacto y su carita roja por la pena y roja por mi mano cuando salió del santuario haciendo pucheros. ── ¿vizte? tuziére… Como un Sansón enano volteó la mesa y me gritó a la carrera: T E R M I N A M O S

 

No había vuelto a pensar en esto hasta que lo vi. Quisiera volver a jugar con Santiago.

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