Vigilar y castigar tiene un precio

Recientemente, Deutsche Welle  ha actualizado el episodio que consagra al régimen chino en el arco histórico de los totalitarismos (*). La cúpula reinante en el partido reinante ideó algo llamado el crédito social fundado en las credenciales digitales que explica todo ejercicio ciudadano, aunque no debemos hablar de ciudadanía sin un dato que la explica: la libertad.

Se dice de 43 ciudades, con más de 200 millones de cámaras de reconocimiento facial que dan cuenta de la conducta de cualquier habitante, por modesto que fuere, procesado electrónicamente en cada segundo de su existencia. Vigilancia absoluta de cada uno de sus actos susceptibles de la premiación o el castigo teledirigido de perfectísimo partido que tiene, por cierto, en su haber, la exportación masiva del Covid19.

Los cubanos dirán que no necesitan de tan sofisticados medios, tratando a los isleños a garrote limpio, y los norcoreanos no estarán dispuestos a distraer sus pocos recursos, porque tiene por empeño las ojivas nucleares. El régimen venezolano soñará con el sistema policíaco chino, pero desde la perspectiva del negocio descomunal que puede significar la adquisición de los equipos que no importará luego que no funcionen, porque dejarán suculentas comisiones y muchos se perderán en el camino.

El régimen, en este lado del mundo, no tiene con  qué premiar a nadie y mucho menos concebir en qué consiste el buen comportamiento de la gente, pues no hay servicio público en pie ni una noción mínima de la ética indispensable. Así que se conformará con los biométricos, las cámaras fantasmas instaladas en algunos postes, o las intervenciones telefónicas, apelando al personal seguimiento policial de la disidencia.

Es que el Carnet de la Patria, del PSUV o el incunable del MRB-200, no salva a nadie del hambre y una adicional bolsa del CLAP, si le llega a alguna persona, no lo libera de la segura desnutrición y enfermedades. Por ello, nuestros burócratas se prefieren como procónsules de una colonia china, donde les dejen agarrar por debajo de cuerda, pero los asiáticos ya tienen suficiente con la atención inmediata de los suyos.

Luis Barragan
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