Destrucción de la riqueza, licuación del poder

Las relaciones de poder entre el Estado y la sociedad nunca están definidas a priori, son siempre recíprocas y fluidas. Es una cuestión empírica. El poder relativo de uno puede aumentar a expensas del otro y viceversa, tanto como pueden crecer juntos o disminuir simultáneamente. O sea, pueden licuarse al mismo tiempo.

Esta es la Argentina de hoy. La narrativa estilizada del pasado daba cuenta de un Estado con instituciones fragmentadas, presa fácil de una sociedad civil heterogénea y con sobrados recursos materiales y simbólicos para la acción colectiva. Es decir, el Estado era con frecuencia el blanco de diversos intereses corporativos con poder de veto.

Ya no más. Me cuentan que en Uruguay existe una “asociación de residentes argentinos”. No recuerdo el número de miembros de la misma pero sí recuerdo otro dato, no casualmente: el liderazgo de cerca de la mitad del PIB argentino está representado en dicha asociación. Es decir, media economía argentina reside en otro país. El caso de Marcos Galperin es uno entre muchos otros.

No es accidental. Esto ocurre debido a que Fernández-Kirchner parecen determinados en llevar adelante un ambicioso proyecto de destrucción de riqueza, no cabe otro nombre. Desde antes de la pandemia, el Gobierno hablaba de alterar derechos de propiedad, incluso amenazando con expropiaciones más o menos generalizadas y siempre arbitrarias. Con lo cual ha colapsado la inversión: el total del valor del país en el mercado bursátil se redujo de 350 mil millones en 2018 a 20 mil millones en 2020.

La base tributaria se encoge y el gobierno responde con más impuestos. Sus políticas difuminan los recursos productivos. El capital humano, entre ellos, empresarios y ejecutivos tanto como los profesionales de clase media que sostienen—o sostenían—la economía del conocimiento. Emigran, como ocurre con Mercado Libre, el unicornio argentino por excelencia, la empresa de mayor valuación del país que se disputan Uruguay, Brasil y Colombia, todos ellos ofreciéndole ventajosas condiciones para radicarse allí.

El empleo está colapsado, la pobreza orilla el 50%. Solo Venezuela, cuya economía se ha contraído casi 70% del producto desde 2016, tiene más pobreza que Argentina en la región. Los exportadores no pueden exportar; los sustituidores de importaciones no importan, pues no hay producción; y la recordada “columna vertebral” del peronismo se ha reducido a Moyano y algún otro sindicalista asociado a la corrupción estructural del kirchnerismo.

La destrucción de la riqueza significa, lisa y llanamente, la aniquilación de la sociedad civil, de sus recursos y su capacidad de representar intereses de manera autónoma. Se acabó aquel poder de veto; el añejo corporativismo de la tradición peronista ha sido destruido por una fuerza política que se dice peronista. Una sociedad civil de baja densidad es una buena receta para el desmantelamiento de la democracia.

Al mismo tiempo, el Estado tampoco exhibe poder alguno. De ahí lo de licuación. Para empezar, es un Estado incapaz y renuente a hacer lo propio e inmediato. No administra justicia, en tanto persigue abiertamente la impunidad de los corruptos; no recauda; y no posee el monopolio de los medios de la fuerza. La inseguridad que genera la protesta ciudadana constante es la parte visible del iceberg, tan visible como los reclusos liberados.

El gobierno específicamente, que actúa en nombre de ese Estado, es un compendio de disfuncionalidades. La quimera de un presidente de voz suave y carácter apacible que sería capaz de moderar a la impetuosa vicepresidente ha sido precisamente eso, una quimera. El albertismo como entidad política no existe, ha sido una efímera fantasía.

La Vicepresidente tampoco tiene poder. Tiene capacidad disruptiva, que no es lo mismo, pues es incapaz de construir política. Su principal objetivo es lograr un arreglo judicial que la proteja, para lo cual ya tiene al ministro de justicia de su preferencia, y debilitar al Presidente todo lo que sea posible. A propósito, su megáfono predilecto, Hebe de Bonafini, ya salió a agredir explícitamente a Alberto Fernández.

Eso no es poder político en sentido estricto, es tan solo la práctica del “apriete”, tan inherente al kirchnerismo. El poder en serio no se grita ni se sobreactúa, mucho menos se sostiene sobre amenazas que no se pueden cumplir. El verdadero poder se ejerce sin coerción, se basa en el convencimiento que quien lo posee lo usa de acuerdo a derecho. Es decir, tiene legitimidad para mandar, el ciudadano respeta y cumple con convicción. Todo eso le es extraño al kirchnerismo.

Argentina tiene un gobierno gastado, sin futuro. Corre dentro de la ratonera hacia un lugar al que nunca llegará. No tiene utopía, ni narrativa alguna. No posee un proyecto de país que capture el imaginario social, ni mucho menos líderes que cautiven a la sociedad. Es un gobierno que no tiene una sola idea más grande e importante que los individuos que lo componen, los cuales son muy pequeños, por lo demás.

Es un gobierno retratado por su sadismo. Es esa suerte de neo-madurismo que expresa Cristina Kirchner: causar todo el daño que sea posible, aunque no sea necesario. La maldad por la maldad misma, como en el episodio de las vacunas VIP: no solo vacunan a sus partidarios jóvenes sino que lo exhiben obscenamente en las redes, historia que a su vez concluye en la delación entre ellos mismos. El sadismo es el principio organizador de su accionar político.

La misma crueldad es visible en la diatriba abarrotada de mentiras contra el FMI, con amenaza de default incluida, mientras el ministro de la cartera negociaba justamente con el FMI. Y todo ello cuando Argentina necesita estar dentro del sistema de pagos internacionales…pues para importar más vacunas.

Y este sadismo desbocado eclosiona un 24 de marzo, nada menos, fecha elegida para anunciar que el gobierno argentino abandonará el Grupo de Lima. Señal inequívoca de una política exterior que no es tal, es ser obsecuente con Caracas y obediente de La Habana. Las torturas de Maduro son más aceptables que las de la ESMA.

Es que, además, el kirchnerismo también ha corrompido los derechos humanos que tanto pontifica y sus movimientos. Ello ha ocurrido con dinero, como con Hebe de Bonafini; por medio de la cooptación que los disolvió como instancia de la sociedad civil independiente, como con el CELS; y moral e intelectualmente, como con Estela de Carlotto que acaba de “ordenar” el arresto de Mauricio Macri.

Moral e intelectualmente, se trata de un gobierno terminado. Ese es el lastre, no son los argentinos. Nuestros socios de Mercosur lo tienen claro, no importa cuántas bravuconadas vacías tenga un presidente sin poder que solo puede imitar a su sombra, Cristina Kirchner.

Fuente: Infobae

Hector E Schamis
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