Gramsci, Weber y elecciones en Perú y Ecuador

El XIX fue el siglo de las luces. La segunda revolución industrial difundió masivamente la electricidad y se instaló la producción en serie. Literalmente el mundo se iluminó. Desde ese entonces, cuando se lo ve a la noche desde el espacio, brilla.

Siglo XX. En los albores del siglo XX, importantes pensadores pusieron las bases para interpretar la realidad social que había surgido con las dos primeras revoluciones.

Nació la sociología. En 1905 Max Weber publicó “La ética protestante y el surgimiento del capitalismo”, en que definió el “espíritu del capitalismo” como un conjunto de ideas y hábitos que favorecen la búsqueda racional de ganancias económicas. No cabe hacer un resumen de sus teorías que son la columna vertebral del paradigma de las ciencias sociales no marxistas desde hace un siglo.

Por la misma época vivió Antonio Gramsci, periodista italiano, teórico y militante comunista. Durante la primera guerra mundial fue redactor del semanario El Grito del Pueblo de Turín, después cubrió la revolución soviética y en 1921 fue uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia, y también uno de los cultores del marxismo, ideología que animó la historia del siglo corto.

Los dos son íconos de sendas corrientes intelectuales en las que se inscribieron muchos intelectuales. Los occidentales somos hijos de culturas monoteístas que veneran un libro, sacralizamos los textos y algunos intelectuales y políticos se quedaron con estos autores de hace un siglo.

Poco después de que se escriba esta obra, empezó a desarrollarse la tercera revolución industrial, íntimamente vinculada a la ciencia. Surgieron la antropología, la psicología, la semiótica, Hubble descubrió que existían constelaciones, la astronomía salió de nuestra galaxia hacia el Big Bang y el Mapa Cósmico de Microondas.

Siglo XXI. El mundo actual no se parece al de hace un siglo. Superamos nuestros aislamiento personal y colectivo, pasamos a comunicarnos permanentemente con cientos de amigos virtuales que influyen en nuestras percepciones de la realidad, consumimos cosas que ni siquiera podían imaginarse. La revolución de la ciencia se acelera todos los días: solo en el 2020 se duplicaron los conocimientos producidos por la humanidad desde sus orígenes.

Hay algo más importante: los seres humanos no somos los mismos. Todos los meses se producen cientos de investigaciones acerca de cómo somos, porqué actuamos y cómo nos comunicamos. Hay cientos de libros que se publican sobre esos temas. El curso de estrategia política que imparto estos días en la GWU, tiene una extensa bibliografía. El 90% de esos libros se han publicado los últimos diez años.

Hasta hace poco la política latinoamericana se hacía manteniendo redes clientelares, repartiendo beneficios del estado entre los militantes, comprando líderes locales. Las campañas eran en gran parte, disputas personales entre líderes que se atacaban, se calumniaban, provocaban en la gente el mismo entusiasmo de la horda de mandriles cuando se enfrentan dos machos alfa. Los mordiscos y golpes bajos eran parte de la campaña. Esto está cambiando. Muchos ciudadanos no quieren ser servidores de los dirigentes. La red les permitió conectarse con otros, crear sociedades horizontales, y observar a sus líderes que viven en vitrinas.

Realidad líquida. La irreverencia y la contracultura vuelve rápidamente obsoletos incluso a quienes surgieron como líderes contestatarios. Actualmente es poco probable que existan jóvenes que quieran ir a la montaña a defender sus ideas, equivocadas o no, con las armas. La sociedad épica dio paso a una sociedad líquida en la que los combatientes del pasado ya no computan metralletas, sino que buscan cargos bien remunerados para comprar autos de marca. Felizmente.

En general, la gente se resiste a ser representada. Quiere opinar, incluso sobre lo que desconoce. Demanda una relación horizontal con los líderes, que han estudiado muchos autores que no constan en la bibliografía anacrónicas de nuestras universidades.

Afrontamos una crisis de la de democracia representativa que no se va a superar inaugurando miles de locales del partido para que los militantes vayan a jugar a las cartas. No usan naipes. Están en la red.

Algunos dicen que eso pasa en las sociedades avanzadas, que en América Latina internet no está tan difundida, que la suerte de las elecciones las sigue decidiendo el puntero que lleva votantes repartiendo bolsas de comida. Eso es falso. Internet cambió la forma de estar en el mundo de todos los seres humanos. Estamos tan conectados en la sociedad globalizada que la irresponsabilidad de Bolsonaro con el Covid un peligro para toda la humanidad.

Perú. Crece el abismo entre las élites y las mayorías. En las elecciones presidenciales peruanas que se celebran hoy, participan 16 candidatos. Empatan en la intención de voto, varios con cifras que están por debajo del 10%, separados por una distancia menor al margen de error. Están desde intelectuales como Hernando de Soto, un joven valioso que viene del deporte, una candidata con formación intelectual sofisticada que representa a la izquierda, un grupo de lunáticos con mentalidad medieval, militares que sueñan con ser capitanes del ejército brasileño. Ninguno ha logrado comunicarse con el electorado.

Los analistas con mentalidad tradicional creen que eso se puede solucionar fácilmente. Si la población demanda educación, seguridad, salud, justicia, se les ofrece resolver esos problemas y se gana las elecciones. Muy fácil. De hecho, todos los candidatos lo hacen ¿Porque ninguno logra atraer a un 10% de los votantes?

Sería largo explicar todo lo que se ha producido en la academia sobre esto, pero mencionemos algo elemental: no importa lo que se ofrece, sino quién lo ofrece y cómo lo hace. Pesan la imagen del candidato, su credibilidad y una serie de elementos que estudian las ciencias del comportamiento. Tampoco trae votos el enfrentamiento personal de los machos alfa, a menos que esté inscrito en una estrategia. Casi todos los candidatos peruanos se lanzan lodo con ventilador, atacan al gobierno, al congreso, al que asoma, y el resultado es lamentable.

En Perú puede pasar cualquier cosa. Las encuestas describen una población sin interés en las elecciones, que rechaza la política y las instituciones. Encabeza la intención de voto Yonhy Lescano de Acción Popular con 10%, seguido por Verónika Mendoza candidata de izquierda y el sociólogo Hernando de Soto, con 9% cada uno. En el cuarto lugar empatan George Forsyth, Keiko Fujimori y el anacrónico Rafael López Aliaga con cerca del 8%.

¿Por qué nadie logra conectarse con el electorado? Esto no se puede explicar por las condiciones personales de los postulantes. Hay algo estructural. Todos, incluso los más jóvenes, son anticuados, están demasiado lejos de la gente común.

Viven envueltos en los símbolos del pasado. En el país con la peor crisis política del continente, las autoridades aparecen con frecuencia envueltas en banderas y símbolos anacrónicos que agigantan su distancia con la gente.

Ecuador. En Ecuador se celebra la segunda vuelta presidencial, que decidirá quién es el nuevo presidente del país. La primera vuelta terminó con un triunfo apabullante de Andrés Arauz, candidato patrocinado por Rafael Correa, que obtuvo el 23% del padrón. Pasó a la segunda vuelta con Guillermo Lasso, permanente opositor al correísmo, que consiguió un 14%. Para las elites esta era un enfrentamiento por los que estaban favor o en contra del socialismo del siglo XXI. No pasaba lo mismo con un 60% de los electores que no estaba obsesionado con Correa. Quería que le comuniquen algo distinto.

Napolitan dijo que el 60% de lo que pasa en las elecciones depende del candidato, un 20% de la estrategia y otro 20% de todo lo demás. No existen fabricantes de presidentes. Son los candidatos los responsables de lo que ocurre, autores de sus propios triunfos o derrotas. Los asesores y colaboradores solo pueden ayudar al protagonista.

Ante los resultados de la primera vuelta, algunos que odian a Correa trataron de seguir la ruta boliviana, dar un golpe de estado que impida el triunfo de Arauz que se daba por descontado. Otros quisieron hacer una maniobra para que pase a la segunda vuelta Yaku Perez, tercero por pocos votos, porque creían que podía derrotar a Arauz.

Lasso reaccionó sin demora, dio un giro de 180 grados a su campaña, la dirigió imprimiendo disciplina, con una estrategia clara. En tres meses logró revertir los resultados: de perder 60% a 40%, pasó a ganar 53% a 47%. Lo más probable es que el día de hoy gane las elecciones.

No siguió el camino de los candidatos peruanos. En vez de pretenderse estatua, se presentó como lo que era: un candidato con sentimientos. No era el profeta que sabe todo y predica. Se dedicó más a escuchar a la gente, que a comunicar sus verdades. Mantuvo una actitud inclusiva, acorde con la enorme variedad de culturas y visiones de la vida que existen en el país. Su estrategia fue no confrontar, no atacar a Correa, a Arauz ni a nadie. Desde luego que vetó toda campaña sucia.

Lo más importante: logró que decenas de miles de ecuatorianos se integren a su campaña, produciendo materiales que les entusiasmaban. Lo que hizo en la campaña, los cierres, fue novedoso, no se parecía a los políticos del pasado.

En contraste Arauz hizo una campaña tradicional. Su discurso, sus presentaciones tuvieron el antiguo formato. Las mezcló con algunas apariciones modernas, sin una estrategia que permita entender el sentido de lo que hacía. Tuvo encima el peso de Rafael Correa, que intervino intermitentemente en el proceso, con su temperamento y acostumbradas amenazas que asustan a la clase media. Hicieron una campaña de amenazas y ofensas como es usual en su forma de ver la política.

Perecería que los electores contemporáneos están cansados de las viejas peleas.

Sería interesante analizar mejor estas campañas, porque permiten saber hacia dónde va la política de la Tercera Revolución industrial.

Fuente: Perfil 

Jaime Duran Barba
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