Esperanza: Sangre, sudor y lágrimas

Esperanza

El país padece en gerundio. La cabuya se ha roto muchas veces, porque sus extensiones más delgadas se replican de extremo a extremo, sin que haya un tejedor capaz de reconocer lo débil de la hilacha.

Desde los referentes políticos se clama por la esperanza, en esa acepción distorsionada que promueve la resignación como forma de acción política, mientras que en la práctica lo que realmente está activada es la quietud del que no sabe qué hacer, del que lo perdió todo, y su única posibilidad –aunque parezca imposible- es perder más.

Aun, en medio de la terrible situación en la que está estancada Venezuela, sus referente políticos son incapaces de referir la verdad verdadera. Todos creen que la popularidad se alcanza con base en la siembra de esperanza, así esta sea fatua, sin objetivos, sin verdad.

Cuando alguno de los referentes políticos –conocidos o por conocer- se aferre a la esperanza de lo real¿ entonces será capaz de traspasar esa línea que separa a los referentes circunstanciales de los líderes que trascienden.

La esperanza inmediata de los venezolanos pasa por asumir la realidad que vive en pueblos y ciudades y en ello, entender que nos vienen tiempos de sangre, sudor y lágrimas.

Desde hace mucho tiempo la sangre baña las calles del país. Por más que forme parte del discurso populista, ninguno de los referentes políticos ni sociales ha hecho algo para detener el sistemático derramamiento de sangre. Tampoco para fomentar el trabajo constante, disciplinado, con esfuerzo, y mucho menos para evitar las lágrimas de un pueblo que se muere de mengua, mientras solo es convidado a marchar y a votar.

Verdad. Eso es lo que se reclama en cada manifestación. Verdad respecto a lo que enfrentamos y estamos por enfrentar. Verdad para  poder decidir. Verdad para que nadie se frustre, ni se sienta engañado. Verdad para comenzar a definir un plan que involucre a todos.

El país no se merece una esperanza falsa, de promesas que no podrán cumplirse. El país necesita establecer una visión de esperanza. Una esperanza que dibuje la realidad y al mismo tiempo indique el camino a seguir.

Desde el pantano en el que estamos, con la tristeza de la soledad en un abismo de descomposición social, donde se celebra el saqueo, se niega la ayuda al necesitado y se profana la historia con la idea de que la barbarie se imponga, todavía es posible dibujar una posibilidad de esperanza. Falta, eso si, la voluntad política para hacer de esa esperanza una verdad –con todo y sus componentes de sangre, sudor y lágrimas-, y no una ilusión perdida en el tiempo.

Alfredo Yánez Mondragón
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