María

María me seduce con sutilezas y atrae mi atención de forma inmediata.

Recostada del espaldar de la silla resume su vida con nuestro primer café y yo le cuento parcamente la mía con los codos puestos sobre la mesa y las manos enlazadas debajo de la barbilla mirando sus ojos marrones y su escote mientras los meseros pululan con imprudencia.

Desde su casa me dice cosas inmorales con la seguridad de obtener párrafos con la misma respuesta y en nuestro segundo encuentro dejo las manos sobre la mesa y acaricia el dorso con la punta del índice arrimándose al borde de la silla para estar más cerca de mis piernas.

Me hace humedecer con lo que imagino durante los diálogos nuestros de cada día donde presiona los botones de su teclado con los dedos que quiero en mí. María llena de gracia y con pecados concebidos no titubea al decirme que me quiere en su cama y me excito al punto de ofrecerle horas en un motel en el que me exprime dos veces entre una y seis de la tarde. No se apiada de mí al usar pantaletas de encaje rosado en los ratos en los que no es una mujer de su casa y esposa de alguien más. María madre de un hijo y dueña de una boca con la que succiona mis pezones mientras se mueve entre mis piernas y María llena de luz con lunares que bordean su aureola y mapean el resto de su cuerpo concediéndome milagros

En un almuerzo de calle se sienta frente a mí concentrada en su trabajo y entorna los ojos mirando su pantalla al organizar tareas mentalmente. Ahí la imagino desnuda y como no puedo hacer más en medio de tanta gente desabrocho el tercer botón de su camisa mientras niega con la cabeza y me mira consintiendo el gesto.

Padre celestial líbrame del cabello desordenado de esa mujer y de su marido. Dame tu bendición  cuando quiera recostarla del mesón con sus nalgas entre mis manos y mis dientes apretando el lado derecho de su cuello y perdona mis ofensas con la rapidez con la que yo olvido mis faltas.

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