Un flanco de la estantería

Una célebre cita atribuida a Henri Bergson refiere a la necesidad de pensar como hombres de acción y de actuar como hombres de pensamiento. Fórmula de difícil equilibrio para el oficio político, ha perdido significación en este siglo venezolano y no porque se haga el exagerado énfasis en uno u otro término, sino porque el solo espectáculo los ha reemplazado de acuerdo a la cultura política dominante.

La mirada a un ángulo de la estantería doméstica nos llevó a reflexionar en torno a  la suerte de Manuel Azaña, a propósito del tributo de Estado que le rindieron al iniciarse el presente mes, buscando sintetizar la tragedia española de una guerra que ahora fantasmalmente recorre a un país del que se pretende también que reniegue del idioma que lo une, extendido espiritualmente más allá de los mares. Escritor de oficio, gremialista de la cultura (quizá el sentido exacto de todo ateneísmo), incursionó en la política probándose en un terreno tan árido, como el  de la política militar, hasta ocupar altas responsabilidades de la otrora institucionalidad republicana: dejó unas extraordinarias “Memorias políticas y de guerra” que contribuyen a resintonizar con la fórmula citada, conciliando la tinta con el diario y rudo trajinar de la conflictividad inherente a lo político.

Conciliación nada fácil, los tomos del alcalaíno están flanqueados por dos autores venezolanos que dejaron testimonio de un dispar tránsito por la política. El uno, Jorge Giordani,  consumado académico que, luego, ostentó ministerialmente la conducción de nuestra economía, dedicó sus horas de despacho también a escribir y a publicar sus reflexiones pendientes del escrutinio más sereno para entender a cabalidad el origen de una calamidad todavía inconclusa a la que aportó considerablemente.

El otro, Rómulo Betancourt que, muy joven, se quiso escritor, hizo de  la política una fuente para el debate, incluso, historiográfico, y nada casual es que tengamos, muy cercanos, varios volúmenes de los archivos que tanto cuidó y una compilación de sus artículos previos al primer ascenso al poder. Excepto el consabido  “Venezuela, política y petróleo” y otros textos menores, no le dio tiempo para otros trabajos de una profunda y sistemática elaboración, pero cuido muy bien de cultivar y expresar sus más acendradas convicciones a través del ejercicio irrenunciable de la palabra, ahora de inconcebible desprestigio.

En medio de marasmo actual, la tentación es la de sólo lidiarlo con la exclusividad de un pragmatismo acomodaticio y  ramplón de anegadas tácticas digitales, la única  instancia en la que se escribe, a veces, generalmente, por encargo. Empero, y no porque sea un hábito personal de muchos años, un extendido vistazo a los pocos medios de comunicación  disponibles, notamos  un número importante – aunque insuficiente – de dirigentes políticos y sociales que dan cuenta de sus actos y, en medio de tantas premuras, los explican a través de la palabra escrita.

Luis Barragan
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