La angustia territorial

En una novela póstuma (“1998”), Francisco Herrera Luque imaginó una Venezuela desintegrada. Convertida en varios Estados, en un distinto contexto internacional, incluyendo la firme reaparición del fascismo, el autor colocaba otro acento a la vieja  ilusión que reportaba la llegada  del nuevo milenio.

No parece muy distante el escenario esbozado por el autor, respecto a  la situación actual de lo que fue una potencia petrolera capaz de suscitar el optimismo – apenas – veinte años atrás. De una inequívoca identidad nacional, el país no es objeto de una espontánea fragmentación cultural, la que va macerando con los años hasta hacerse política, porque los naturales y consabidos particularismos regionales o locales nunca lo autorizaron; al contrario, es víctima de  un deliberado y forzado proceso de diferenciación que, de hecho, responde a la  desesperada supervivencia del poder central.

En efecto, obedece a toda una estrategia que, luego, o muy luego, puede ensayar de la diferenciación, un posterior cultivo y reclamo del “nacionalismo” que convenga a las fuerzas anti-occidentales para la transformación deseada del hemisferio. El territorio nacional está en manos de las fuerzas terroristas, de irregulares, mafias de un variado cuño y otras organizaciones delincuenciales que responden al interés supremo de la usurpación por mantenerse a cualquier precio, por elevado que fuese.

El llamado Arco Minero, ejemplifica  muy bien una ocupación rentable en lo político, asentados grupos guerrilleros importados del vecino país del oeste que ejercen autoridad en la zona, en convivencia con otras expresiones  afines; y, en lo económico, mediante la extracción sistemática e incontrolada de preciados minerales que abren las puertas de una globalización perversa. Obviamente, más allá o más acá de la pandemia, con el severo sometimiento de una población hambreada y enferma que incluye a importantes comunidades indígenas que ya conocen de los inauditos extremos de la represión.

Ostentamos un muy peculiar Estado Nacional, en vías de desintegración, que sólo lo explica el  ejercicio del poder central, cada vez más reducido a unas camarillas que no reparan en ningún viso de institucionalidad, en combinación con una población que busca huir, desplazarse y refugiarse en otras latitudes, y un territorio sometido a la subasta de inconfesables intereses extra-continentales. Por ello, en las redes sociales, circulan gráficamente – digamos – otras versiones alternas a la hipótesis o escenario de Herrera Luque, actualizado una profunda angustia del venezolano de hoy.

Luis Barragan
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