Forma y fondo. Ser, y también parecer.
Reingeniería

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El año político arranca con incertidumbre. La práctica del hito inmediato no cedió, pese a los fracasos recientes, y la escasa esperanza se diluye junto a una confianza sin destinatario.

El discurso, en su conjunto, se mantiene anclado. Aferrado al poder, que aunque efímero luce enquistado, para unos, e insistente en el cambio de modelo, sin anticipar –siquiera en las cosas menudas- hacia donde podría dirigirse ese cambio.

La indigestión por el triunfo electoral de 2015 aun pasa factura, y los cálculos milimétricos son tercos para advertir que se requiere de una auténtica reingeniería, y no un enroque –o dos- para enfrentar la crudeza de la crisis.

Vistos desde fuera, los bandos políticos en Venezuela actúan de la misma manera, sordos ante la solicitud ciudadana, convencidos de que su planteamiento es infalible, y que cualquiera que pretenda contemplar una alternativa, sin dudas, es un infiltrado, desadaptado, vende patria o enchufado.

Hay coincidencia, en amplios sectores, de la necesidad de cambio. Hay coincidencia en amplios sectores, en que los cambios anunciados no transformarán nada, porque en definitiva solo son de forma, no son reales, ni parecen serlo.

Los políticos de oficio de hoy, practican la antipolítica insana. Los partidos cedieron rol a una franquicia, y como los ciudadanos –por razones distintas- solo sobreviven, a sabiendas de que muy pronto todo cambiará.

Las propuestas son simples, quizá por ello son tan difíciles de entender.

El país requiere de una nueva narrativa, que recupere las bases de los deberes y los derechos. Que manifieste a viva voz el complejo camino de la recuperación –es solo un decir, porque aquí no hay nada que recuperar, hay que hacerlo todo de nuevo- y que por la vía del desafío, del reto, invite a la sociedad a cambiar de verdad, a transformarse, a ser protagonista del país.

Al día de hoy, lamentablemente, las invitaciones siguen siendo a terceros, a los de al lado, a aquellos. El país requiere –y tiene como conseguirlo si se deponen actitudes particulares- de un liderazgo auténtico, que piense fuera de la caja, y asuma la responsabilidad de adelantar el proceso de reingeniería, que debe pasar, necesariamente, por las instituciones gubernamentales y también por esa sociedad que quiere cambio, pero que es incapaz de cambiar.

¿Quién es el hombre?¿Quién es capaz de liderar ese cambio? Esa no es la pregunta adecuada. Debemos preguntarnos cuál es nuestra cuota de cambio, qué consiste nuestra aproximación a ese nuevo país, donde no haya bandos políticos enfrentados, sino conscientes de su potencial complementario.

Algunos lo pueden llamar utopía. Otros, en cambio, lo seguirán llamando crisis, depauperación, desastre, agonía de un país hecho añicos, mientras que las tribunas de Miraflores o la Asamblea Nacional sirven para el intercambio de discursos altisonantes, mientras la gente no se muere de hambre, porque come de la basura.

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