Fatuos

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Venezuela no es un prisma. Los colores se extinguieron. Venezuela es una caja negra, lúgubre, perdida y putrefacta.

Los matices la hirieron de muerte. La conmiseración y el optimismo a ultranza, desconocieron la realidad, y aun hoy, con los despojos de un país, sigue habiendo destellos de un discurso fatuo, empecinado en hacer creer lo que no es verdad.

Contener el desespero es una tarea ardua. Algunos dicen que la necesidad tiene cara de perro, pero no es verdad. La necesidad no tiene caras. Ni tampoco el desespero, ni la angustia, ni la impotencia. No hay esperanza capaz de soportar la inacción, ni tampoco la acción estéril.

La esperanza si no es activa, es inútil; por eso para que la esperanza resulte efectiva, requiere de acciones, de movilización, de objetivos, de concreción.

Como se ha hecho costumbre, el país deambula por múltiples caminos polvorientos. Cada quien cree que el suyo es el efectivo para conseguir el destino aspirado. Ninguno atina a advertir que el polvo del camino concluye en un delta de lodo, salpicado de egoísmo y mezquindad.

Una marcha aquí, unos presos, unos gritos, un cacerolazo, una carta desde un organismo internacional, una visita sancta que no se da, un llamado a diálogo de sordos, un país que se escurre por el inodoro del desconsuelo y la frustración.

Venezuela es un despoblado de tristezas. Un territorio de lucha por la supervivencia en la incertidumbre. Cada día una batalla que no significa nada, porque no hay ganas de que ocurra nada.

Algunos promueven un cambio que no se explica, con objetivos ocultos, con tal ignorancia sobre el qué y el cómo y les imposibilita explicar los necesarios para qué.

¿Héroes? Para nada. Solo villanos de un masoquismo institucional, que plantea al chantaje como forma de vida, y juega con las migajas como premio para evitar la salivación.

Cuánto nos falta para recuperar al mejor país del mundo. Necesitamos reconocer quién es quién, y en función de ello entender que no hay paridad, que no hay bando y bando. Que tenemos los escombros de un país, sumiso ante un autoritarismo malsano que no es capaz de sintonizarse con la realidad.

No hay prisma. Los colores no permean, ni la variedad es posible. Todo está encasillado dentro de una caja negra, lúgrube, perdida y putrefacta.

Muchos creerán que estas líneas son ofensivas, que desconocen la fortaleza de quienes luchan, que desdicen de un gentilicio altivo, de una casta de libertadores capaces de hacerse del tamaño del compromiso que se presente. Esa es la negación que nos trajo hasta aquí.

Esa es la negación enfermiza que insiste en hacer creer que basta con el crepúsculo de Barquisimeto, con el rayo del Catatumbo, lo imponente del Ávila o lo macizo de Guayana.

Quizá de tanta ruina, alguna vez, nos dejemos de contentar con lo impactante de una marcha, nos dejemos de indignar por el abuso de los hombres de uniforme, nos dejemos de reír por la patanería de un “gobernante“, y actuemos en consecuencia de esos pensamientos –hasta ahora inciertos- de fortaleza de valores y principios.

Alfredo Yánez Mondragón
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