El otro túnel

Fotografía: LB, Caracas (02/11/19).

Repletos los andenes de personas resignadas a luchar por un cupo en el vagón, literalmente a empujones y golpes, a cualesquiera horas, de vez en cuando llega a la estación un tren vacío para intentar mitigar un poco la situación.  Sin embargo,  un instante excepcional y también memorable, barrido minutos antes el andén, llegó y abrió sus puertas el gusano metálico, abordándolo los pocos que quedamos rezagados.

Luego del cambio de trenes en la línea  uno del Metro de Caracas, es la primera vez que logramos apreciar ese otro y largo túnel andante de sus interioridades. Hay una anchura y profundidad del paisaje, deliberadamente rojo, en el vistazo irrepetible, que promete comodidad al pasajero, pero que supo inundar muy bien la ruindad del transporte superficial al faltar una política de la ciudad rápida e implacablemente desmetropolitanizada, por decir lo menos, bajo la dictadura.

Esta vez, nos atrevimos a fotografiar la intimidad del subterráneo, algo que, no faltaba más, está prohibido por las autoridades felizmente desprofesionalizadas del servicio. Y, puede decirse, a ellas debemos esta tendonitis que nos aqueja, pues, no es otra la conclusión a la que llegamos con el médico, lesionados los hombros al entrar y salir del vagón, dizque legitimidas las agresiones,  como no ocurrió con las escaramuzas propias de las intensas protestas callejeras de años atrás: incluso, una película, “Concussion”, dirigida por Peter Landesman (2015), basada en el desempeño profesional del llamado fútbol americano, nos permite imaginar otra en torno a las lesiones crónicas y los riesgos que acumula el citadino, niño, adulto o muy adulto, al no tener otra opción que la de emplear el Metro de Caracas.

La andanza en este otro  túnel, se ha hecho demasiado riesgosa por la falta de aire, desperfectos mecánicos, y la violencia que ejerce una innegable y perversa pedagogía, añadido el audio de una programación infame en la que Maduro Moros se burla de nuestras desgracias. La emisora radial del metro, ahogada a veces por la estridencia del masivo público y, otras, silenciada por los empleaos también hastiados en las peores horas, completan un desconyuntamiento cotidiano en la otrora escuela de civismo que tanto prestigió al servicio de transportación bajo el pavimento.

De servir o contar con el monitoreo deseable, poco y mucho dirán las cámaras en relación al terrible e irrespirable hacinamiento del túnel andante que, inadvertidamente, nos enferma. La apretadura insoportable de las personas no permite escudriñar la andadura, haciendo inútil el telescopio orientado hacia un universo de historias demasiado parecidas,  en el imperio de la catástrofe humanitaria, la censura y la represión.

Luis Barragan
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