De la arquitectura bibliotecaria doméstica

Fallido propósito para la cuarentena, es de suponer que jamás lograremos el deseado reordenamiento casero de libros y papeles que no genere sentimiento de culpa por lo desechado, aunque – a veces – el desprendimiento a ciegas es un buen camino hasta que recordemos muy luego que alguna pieza urgida tuvo cupo en la estantería. Sólo en casa, tenemos un modo inadvertido y una arquitectura cambiante de los documentos requeridos de un mínimo de orden, intimidad y preservación que no encuentran en otros lugares; por cierto, mucho menos, en  las riesgosas, frágiles e inseguras oficinas de trabajo parlamentario.

Respecto al modo y a  la arquitectura,  todavía nos impresiona el hogar de Guillermo Morón, quien  literalmente habita con su familia en toda una biblioteca, aunque jamás hemos aspirado a los más de veinte mil ejemplares que le dan soporte. Los hay con el sueño de imitar los salones de los grandes edificios bibliotecarios, fría y rigurosamente alineados por sus cotas en paneles uniformes y tediosos al primer vistazo, en una suerte de sucesivos tsunamis congelados de letras; y, algunos,  soñarán con imitar más el ambiente que el diseño de  las bibliópolis más célebres de Europa o Estados Unidos, añadidos monasterios y castillos, aunque otros podemos sentir nostalgia por el otrora Foro Libertador de Caracas que legó Virginia Betancourt, prácticamente destruido en el presente siglo.

Una biblioteca doméstica ha de serlo cabalmente por su uso, excepto deseemos impresionar a los visitantes, como en los tiempos de la bonanzas petroleras en los que ayudaban las guías telefónicas bien disimuladas, o los estantes que impresionaban en sendos escritorios jurídicos o consultorios médicos, aunque hoy el abogado o el médico atiende en cualquier espacio que sea propicio, incluyendo el propio tribunal o el quirófano. Con las ventajas de la interconectividad, casi imposible en Venezuela, la disposición es la de los  libros convencionales indispensables e, igualmente, los que condensan nuestro afecto por su valor bibliotecológico, diseño y confección, asociación con alguna vivencia personal, habida cuenta de las bondades del almacenamiento microelectrónico: un amigo, por ejemplo, Rodney Castro, posee más de treinta mil libros digitales, disponiendo enteramente de una estantería en la que no cabrían físicamente más de  mil ejemplares; sin embargo, acotemos, tiene por ideal las grandes bibliotecas clásicas del pasado que por la Mediateca de Sendai, diseñada por Toyo Ito.

Una maravillosa fotografía que emula la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright, nos lleva a las maneras de disponer de los libros en casa, siendo los más próximos de trabajo inmediato, fatigados, mercados, subrayados; los más alejados, de consulta complementaria, aunque el rol secundario puede derivar en uno estelar; y, el resto, pendiente para otros futuros trabajos que justificaron en buena medida su adquisición. Para quienes tenemos otro oficio principal, por lo que nadie puede osar en tildarnos de intelectuales, una veces, los apilamos en la mesa y en el  suelo; otras, cuentan con una formación horizontal de variados antojos geométricos; las más, se entremezclan con lapiceros, notas  de todo cuño, danzando con la lámpara y otros objetos personales para ampliar el espacio de trabajo, vinculando la azarosa escenografía con un determinado tema, proclive a imitar – inconscientemente – cierta escuela arquitectónica.

Valga el oximoron, cada quien cultiva su ordenado desorden para  angustia de los supersticiosos del  feng shui, y sirva de ejemplo la famosa fotografía tomada por Manuel Sardá en la biblioteca de Jesús Sanoja Hernández; o, otro caso de amigos cercanos, los seductores libreros de Nicomedes Febres y Eduardo Martínez, siempre con varios proyectos en camino, con títulos ahora imposibles de conseguir en los tramos de una biblioteca que constantemente cambia de rostro, mutándose en diferentes colores por lomos que vuelven a un tramo diferente, asediados los grandes por los  pequeños que parecen aplastarlos gracias a una verticalidad dudosa, pero a prueba de sismos.  Obviamente, distinto a Sanoja Hernández, Nicomedes y Eduardo, como Rodney, vacían el cuadro arquitectónico del momento en la computadora que sigue andando incansablemente, impávida y ecuestre.

Luis Barragan
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