Esequibo: la polémica de antes

En medio de la campaña electoral de 1968, los aspirantes presidenciales eran interrogados libremente sobre los más variados temas. Algo tan natural, inherente a una crecida democratización de la vida venezolana, no tiene hoy equivalente en la aldea  tozudamente monotemática del régimen que también permite ocultar carencias y encubrir omisiones.

En la referida campaña, el candidato Miguel Ángel Burelli Rivas celebró una rueda de prensa que, entre otras materias, aludió al problema del Esequibo, mostrándose pesimista. A dos años del Acuerdo de Ginebra, aseguraba, el caso sería remitido a las Naciones Unidas, un paso que sería desfavorable dada la presencia y unidad de los países afro-asiáticos, fruto del proceso de descolonización.

“Vamos a quedar fritos”, señaló Burelli Rivas, descartando una solución militar y observando la necesidad de una mayor presión regional, pues, el novel y vecino país contaba con una marcada influencia de la extrema izquierda. Y, como presidente de la República, se comprometió en sostener que lo del Esequibo fue un despojo, siendo “necesario mantener la expectativa de que algún día recuperaremos siquiera una parte de ese territorio” (El Universal, Caracas, 03/08/1968).

Días más tarde, Pedro José Lara Peña le responde, por cierto, en términos muy respetuosos, y, aunque – aseguró – no ha intervenido en las lides electorales, la materia planteada lo ameritaba. Apuntó al pesimismo burelliano y, estimando que Guyana hacía de marioneta de Gran Bretaña, ésta no debía desentenderse directamente del Acuerdo de Ginebra que, al fin y al cabo, suscribió.

Recordemos, entre nosotros, Ginebra tuvo a partidarios y adversarios, palpable en el debate parlamentario que suscitó. No obstante, refiere Lara Peña: “El Acuerdo de Ginebra podrá considerarse lo más inconveniente que se quiera: es materia opinable por distintas razones. Pero nunca puede llevarse esa opinión adversa al extremo de considerar que ese acuerdo implica una renuncia o una pérdida de las acciones jurídicas que Venezuela tiene, en el caso guayanés. La más elemental prudencia aconseja silenciar esas opiniones extremas. Primero, porque no son ciertas. Segundo, porque son dañinas a la Patria” (El Universal, 08/08/68).

La prensa de aquellos días, refleja que la controversia territorial podía muy bien competir con otros temas de una más marcada sensibilidad electoral, debidamente equipado todo dirigente político para fijar una mínima y sensata postura. Nadie exige hoy una (super) especialización de la dirigencia partidista, al menos, pero sí posiciones firmes y definidas en torno a un asunto que, en la venidera post-dictadura, pesará mucho para la reconstrucción de la República.

Acotemos, el otrora embajador en Londres, aproximadamente por año y medio, se supuso una voz muy autorizada en la cuestión. Empero, en el capítulo correspondiente de sus memorias, Burelli Rivas deja constancia de su frustrada “curiosidad” por conocer la documentación relativa al litigio esequibano, pues, trasladados los archivos a Georgetown,  fuera de la agenda bilateral, no encontró interlocutor alguno para tratarlo en la cancillería británica (“En primera persona”, s/e, Caracas, 2009: 315).

Fotografía: Viejo mapa de curioso trazado. Colección: Eduardo Martínez. Zona de los archivos adjuntos

 

Luis Barragan
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