Del cinismo político

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Quizá podamos establecer una relación inversa y proporcional: mientras menores sean las libertades públicas, mayores son las expresiones de cinismo que tienden a hacerse toda una cultura política. La literatura acostumbra a sobrevivirle al tecladista, cuyos personajes y tramas lo convierten en el inevitable referente nominal, marcando una involuntaria distinción entre la obra y los procederes personales del autor.

Gozamos de la tinta de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, aunque discrepemos de las encontradas posturas políticas de ambos, apuntemos, contemporáneos del fenómeno peronista que mejor trabajó y aprehendió en sus novelas Tomás Eloy Martínez que la centena de ensayos que aún aspiran a la exactitud de las ciencias sociales. Valga la diferenciación al tocar el caso de Alejo Carpentier, nuestro admirado narrador al que podemos releer con el gusto de (re) descubrir la novedad y la vejez propia de toda obra sometida al implacable tribunal que es el tiempo.

Cubano que no merecía el resignado cumplimiento de las tareas diplomáticas trastocadas en una suerte de póliza de vida, supo de la detención arbitraria del poeta venezolano Alí Lameda en Corea del Norte al concluir la década de los sesenta del XX. Calló y, miserablemente lo hizo, como si adivinase el destino que le depararía hacer algo por el viejo amigo en el “país de los amaneceres tranquilos”, según dijera Héctor Mujica [Deslinde, Caracas, 15/10/1969].

Noches de insomnio atrás, agotando los videos que prosperan en la red de Mario Vargas Llosa, nos decidimos a  buscar un viejo libro en la estantería hogareña que, a la postre, resultó más eficaz que contar las ovejas sindicalizadas, las que reclaman un contrato colectivo para proseguir una labor que, en el siglo XXI,  las ya proclives al cálculo infinitesimal que ríen de la mera y paciente operación aritmética.  Ganado el Premio Internacional Rómulo Gallegos,  Alejo lo concertó en Londres y se hizo portador de una misiva solamente leída, pero no entregada, en la que Haydée Santamaría le proponía al peruano donar públicamente los $ 25 mil dólares del certamen a la guerrilla guevarista para luego reembolsárselos – confidencialmente – a través de la embajada: “… Era muy cínico, un gran escritor, pero un hombre muy cínico, un funcionario del Gobierno”, fue la sentencia que recayó sobre Carpentier [Ricardo A. Setti, “Diálogo con Vargas Llosa”, Kosmos Editorial, San José de Costa Rica, 1988: 149].

Hablamos de circunstancias por siempre indeseadas, ignoradas en la isla caribeña que le rinde un culto escolar a Carpentier, cultivando en realidad el cinismo que, por cierto, institucionalizado, se cuela en toda la obra de Leonardo Padura, así Mario Conde se diga un inocente investigador policial.  Añadimos, en el ejercicio de nuestras libertades personales, empleadas también para combatir el insomnio al que las ovejas tarifan abusivamente, nos permiten no sólo percibir y atrapar ese cinismo multiplicador, sino diferenciar entre la palabra y el palabreante.

 

Luis Barragan
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