Las chatarras de Caracas

Por Carlota E. Martínez B.

@venecialeona

 

 

 

Caracas está poblada de chatarras. De peroles viejos y destartalados que como animales grandotes y poco agraciados nos miran desde sus cuencas oscuras y hierros retorcidos como pidiendo clemencia. En su mayoría son la muestra inconfundible de un accidente vehicular  donde a la máquina agraviada le pasa,  en el mejor de los casos, como al Volkswagen de una amiga de juventud que tras una coleada un tanto aparatosa, no quiso más nada con el pobre escarabajo y se lo vendió a mi viejo por cuatro lochas. 

 

Aplastadito y descuadrado fue entonces a dar al estacionamiento de la casa de playa de papá quien se empeñaba en conservarlo, con la promesa de ponerlo “pepito” y lanzarlo nuevamente a la pelea. Año tras año, aguantando el sol tropical y chaparrones inclementes,  el modelito germano fue perdiendo hasta la forma.  Cuando ya estuvo hecho una verdadera chatarra y papá decidió pisar realidad, se lo terminó regalando a otro iluso, supongo. No sé si a un chatarrero profesional a quien casi hubo que pagarle para que se lo llevara.

 

Muestras como esa hay muchas en esta ciudad. Al punto de que si nos propusiéramos a hacer una exposición con estas esculturas de retorcidas y  caprichosas formas llenas de óxido, sería todo un éxito. Otras nos asaltan desde un terreno baldío con una pretensión de “se vende”. Las hay por montones al fondo de barrancos, a las orillas de un río o en improvisados estacionamientos.  Muchas de ellas son flotas completas de autobuses que  alguna administración gubernamental dejó perder por falta de reparación oportuna. Da lástima, pero como estamos en un país petrolero,  ¡qué carajo,  no importa! Últimamente, por el problema de los repuestos y la falta de liquidez de la mayoría,  tienden a aumentar estas chatarras de manera exponencial.  En el  estacionamiento de las residencias donde vivo ya hay varias de ellas.

 

Antes de llegar a situación tan lamentable, muchas de las chatarras previamente fueron “Carcachas”. Siempre sorpresivas y evidentes, afloran  como  desde el  fondo de la tierra en cualquier desvío: Un Plymouth del 58,  Una Chevrolet 63, un Dodge Dart 68, o una camioneta Pick up viejita y romanticona.  Ellas son una buena muestra del progreso y la modernización del  país petrolero e importador que íbamos siendo por los tempranos años 50.  Cuando teníamos  muy buenas relaciones con el Norte y el bolívar sí era fuerte y los más consumistas  se daban el lujo de cambiar carro,  muebles y cortinas al menos cada dos años.

 

Como estos especímenes son aun fuertes y casi indestructibles como máquinas de guerra, sus dueños las repotencian una y otra vez y les dan uso en los barrios como carros familiares, transportes escolares o por puestos de esos que llaman rotativos. Andan por ahí cargadas de muchachos y peroles, enarbolando a su paso  aquello que dice que “la necesidad tiene cara de hereje”. Llenas  de toda clase de remiendos o cortaduras, avanzan también amenazantes a bordo de ellas muchos guapetones. Roncan, bufan y  expulsan humo renegrido hasta por el capacete, sin nada que ver con el cuento de la contaminación ni con los acuerdos de Kioto, México o Copenhague. Chirrean, traquetean, y brincan incluso por las aceras, sin nadie que les ponga control. Y así, las carcachas que aun no duermen el sueño definitivo de los justos, van dejando una estela de humo, ruido y sueños de empleo productivo con el que continúan escribiendo su historia

 

Hay personas que se enamoran de sus chatarras y las tratan como obras de arte. Las atesoran y se aferran a ellas por años y años, así como nos aferramos a ciertos sueños, como el de ganar algún día la lotería. Detrás de cada chatarra hay una historia, un intento, una ilusión. Como en el caso de un camastrón amarillento, una camioneta que debió ser útil, bonita en algún momento, y que resalta entre todas las de mi edificio pero, que no se la han podido llevar por un problema de los herederos que, seguramente, tras el litigio ya no encontrarán sino el recuerdo.

 

A diferencia de otros países donde la basura y la chatarra forman parte de importantes proyectos socio- productivos. Somos un país donde poco se recicla, por aquello de los recursos naturales abundantes que tenemos. Así pues,  junto a la basura, los huecos y otras ruinas, las chatarras esparcidas por aquí y por allá, son la muestra inocultable de la desidia que nos caracteriza y el afán por seguirnos aferrando al mito de la Gran Venezuela Petrolera. 

 

(Visited 1.010 times, 4 visits today)

Guayoyo en Letras