Covid-19 y la cultura de los síes resignados

Sobre todo en los países más empobrecidos,  emergió el Covid-19 como un extraordinario mecanismo de control social. Además, faena favorecida por el ensanchamiento de la brecha digital, ayudó a esbozar y decretar sendos cuadros depresivos en los hogares.

Principiando la pandemia, se sintieron polémicas como las de Slavoj Žižek y Byung-Chul Han en torno al futuro del capitalismo y del socialismo. No obstante, aún la recordamos, voces como la de  Anne Applebaum, advirtieron a tiempo el sustancial problema de la concentración del poder a propósito del huésped peligroso.

Parecía que consideración adicional alguna podría hacerse respecto a los regímenes consagrados por la tiranía,  ya que la enfermedad la combaten dejando a su suerte al enfermo, ahorrándose el esfuerzo de toda represión. De Corea del Norte, únicamente conocemos de sus hambrunas y abalorios nucleares, y otro tanto de Cuba, pero – repentinamente –  la protesta ha anidado en la isla, con las consabidas respuestas.

Se trata del país que inventa una incierta prevacuna, por definir de alguna manera a la Abdala,    traída para probarla también con los venezolanos. Una fórmula tan arriesgada, se dice, no alcanza para la población cubana, pero sirve para su exportación con la aspiración de recoger las divisas necesarias y hacer la propaganda que le es  tan  indispensable al régimen.

Son más de sesenta años de una cultura de los síes resignados, forjada desde la más remota escolaridad, la que ha comenzado a corroer el coronavirus.  Para morir de mengua, asfixiados por la  pandemia, prefieren asumir el riesgo de adversar a sus verdugos en la calle, por muy mentalizados y condicionados que digan estar por un castrismo que ha tratado de vibrar con las tecnologías del entretenimiento, fallando inexorablemente.

Luis Barragan
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