El estallido

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Se manosea, se invoca, se siente, pero todos lo niegan.

Venezuela ya estalló. Los analistas, en su afán de quedar bien con el orden establecido, se cuidan y subrayan que hay que evitar el estallido social, aunque algunos lo ven cerquita. Sépanlo: No está cerquita, está aquí, todos los días se manifiesta, a cuentas gotas en unos sitios, a chorros en casi todas partes.

¿Hasta cuando la negación será el punto de partida? ¿Por qué negar, con vocecita de perdona vidas, que el país se desangra, que no hay alimentos suficientes, que se mueren los niños por falta de medicamentos y que las angustias por una pastilla para controlar la tensión supera los niveles de esa enfermedad crónica que llaman el enemigo silencioso?

Si eso no es un estallido social, ¿entonces qué lo es?

Los fenómenos sociales no se repiten, por más que la historia sea cíclica. El Caracazo, fue el caracazo, en su momento, con sus motivaciones, sus impulsores, sus venganzas, sus estrategias, su ignorancia…

Esto que vivimos hoy es mucho más fuerte y desgarrador que el Caracazo. Porque es la ruina de un país, sumergido en sus miserias, con el acomodo de una clase política que suplica mantener la paz –¡Ni la de los sepulcros¡- para evitar el derramamiento de sangre, obviando las más de 200 mil muertes violentas en los últimos tres lustros.

El estallido está aquí, con cara de cola por comida. Está vestido de sumisión porque no alcanza el dinero, está en lo indigno de una beca estudiantil arrebatada, porque ahora se inspira en la ideología que profesa el poder por el poder, está en un presupuesto insuficiente para el sector académico, está en ministros que defienden la existencia de inventario para salud y alimentos, mientras familias enteras comen solo mango y hurgan en la basura.

Qué más estallido que la anarquía motorizada, que los colectivos hechos mandamases, que el pranato carcelario operando en apogeo al frente del crimen organizado.

No esperan un estallido, porque ya está aquí, en la impunidad del saqueo, de lo público y lo privado. Ya está aquí en la indolencia y el cinismo de la clase política que se desgañita desde el atrio para oradores y se muestra eufórico en recorridos país adentro para la foto.

El estallido se multiplica con cada sello de migración, porque el futuro posible se va.

El país, inerte por el hambre y la desidia, igual lo aguarda, así como en su tiempo, gracias a lo certero del absurdo de Samuel Beckett, Vladimir y Estragon esperaban a Godot.

Alfredo Yánez Mondragón
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