Juegos del hambre en Venezuela: Un Tributo llamado Lleison Delenyerber

Por Juan Carlos León 

@juancarlosleo11 

 

 

 

No leas esta mierda, en serio, si tienes algo mejor que hacer, como ordenar tus calcetines o masturbarte vía webcam con tu novia o novio cibernético, hazlo. Huye de estas letras mientras puedas, baña a tu perro, has ejercicio, fúmate un porro o bébete una caja de cervezas frías. Porque lo que vas a leer, si  te quedas, es más de lo mismo, más de eso que ha deprimido a todos y los ha trasformado en zombis adictos a la harina precocida o cualquier otra cosa, sí, leíste bien, cualquier otra cosa, por básica e indispensable que parezca causa en todos un adicción irrefrenable, puede que ni siquiera sea tan necesaria, pero si no la encuentras se convierte en un reto. Vas a un supermercado, buscas papel higiénico, jabón, pasta dental o un maldita caja de condones y lo que consigues a donde quiera que mires es salsa de tomate, mostaza o sal. Si todavía sigues leyendo y te ha pasado esto en alguna ocasión, te tengo noticias, eres un tributo de nuestra propia versión de Los Juegos del Hambre y al igual que en la historia original, participar o no en estos juego no es decisión tuya, ya eres parte de esto, lo quieras o no, así que te toca jugar o morirte de hambre. Te advertí que no leyeras.

 

Mi nombre es Lleison, no Jackson, ni Jason, ni siquiera Yeison, sino Lleison Delenyerber  Navas. Mi nombre es lo que resulta de la mezcla de una fiesta de adolescentes, algodones impregnados de alcohol metidos en el ano, una cogida rápida en el baño,  un embarazo no deseado y un padre delincuente que no terminó el bachillerato porque le pareció más rentable robar  y consumir drogas.  Mi madre es ahora una linda dama adulta de treinta y tantos años, trabaja, cada vez que puede, en un lugar o en otro y mi padre, a él  le partieron el cráneo cuando yo tenía como cinco años. Sí, sé lo que están pensando, era un sucio ladrón y se lo merecía, y la verdad es que no estoy en desacuerdo, si hay algo cierto en esta vida es que cada uno de nosotros merece todo lo que le pase porque de alguna manera todos hacemos méritos para conseguirlo.

 

El error de mi papá, si te interesa saberlo, fue estar demasiado cerca de una camioneta nueva en una urbanización del norte. Actitud sospechosa, piel morena, zapatos escandalosos y tatuajes ridículos, así es como haces que un abogado te golpee la cabeza con un gato hidráulico, así es como pintas la puerta y la ventana de una camioneta nueva con tus sesos y tú sangre, así es como alegan defensa propia y  nadie, incluyéndome, se atreve a dudarlo. En cierta forma resulta gracioso, más bien irónico, el hecho de que ese día no estuviese pensando en  robar. Adivinanza: ¿qué es un delincuente sin una pistola, abatido en una urbanización del norte? Sencillo, es un incauto que tuvo la mala suerte de criarse en el sur y dar las señales equivocadas a un hombre asustado, clasista y resentido por la cantidad de veces que sujetos con el mismo perfil lo han golpeado y robado solo por ser del norte y tener cosas que nosotros, la fauna silvestre del sur, solo puede aspirar en sueños. Aquí es donde todos deberíamos reírnos. Sí, porque aunque el chiste se repite a diario, siempre es graciosa la manera distinta en la que alguien lo narra.

 

¿Y quién es Lleison? un miserable que soñó ser lo opuesto a lo que se esperaba de él. Aún no he disparado un arma y hace poco he terminado el bachillerato. Trabajaba en el aseo urbano, me gustaba pensar que le hacía un bien al país, pero cuando alguien pasa a tu lado y te mira como si fueras una larva dan ganas de mandarlo todo a la mierda. Lo que me gusta de la situación actual es que la miseria ahora no está acaparada. Ahora todos tenemos un poco de la desgracia que antes solo tenían algunos. Ahora todos tenemos que jugar el juego que precede al caos y hacer las colas del hambre, como las han llamado algunos.

 

Y es que mi país es algo parecido a la trilogía de la aclamada escritora  Suzanne Collins, esa que jóvenes y adultos,  hayan leído o no la novela, esperan con ansias en su versión cinematográfica, esa realidad ficticia maravillosa. Parece contradictorio,  pero la nuestra es un poco mejor porque no es ficticia, sin embargo estamos en la transición hacia la distopía. 

 

Si  a estas alturas sigues leyendo y crees que olvidé el tema principal para ponerme a hablar de mí, creo que te debo una disculpa, es difícil no desviarse un poco del tema para hablar de un par de cosas más, creo que al final cada una de las cosas que ahora ocurren tanto en lo social como en lo económico tienen un pasado oscuro que las fue formando poco a poco y lo que hice fue narrar un poco de lo que me formó a mí.

 

Si ya estás jugando nuestros juegos del  hambre  lo que leerás aquí te parecerá bastante conocido, quizá incluso aburrido, como dije es más de lo mismo, pero sino los has jugado o eres de un país común y corriente esto te parecerá ficticio, me importa un carajo si me lo crees o no, te presento mi diario en segunda persona como un tributo o víctima de estos juegos.

 

4:00 am

Te levantas, no tienes trabajo ni ganas de trabajar, no deberías levantarte tan temprano a menos que te mueras de ganas de ir al baño, pero lo haces con una idea en mente, salir a la calle, entrar a un supermercado y conseguir pollo. Has leído bien, en alguna parte ahí afuera hay un pollo congelado que puedes comprar sin tener que vender tus riñones para pagarlo. Ya diste el primer paso, ya estás despierto, ahora sal a buscarlo y con un poco de suerte conseguirás algo más.

 

7:00 am

Has madrugado para llegar temprano, pero con eso de que no hay repuestos para los vehículos, el transporte público que siempre ha sido un asco, se ha transformado en algo aun peor, se ha convertido en un juego de azar, en una ruleta que gira durante horas y horas hasta que aparece un autobús cargado de un montón de idiotas que al igual que tú han tenido la idea de madrugar antes que haya demasiada gente en la calle—¿Espera, si todos salen temprano para evitar la muchedumbre, no se convertirían estos madrugadores en una muchedumbre? Es algo digno de reflexión, quizá para otra ocasión—. La cuestión es que logras treparte a un autobús, después de varias horas esperándolo, hay tanta gente apretada unas con otras que llegas a pensar que en algún momento una de ellas explotará bañando a todos de mierda y sangre. Hay tanta gente en la puerta que los pies que quedan colgando fuera del estribo del bus parecen un montón de banderines hechos con zapatos de distintos colores.

 

9:00 am

Bajas del autobús, durante unos  minutos no sabes ni quien eres, es como si una enorme vagina con ruedas acabara de parirte otra vez, estás desorientado y al igual que un recién nacido en el fondo sientes deseos de gritar. Apestas a varias clases de perfumes y durante el viaje te ha rozado el cuerpo los penes y las tetas de tantos pasajeros que no sabes si sentirte ultrajado o gradecer que ninguno se emocionó de más aprovechando las sacudidas del vehículo.

 

Caminas al lugar, donde se supone que hay pollos a precios accesibles para el ser humano común. Hay una larga fila de personas en el sitio, es tan larga que no logras ver el supermercado desde el lugar en donde estás. Tan larga, que comienzas a preguntarte si realmente hay un supermercado al final de la fila o todos van directamente a un horno de ejecución. Sonríes, tiene que haber un supermercado, es a penas lógico, pero aunque solo llevas un par de minutos en la fila ya tu mente ha empezado a divagar.

 

11:00 am

Dos horas en la fila y sigues en el mismo lugar. Pero ahora tiene un número marcado en tu brazo y se han empezado a oír rumores. Dicen que no hay suficiente pollo. Te sientes un poco desanimado, pero puede ser solo un rumor sin base. Suena un celular y una chica vestida de colores  estrafalarios responde, su piel está quemada por el sol y habla  en voz alta y chillona martillándoles el oído a todos en el lugar, de alguna manera ha logrado conseguir un montón de productos. Te preguntas si hay algún secreto. Según has podido oír, hay pollo suficiente y no solo eso, hay café, harina precocida y hojas de afeitar. También pudiste oír que a un par de kilómetros en otro supermercado  apuñalaron a alguien cuando intentó colarse en la fila para comprar pañales. Es parte del juego, así que lo tomas con calma.

 

2:00 pm

Tu mente está a punto de quebrarse, la fila solo ha avanzado un par de metros. Has escuchado múltiples conversaciones y la cabeza te da vueltas saltando de una a otra historia en un laberinto surrealista donde comienzas a dudar de tu propia existencia. Es la crudeza de los juegos del hambre.

 

Has oído que la vecina de la chica que está a tres personas de ti tuvo un aborto la noche anterior, se metió un gancho de ropa en la vulva para hacerlo y casi se desangra  tirada en medio de su sala de estar. El hermano del chico que está detrás de ti vende gasolina en la frontera y billetes de alta denominación, gana en un día mucho más que tú en un año. La caja de cervezas volvió a aumentar. Una señora se queja por enésima vez del gobierno en curso. Un niño llora y dice que tiene hambre, la madre le da un jugo de naranja y le pide que se calle, pero en el fondo,  todos quieren llorar, todos se mueren de hambre.

 

4:00 pm

Tienes tanta hambre que podrías desmayarte justo ahora. La cola ha avanzado y ya puedes ver el supermercado, es hermoso, casi una visión mágica de un mundo paralelo en el que los arcoíris son de caramelo y hay muchos caballos que traen flores en la boca y flotan alegremente entre nubes que parecen de algodón.  Es tu mente de nuevo, es el hambre la que te hace distraerte casi al punto de las alucinaciones. Te estrujas los ojos, vuelves a la realidad.

 

Hace rato se dijo que habían descargado un camión de papel higiénico y sentiste una leve contracción anal, fue involuntaria, no fue tu culpa, pero la sola esperanza de poder volver a limpiarte el trasero con papel higiénico, en lugar de las hojas del periódico que has estado usando los últimos meses, causó en ti ese reflejo.

 

5: 00 pm

Ya estás muy cerca de la puerta, solo tienes unas 200 personas adelante, pero algo pasa, algo que no tuviste en cuenta sino hasta ahora. Tu número de cedula. Termina en  7 y no sabes si este día pueden comprar las personas cuyo número de identificación termina en 7. En la mañana todo parecía sencillo, pero ahora estás cansado y comienzas a dudar. No quieres preguntarle a nadie, llevas todo el día metido en una maldita fila, pudiste preguntar antes, así que ya no es una opción.

 

Un tipo con uniforme militar comienza pedir las cedulas. Es tu oportunidad, aprovechas cuando tus compañeros cercanos sacan las suyas de sus carteras para fijarte en algunos números, pudiste ver que una de ellas terminaba en ocho. No un siete, sino un ocho. Comienzas a sudar, no es posible, que no puedas comprar. Estas despierto desde las 4 de la mañana, necesitas comprar ese pollo.

 

Comienzas a ver a los ancianos salir del supermercado, con sus pollos congelado metidos en bolsas de plástico. La fila de la tercera edad siempre se mueve más rápido. Te preguntas si no podrías golpear a un anciano arrancarle el pollo y correr a casa llorando y gritando de alegría y tristeza. Sí, alegría y tristeza, porque esos dos sentimientos se hacen uno solo cuando estas en una fila haciendo el juego del hambre.

 

El militar te pide la cédula y rompe la fantasía demente que estabas a punto de convertir en realidad. Revisa el documento, observa el último dígito y la suma a la enorme cantidad que de cedulas que lleva en una mano. Eso significa que estas dentro, que en el juego del día de hoy eres un tributo afortunado. Los llamaran en un rato por el orden en el que están las cedulas y podrás comprar algunas cosas que no sabes si necesitas realmente o si te han obligado a necesitarlas.

 

6:00 pm

Cruzas la puerta del supermercado, el verdadero juego es este. Todos corren de un lado a otro buscando cualquier cosa.  Vas directo a los congeladores, aún quedan pollos, son extremadamente pequeños, pero no importa. Tomas 3 para la semana, un militar te obliga a devolver 2. Los arrojas con rabia al lugar donde los hallaste y sigues buscando. Encuentras papel higiénico, un kilo de harina, un kilo de arroz, el café se acabó.

 

La puerta del almacén se abre y alguien sale empujando un carrito lleno de productos. Parece que algún trabajador  lo había olvidado dentro del almacén, o lo había ocultado para sacarlo luego cuando el supermercado estuviese cerrado. El carrito contiene Champú, jabón,  crema dental, hojas de afeitar, toallas sanitarias, desodorantes, algunos kilos de leche en polvo…

 

El carrito es una verdadera mina de oro y todos lo saben, por eso corren como locos derriban el carrito y a quien lo traía. Llueven puños y patadas por todas partes y tú estás ahí, luchando por encontrar algo y luego de un rato lo encuentras. Pudiste sacar un paquete de toallas femeninas. No te viene la menstruación, no, pero puedes cambiársela a alguna chica por un kilo de espagueti. Esta tarde has ganado los juegos del hambre. Sin embargo no estás del todo feliz, como podrías estarlo si al igual que en el libro de  Suzanne Collins ganar los juegos del hambre solo te garantiza seguir respirando por un tiempo más, ganar en esta especie de circo lleno de monos hambrientos solo te hace parte del gran sistema podrido en el que te han hecho vivir. No puedes estar feliz por ganar un juego en el que te han obligado a participar.

 

Mi nombre es Lleison, no Jackson, ni Jason, ni siquiera Yeison, sino Lleison Delenyerber  Navas y soy un tributo en estos juegos del hambre.

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