El rastro de sangre en los vatios

Robert Perreault

Hemos vivenciado dos décadas de incontables hechos trágicos y, obviamente, tardaremos en asimilar todo el fenómeno de la anormalidad de una dictadura socialista que pretende inflamar las realidades con una prédica que le servirá o dirá servirle para prolongarse. Versamos en torno a una experiencia inédita que nos marcará por varias generaciones, contribuyendo a la madurez que gana todo pueblo que sobrevive a la calamidad.

Numerosas son los testimonios personales del más reciente y consabido colapso eléctrico que aportan a una mirada colectiva, esperando por otras que sólo el arte, la literatura, la plástica y la cinematografía, recogerán con la profundidad y fidelidad que envidia el científico social.  Apenas restablecidos precariamente los servicios,  las redes sociales reportaron los vatios ensangrentados que no podrá borrar jamás el régimen victimario.

La tentación es la de ofrecer nuestra propia versión de los acontecimientos que, por cierto, siguen su curso de enlutamiento masivo, pero optamos por lo que le ocurrió a un vecino de Barlovento, de acuerdo a  la llamada telefónica que hizo a un programa radial del  lunes. Comentó que, apenas, ese mismo día, angustiado por no saber de la suerte de los suyos que se encuentran en El Tuy, desde el viernes anterior, por fin pudo comunicarse para enterarse del fallecimiento y sepelio del padre, trastocado el aparato telefónico en una lápida indeseable.

La situación se asemeja al  motivo de un cuento celebérrimo de Gabriel García Márquez (“El rastro de tu sangre en la nieve”), cuyo protagonista dejó a su esposa hospitalizada por una herida en el dedo anular y, a los días, imposibilitado de verla, esperando abrazarla y llevarla a casa, se enteró del fallecimiento y de las diligencias funerarias cumplidas. Las expectativas del barloventeño fueron probablemente similares, confiado en un percance más de los que infinitamente corren por debajo de los puentes ya también deshechos, sin imaginar que las horas transcurridas eran las de una postergación inaudita del inmenso e irrepetible dolor.

No hay una distancia astronómica entre una localidad y otra del estado Miranda, pero la caída de la telefonía, la paralización del tránsito automotor y la obscuridad, así la decretaron. Lo acontecido seguramente permanecerá en la tradición oral de la familia para luego diluirse con el tiempo, como pronto ocurrirá en la sociedad que ha soportado toda suerte de agresiones, dejando el rastro de sus más profundas heridas.

Luis Barragan
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