Disolución social y pronóstico político

En los siglos anteriores, añadidos los altibajos, Venezuela supo de una rica y constante discusión política que también adquirió profundidad en los medios de comunicación. Fueron muchos y familiares los nombres que le dieron un extraordinario y terco calado a las circunstancias en ebullición, como no se ha visto en la presente centuria.

Curioso, porque el XXI ha sido rotulado como escenario de una revolución. Desmintiéndola, estamos huérfanos de toda novedad, excepto el asombroso retroceso a las precariedades del país que no había recibido la noticia del estallido del Zumaque 1.

Entre las décadas de los ochenta y noventa del XX, por ejemplo, destacaban dos febriles polemistas de aceras encontradas, contribuyendo con las casas editoriales y la diaria prensa: todavía, Domingo Alberto Rangel y, presto a todo debate, Aníbal Romero. Frente a la interpretación marxista y sus ya extenuadas variaciones,  emergió, decidido, el planteamiento liberal  con una buena dosis de valentía, sorprendiéndonos – además –  a los socialcristianos de formación.

Para la coincidencia y la discrepancia, Romero aportó una importante y valiosa hemerografía que, incluso, recientemente retomamos para un trabajo de indagación histórica que aparecerá pronto en una revista especializada de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), en torno al sorpresivo 1958. E, inevitable, nos direccionó a una obra que aún guardamos en nuestro modesto anaquel: “Disolución social y pronóstico político” (Editorial Panapo, Caracas, 1997).

Podemos aseverar que Aníbal previó lo que ocurre en la Venezuela actual, desde una rigurosa reflexión que, por entonces, fue desoída. Peor de lo mismo, extremada la anomia convertida nada más y nada menos que en poder político y, no por casualidad, bajo el signo comunista,  la violencia y el vacío de liderazgo constituyen las tendencias fundamentales de una situación harto prolongada, quebrado increíblemente el país petrolero.

La obra, disponible en las redes, nos orienta respecto a las alternativas necesarias de actualizar, atreviéndonos a un desarrollo que exige  claridad, hondura, coraje, experiencia e imaginación de las inevitables, como novedosas, corrientes de un liderazgo consciente de su papel histórico.  Sólo los sectores repetidos y repetitivos de la oposición que todavía no se dan por enterados del proyecto totalitario en curso, muy a pesar de sufrirlo, se resisten, aunque también los hay con un modo y estilo de vida de cómoda adaptación.

Apenas, un párrafo nos da señal de la valiosa contribución del autor en cuestión: “… La enfermedad económica no es mortal; en cambio, la enfermedad política sí puede serlo” (206).  Convengamos,  lo que ahora ocurre en nuestro país, estaba suficientemente avisado.

Luis Barragan
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