Grifería

El más elemental reporte escolar nos advierte de la extraordinaria riqueza hídrica venezolana. Sin embargo, nos comentaba un amigo cercano, algo jocoso, hoy, ningún deportista náutico se atrevería en nuestro país. Y sólo queda, como un ornamento hogareño, el viejo grifo que invoca tiempos ya idos de abundancia y limpieza.

Aguas superficiales y subterráneas, potables y servidas, agro e industria, biodiversidad y también emoción, entre otros, son aspectos que fluyen al intentar, por llamarla de alguna manera, cierta inquietud hidrográfica e hidrológica en los días que corren. Por más que intentemos olvidarlo hay advertencias que pesan sobre un régimen olvidado de la más elemental higiene de la población, por cierto, tan disciplinadamente acostumbrado a ella, so pretexto del “bloqueo” y de la pandemia covideana.

La escasez que es vivencia y sufrimiento, nos condena a un racionamiento del vital líquido en los grandes centros urbanos y, en las regiones más distantes, a elevar todas nuestras precauciones. Por ejemplo, las actividades del  llamado Arco Minero dejan como saldo desgraciado, una pavorosa contaminación de los grandes ríos y sus tributarios, antes referentes de pureza y cristalinidad.

Devenida doctrina de Estado, varias veces, Chávez Frías calculó que bastaban apenas unos minutos para la ducha cotidiana, estigmatizando a quienes intentaran una limpieza integral del cuerpo. En vida, muy quizá renegó de los placeres de un jacuzzi y observó con curiosidad alguna jornada de polo acuático.

Prometido el saneamiento del Guaire en Caracas, aunque permaneció y empeoró la inmundicia. Además, en tiempos de protesta, sus fuerzas represivas literalmente empujaron a la disidencia a embriagarse de disentería bacilar; y, en tiempos de paz, sobran los testimonios, los efectivos de la Guardia Nacional tuvieron que envasar esas aguas putrefactas para tratar de mantener sus propios sanitarios.

Luis Barragan
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