Peligrosa propensión

Es nuestra convicción, padecemos exponencialmente la pandemia como no ocurre en otras latitudes. Ni siquiera osamos una comparación con las democracias liberales de avanzado desarrollo económico, donde – incluso – hay libertad para cuestionar las políticas sanitarias adelantadas, resignándonos a la región y sub-región que antes también nos explicaba.

Detalle nada baladí, el PIB de Venezuela está ahora por debajo de Haití; o la potencia petrolera, importa ahora gasolina desde muy lejanas latitudes.  El acceso a las vacunas, es privilegio de una muy ínfima minoría, por supuesto, asociada al régimen, y carecemos de los más elementales recursos para defendernos del Covid19: lo más elemental,  no hay un servicio continuo y estable de agua y de electricidad, con precios de medicamentos que nos miran desde el pináculo de un largo y deliberado proceso hiperinflacionario.

Cada hogar resiste como mejor puede la ofensiva del virus, sorteando miles de  dificultades para alimentarse. Más de siete millones de personas desplazadas y refugiadas en lugares antes inimaginables, intentan las remesas para ayudar a sus familiares con los tampoco logran comunicarse frecuentemente, gracias a la enorme brecha digital.

Las redes dan cuenta de inauditos homicidios e increíbles suicidios, como la   madre que atenta contra sus hijos menores y contra ella misma, porque no tiene como sostener la casa.  Depresión y desesperación que llega a los extremos, pero también – inadvertidamente – ofrece preocupantes indicios, angustiosos síntomas, pistas seguras en la conducta de muchas personas directa o indirectamente relacionadas.

Vemos en la ilustración de Jeremy Geddes, un esbozo terrible de quienes, teniendo para comprarlo, no usan el tapabocas o unas gotas de alcohol en las manos, predispuestos a retar el virus, desde la más desenfadada indiferencia, descubriendo y reclamando la libertad de hacinarse en un ascensor o en restaurante, mientras temen enfrentarse al régimen que les niega las libertades fundamentales, incluyendo el derecho a vivir y a hacerlo en paz.  Hay acá una propensión al suicidio, no cabe duda, inducido por todo un sistema, asediados por la impotencia y la humillación; y, aunque insuficientes, encuentra la mano tendida de psicólogos y psiquiatras que tratan de ayudar de un modo u otro, desaparecidos prácticamente los cultores de la “nueva era”, desbordados, incapaces de contribuir con las  dosis repetidas de los Coelho de la auto-ayuda, o de levantar una carta astral antes muy bien cotizada. Puede decirse del peligro que nos roe, manifestándose a veces repentinamente en actos fulminantes.

Luis Barragan
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