Como si comiera mangos
Por Beatriz Muller
Admiro a un hombre. Me enamoré de él, que me quiere y que no sabe decirlo sino por mensajes de textos fatalmente escritos, terriblemente redactados.
Este que no sabe de letras ni ensayos y mucho menos de historia del Arte, ni análisis filosóficos y que es sabio por el simple hecho de ignorar esas cosas.
Amo sus detalles y sus costumbres. Adoro cuando espera a las aves al atardecer, me gusta verlo pescar. Lo he deseado en forma irremediable al ver su espalda brillante de sudor bajo el sol de las cinco.
Este hombre de dimensiones exactas, botas de plástico y manos fuertes no sabe qué son géneros literarios, pero lee y analiza cada sonido en este bosque húmedo y distingue a la perfección el género de los monos a metros de distancia.
Me enamoré de él que es sencillo y fuerte, que trae pescado para el desayuno. Tiene la piel curtida por el sol, es tímido y salvaje. Sin traje, sin marcas, sin tías refinadas, ni vuelos, ni hoteles, ni casas de campo, ni retrasos por el tráfico.
No quiero que nadie me busque en carro, no quiero comidas exquisitas en restaurantes, preludios ni copas de vino en su casa después del cine, no quiero ninguna de estas cosas.
Quiero un trago de ron y quiero ver el ganado, su ropa en el piso, el cielo. Quiero ir en curiara por los canales de agua entre los sembradíos de ocumo y auyama, y que ahí mismo me amarre a su cuerpo como si amarrara el bote a un árbol; que me desnude, que me tome por el cuello con la misma delicadeza con que libera al pez del anzuelo y que bese mis pechos y mi boca como si comiera mangos.
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