Venezuela requiere de un cambio radical y urgente. Un cambio que impacte y que de verdad transforme
Que se vayan todos

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Seguir el juego de lo tradicional, del librito, no hace más que prolongar una agonía eterna, causada en principio por los malos manejos, luego por la complicidad, más tarde por el desgaste y ahora por la inercia. El país exige una transformación, pero no sabe cómo ponerla en marcha, y los poderes constituidos (formal o informalmente) se convierten en obstáculo férreo.

En septiembre de 2013 el rector de la UCAB, José Virtuoso, proponía una Constituyente en la oposición, que como resultado de deliberaciones, debates, propuestas y demás, presentara al país una visión clara de hacia dónde podría ir. Pues bien, esa idea es propicia hoy, para que de los escombros de esperanza que aun quedan en la MUD, puede erigirse una fuerza cargada con las ideas de todos, y no solo de unos eruditos, que lamentablemente cayeron en los mismos errores que dicen criticar.

Al sol de hoy, más allá de las buenas intenciones que seguramente tienen algunos, no hay diferencias sustantivas entre los dirigentes del chavismo y de la oposición. Las cúpulas dominan la escena, no son capaces de aceptar las críticas, se molestan con sus seguidores si piensan distinto, se preocupan más por su propio interés que por el de Venezuela, se empeñan en ver traiciones donde no las hay, y en definitiva, evidencian un marcado divorcio entre sus propósitos y la verdad que se vive en el día a día.

Así que, una posibilidad de contundencia sería que la MUD, junto a todos los factores que se oponen a esta nefasta tropelía que dice gobernar, adelante un gran movimiento nacional de activación política, que promueva la esperanza en función de una propuesta general, integral, que termine por ser marcadamente vinculante, aun cuando en sus inicios no cuente con el aval de los poderes constituidos.

Se podría llenar al país de energía, aun cuando se atraviesa la peor de las crisis política, económica y social de la historia, y aun tiempo, se recuperaría en grado superlativo, la fuerza popular que se despilfarró con la manifiesta voluntad de diálogo con los actores equivocados.

Es perfectamente posible, porque esta idea implica que quienes hoy dirigen a la oposición política se pondrían a un lado, reconociendo que no fueron capaces de ofrecer resultados concretos. Sería iluso pensar que renunciarían a sus posiciones de privilegio, pero al no hacerlo ratificarían las líneas que preceden, pues actuarían exactamente igual que quienes están aferrados al poder, aún sin mostrar efectividad en las responsabilidades que les son propias.

Hoy, hay un sentimiento claro. El país quiere y exige cambio, y eso – con el perdón de cientos de hombres y mujeres que han trabajado arduamente contra este régimen- implica, que se vayan todos.

Alfredo Yánez Mondragón
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