Coto de caza

En los capítulos postreros del régimen, naturalmente duros y difíciles aún para sus decepcionados partidarios, reaparecen  los colectivos armados con la sinceridad a la que nunca se atrevieron sus promotores y jerarcas. Esta vez, no hay eufemismos ni evasiones, sino la presencia descarada y decidida de quienes compensan con las armas, el escaso número de personas efectivamente movilizadas.

Pocas actividades de la oposición escapan de los planes de contención, amedrentamiento y decidido ataque de tales grupúsculos, cuya única ventaja está en la de contar con la protección de las autoridades públicas. Sin embargo, cada vez son menos y, como es ya notorio en los alrededores de la sede de la Asamblea Nacional, los grandes equipos de sonido y camiones, reemplazan a quienes se resisten a protestar tan  injustamente a los parlamentarios, conscientes los forzados empleados públicos que es Nicolás Maduro el responsable de la crisis humanitaria que nos aqueja.

El terrorismo de Estado por delegación, fracasados sus intentos de sabotaje, opta por el ataque individual, más o menos selectivo de los que sabe y de los que supone opositores y disidentes, a los que intenta literalmente cazar en lugares y actos avisados,  eventos sobrevenidos  y hasta en el ejercicio de la vida cotidiana. Sea emblemática o no la figura, el diputado que intenta acceder a su lógico lugar de trabajo, el periodista que cubre un suceso o la persona común  que se detiene en un kiosco de golosinas, es objeto del inmediato ataque en gavilla de los que, además, usurpando funciones públicas, se entienden como los policías que deben  velar por la preservación de los privilegiados del poder: antes, durante y después, lo menos que puede esperarse es una golpiza y, revelando las profundas convicciones revolucionarias para un momento tan auspicioso, la ocasión se presta al robo del celular, dinero, reloj u otras pertenencias personales.

La agresión que habla fielmente  de la descomposición ética del agresor (en alguna parte, José Barbeito dijo del agresor que se agrede a sí mismo), aparenta no tener límites. Lo peor es que, excepto las tropelías que se convierten en garantía para algún suministro, en casa del victimario  no hay los alimentos, los medicamentos ni los productos del aseo personal por los que comúnmente desesperamos.

El reciente secuestro de María Corina Machado, la comunicadora Nitu Pérez Osuna y el diputado Winston Flores, entre otros, al inaugurar una sede partidista que, por cierto, lograron, además de ilustrar los desesperados ataques del régimen en constante cacería de sus pacíficos adversarios, reporta una ironía: Parque Central, escenario del suceso, otrora conjunto residencial seguro, abierto y confortable, hoy bajo condiciones prácticamente de guerra, contó con sendos espacios que muy antes empleaban todos los partidos, gremios y entidades académicas, para celebrar sus actos en la Sala Plenaria u otros amplísimos salones, sin distinción alguna. El referente de la pluralidad del debate, ágora para envidia de los tratadistas que versan sobre la Atenas democrática, es ahora otro coto vulgar, burdo y grotesco de caza para esos policías del régimen.

Luis Barragan
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