Leedores de ocasión

Numerosas la aplicaciones para la telefonía llamada inteligente, la tendencia es la de saturar nuestra cotidianidad con muy diversos grupos  de recreación y de trabajo. Ex officiopuede aseverarse, por muy indirecta que sea la relación personal (o ninguna), nos integran a la distribución de toda suerte de imágenes y textos no requeridos que, por su viralidad, fatigan.

Los hay, leedores ensimismados de un amasijo de ocasiones contradictorias, según la noticia y también la burla del día.  Y, aunque no se tenga profesión conocida, llegan las más inverosímiles versiones con un frecuente lenguaje procaz de suponer al destinatario afiliado a una u otra tolda política, deportiva y hasta de género.

De darle alcance al número telefónico de un plomero, médico o dirigente político, por muy privado que se pretenda, la buena y la mala fe se conjugan en bytes, a veces, inauditos, ora para solicitar ayuda u orientación, ora para inculparlo automáticamente de todo el desastre del país. Obviamente, quien tiene algún cargo de representación pública es el epicentro de una discusión cada vez más cercana al realismo pusilánime que nos acongoja, descompuestas las relaciones interpersonales mínimas, o de cierta trascendencia social, previas a la consabida pandemia. Sin embargo, hay leedores que cuentan con la fortuna de la remisión de un estupendo texto que compensa la infinidad de aquellos prácticamente bacteriológicos que nos asedian.

Todo dependerá de la constante selección de grupos e individualidades en el diario intercambio, porque no hay capacidad humana para atender una gigantesca multiplicidad de mensajes y, agreguemos, sobre todo, cuando no se tiene, o la prometemos innecesaria, la posibilidad de pagar a un asistente. Rol éste, por lo general, justificando una especialidad, que suele cumplirlo un licenciado en periodismo, traicionando sus viejas ilusiones.

El caso está en que sacrificamos la lectura, o leyencia, organizada, paciente y sistemática, en el mejor de los casos, por la suerte de un envío oportuno del sesudo  texto  que nos saca de una emergencia, pero debemos perder tiempo en descubrirlo, acumuladas inadvertidamente las horas del mes, por respetable que sea el grupo de adscripción.  Por lo demás, si fuere el caso, más que un periodista, necesitamos de un archivólogo o bibliotecólogo, capaz de macerar y de facilitarnos esa dieta informativa que le dé un poco más de hondura a nuestras cavilaciones, en el caso de alguien con responsabilidades dirigenciales. Acotemos, por apremiados que estemos, dependientes de la noticia, la política acostumbra a trascenderla, porque se hace de algo más que una coyuntura.

Luis Barragan
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