Te quiero, pero no debo

Era rubio. Lo había visto en diferentes ocasiones, pero nunca me reconocía. Era incapaz de saludar, quizás porque estaba acostumbrado a ser el centro de atracción. Lo consideraba un presumido de pies a cabeza. Cuando estaba en su ambiente, me mantenía rezagada, bien lejos de tanta zalamería. Nunca me ha gustado someter mi dignidad para alcanzar algo que, en mi opinión, no es indispensable. Aunque no lo culpaba, en cierta forma me molestaba que fuera capaz de tanto aspaviento. De lejos se podía ver la inquietud de todos para tomarlo. Todo se hacía con discreción. Movíamos las manos con cierta elegancia.Debo reconocer que, en varias oportunidades, me mostré irreverente. Ignoraba que era producto de su nacimiento, de su crecimiento, de su química.

Era insensato pensar así sin conocer los motivos que lo llevaban a lucirse de esa manera, a mostrarse tan provocativo. Me dije: no tienes razón para opinar, al fin y al cabo, todo el mundo hace lo que quiere con su vida, cada quien tiene sus razones. Mi realidad quedaba opaca. Por un momento, mi conflicto con esa belleza terminó por causar duda. Pensé más allá de mis sentimientos. Era evidente que abusaban de él. Cada vez que lo invitaban a algo importante, lo maltrataban, lo empujaban y lo tiraban contra el piso. En mi defensa, mantenerme al margen me protegía de formar parte de esa acción tan detestable. A pesar de verlo tan frágil en momentos como ese, me sentía intimidada. Hoy, por primera vez, no tuve más remedio que enfrentarlo cara a cara. Un amigo se me acercó, y me vi obligada a aguantar su presencia. A ninguno de los dos nos salían las palabras. Esto no duró mucho tiempo. La verdad es que no pude resistirme. Como todo el mundo, lo agarré con mucho cuidado, como debe ser, y lo mantuve ligeramente cerca, para acercarlo a mis labios. Debo reconocer que era ardoroso y atractivo. Por eso, algunas personas se dejaban cautivar fácilmente. Ahora lo entendía.

En cada movimiento, lo trataba con cautela; temía que las personas a su alrededor tuvieran un mal concepto. Pero no podía sospechar que era todo lo contrario, para algunos, por la forma en que lo hacía, no era más que una mojigata. Quizás sus razones tendrían. Esa noche lo invité a mi casa. Me animó el ambiente tan agradable que nos rodeaba, la música, la gente. Estaba embobada, hasta ligeramente mareada. Así era la magnitud del placer que me causaba. Sin duda, estaba muy cerca como para resistir tanta tentación. Los dos éramos atrevidos. Se me acercaba sin mostrarse cohibido, como si estuviera acostumbrado a hacerlo. En mi interior, se mezclaba un arcoíris de sentimientos, que seguramente ambos teníamos. No valía la pena dejar esto así, era necesario seguir adelante; por eso le abrí las puertas de mi lugar más íntimo: mi casa.

Al día siguiente, cuando lo fui a buscar para llevarlo, lo sentí tranquilo, como si toda la fogosidad hubiese quedado atrás -nada que ver con la noche anterior-. Eso era de esperar, no me extrañaba para nada. Las cosas ahora eran diferentes, no había lugar para la voluptuosidad aunque, como siempre, su presencia alegraba el ambiente. Lo llevé conmigo a la cocina, tomándolo de la mano suavemente, como se merecía. Esta vez se mostró tranquilo, sin tantos a su alrededor. Sin duda, era otro. Lo que habíamos compartido, eso que me dejó eufórica, que todavía me embargaba, ahora era distinto.

A su lado, empecé a preparar un plato. Me lo acercaba de vez en cuando, para no dejarlo de lado; para eso lo había traído. Sabía su destino, por eso me sentía ligeramente incómoda; pero, en este caso, no había alternativa. Estaba consciente que, en cualquier momento se quedaría disperso. A veces pensaba que estaba enloqueciendo dándole tanta importancia; pero me preocupaba que estuviera oculto entre todo lo que le rodeaba..

La noche anterior le había prometido amarlo siempre, protegerlo, estar a su lado en reuniones o en privado. No podía faltar a mi palabra, sobre todo porque no quería hacerlo. Debo confesar que no era buena idea mantener este lazo. A pesar de su apariencia inofensiva, podría ser peligroso si me descuidaba, pero, en medio de toda la emoción, no me importaba. Había logrado, en poco tiempo, que la recién nacida química entre los dos se intensificará. Quizás eso duraría para toda la vida, por los momentos no era mi prioridad; en todo caso, prefería disfrutarlo. Sabía que, aquí o allá, siempre tendría que compartirlo.

Era como si tuviera un poder divino, por eso era tan popular. Por mi parte, mantendría el acuerdo; eso sí, con mucho tino. No era tan desquiciada como para abusar de estos encuentros. Todo exceso puede ser malo. Esa era la sabia creencia popular. Después de esa noche, de la comida del día siguiente, aprendí a mirar su grandeza con respeto, con amor. No importaba si se presentara en copas o en botellas, el resultado era el mismo. Brindo por todo eso, brindo por mi efervescente amigo, pero no voy a estrellarlo contra el piso. Me da dolor y me parece un desperdicio verlo desparramado por todos lados.

Un vino es así, no tiene compromisos con nadie. Complacer, es su proposito. Eso es todo. No importa el color, el sabor, su procedencia, su edad, su precio.

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