La utilidad de lo incorrecto

En los últimos meses estudiamos a fondo algunos de los procesos electorales que se celebraron en América Latina. Después de la aparición de la pandemia, se confirman con fuerza algunas viejas hipótesis acerca de la transformación de la gente y de la política ocasionada por la tercera revolución industrial.

Los ciudadanos experimentan los cambios porque viven cada vez más en la realidad virtual, mientras la mayoría de los políticos, educados en el viejo paradigma, no lo entienden y sufren grandes reveses. Lo que existe entre unos y otros no es una brecha, sino un abismo que crece todos los días.

Algunos académicos venimos discutiendo el fenómeno en varios foros los últimos diez años, a pesar del enojo de quienes tienen una visión estática de la realidad. El hecho es que todo ha cambiado de manera radical en estas dos décadas y la política no puede estar fuera de la realidad.PUBLICIDAD

Con la revolución tecnológica la gente ha cobrado una fuerza y autonomía que no tenía antes, al mismo tiempo que las instituciones propias de la democracia representativa y su lógica entraron en crisis.

Las elecciones celebradas en los últimos meses arrojaron resultados que no esperaba la mayoría de los analistas. Es interesante constatar que aunque esto sucede todo el tiempo, en todos lados, hay muchos políticos y analistas que no logran comprenderlo.

Hace tres meses nadie creía que pasarían a la segunda vuelta en las elecciones para presidente de Chile José Antonio Kast y Gabriel Boric. Tampoco que llegaría tercero Franco Parisi, un candidato que no pisó el territorio nacional durante toda la campaña. La Concertación y la Alianza de derecha, las dos coaliciones que gobernaron el país durante las últimas décadas, llegaron en el cuarto y quinto lugar.

Las contradicciones entre el imaginario de los líderes políticos y la realidad tienen graves consecuencias. Muchos de ellos están más dedicados a luchar en contra de fantasmas que a entender la vida común de la gente.

Kast creyó que había conseguido el primer lugar por sus posturas ideológicas derechistas y ha mantenido una campaña anticomunista, que entusiasma a sus seguidores más duros pero no llega a los votantes que necesita atraer.

El tiempo ha pasado. Pinochet dejó el poder en 1990, cuando terminó la Guerra Fría. El 43% de los chilenos, que tiene menos de 30 años, ni siquiera había nacido en ese entonces, y quienes tienen 45 años solo tienen un recuerdo borroso de esos hechos. Los que tenemos más de 50 conservamos sentimientos intensos acerca de lo que ocurrió, y seguimos creyendo que la gente debe decidirse entre la izquierda y la derecha. En Chile somos un 12% de la población.

Encuestas que hemos estudiado en estos últimos meses en Argentina, México, Chile, Perú, Colombia y Ecuador dicen que quienes quisieran que el próximo presidente sea de izquierda están entre un 10% y un 15% de la población. A la inmensa mayoría de electores el tema no le interesa en ninguno de los países.

Las teorías conspirativas no tienen sentido. Los dirigentes que creen que Cuba y Maduro promueven la agitación y las candidaturas de izquierda están equivocados. Eso es imposible. La gente tiene sentido más común. Sabe que Maduro apenas si se mantiene en pie. Se acabó el barril de petróleo de más de cien dólares con el que Chávez intervenía en la política de los países de habla hispana mandando maletas con dólares y botando la plata por la ventana con las misiones. Actualmente un cuarto de los venezolanos ha huido del país porque no tiene qué comer. ¿Con qué recursos podría intervenir en otros países?

Ya no existe la Cuba que ponía gobiernos en Angola, Eritrea, Etiopía, que intervenía en Namibia y entrenaba y financiaba a grupos armados en toda América Latina. Pudo hacerlo cuando la Unión Soviética la financiaba porque era parte de su proyecto revolucionario. Cuba quebró. Hace poco, cuando el gobierno argentino envió una delegación para conseguir vacunas revolucionarias, se encontró con un gobierno que solicitaba la donación de jeringas desechables.

Es igualmente disparatado creer que el imperialismo conspira en contra del socialismo nac and pop y prohibir que ingresen las vacunas de Pfizer para que esa empresa no ponga cafeterías en nuestros glaciares. Tienen negocios más importantes, no quieren inaugurar hoteles en la Patagonia.

El gobierno de Cristina creyó que el pago a los fondos buitre sería decisivo en las elecciones norteamericanas. Nadie mencionó el evento, y ninguno de los candidatos habló siquiera de Argentina en toda la campaña. La política se explica por lo que ocurre dentro de los países y no por teorías conspirativas.

En la sociedad posmoderna incluso los símbolos y los ritos terminaron licuados. En La desaparición de los rituales, el filósofo Byung-Chul Han dice que los rituales han sido, a través de la historia, un elemento importante de identidad y continuidad de las culturas. La percepción simbólica del rito tiene que ver con la permanencia de las comunidades. Su desaparición o debilitamiento colabora para que las ideas pierdan consistencia y los símbolos se extravíen de su sentido original.

Cita una frase de Antoine de Saint-Exupéry: “Los ritos son al tiempo lo que la morada es al espacio”. Con la desaparición de los rituales, el tiempo se desintegra en una sucesión de presentes sin asidero. No nos detenemos para pensar, porque priorizamos gastar y consumir. La reflexión estratégica tiene poco espacio en la vorágine activista de la mayoría de los políticos.

Cuando Kast defendió a Pinochet en la primera vuelta no habló solamente de un gobierno que sufrieron los chilenos, sino de un símbolo que puede tener otras connotaciones.

Decir lo “políticamente incorrecto” provoca la reacción negativa de la prensa y de los círculos académicos progresistas, pero también llama la atención de la gente común hacia un candidato que parece distinto.

Abundan ejemplos de los “distintos” que se abrieron paso siendo “incorrectos” y triunfaron sobre las burlas del círculo rojo. Mencionemos solo a Donald Trump, Jair Bolsonaro y Volodímir Zelenski, casos icónicos de ese fenómeno.

Desde hace tiempo las imágenes se redefinen, a veces contradiciendo su sentido original. Varios movimientos gays europeos han usado en sus camisetas la imagen del Che Guevara, a pesar de que fue uno de los políticos más homófobos del siglo pasado.

Algo semejante pasa con la leyenda sobre la relación del rock con el demonio, iniciada con Sympathy For The Devil de los Rolling Stones. En su primera presentación se puede ver a Lennon, Yoko Ono y otros personajes de esa época disfrazados, haciendo muecas, celebrando la simpatía con un demonio que era un divertido símbolo de la transgresión. No tenía nada que ver con el maligno del Malleus Maleficarum, que adoptaba formas femeninas para copular con varones y conseguir el semen necesario, para adoptar después formas masculinas y desgraciar a las brujas.

Los Rolling no eran demoniólatras sino lúdicos.

Probablemente muchos votantes quisieron votar por Kast para defender un nivel de vida que les gustaba y no por sus peleas con fantasmas.

En Perú pasó algo semejante. Un año antes de las elecciones conversamos con dirigentes y personajes del país. Algunos creían que era hora del retorno de Acción Popular y del pensamiento de Belaúnde Terry, otros que era el momento del APRA. No faltaban los que suponían que volvería el fujimorismo. La atención de la prensa estaba puesta en las disputas entre los dirigentes de las formaciones políticas. Nadie hablaba de Pedro Castillo, tampoco de lo que pasaba con la gente.

¿Qué ocurrió? ¿Se vendieron masivamente textos de Marx o de Mariátegui? ¿Se organizaron seminarios para adoctrinar a los casi 9 millones de peruanos que votaron por Castillo? ¿Cuál fue el discurso con el que convenció a tanta gente?

La mayoría apoyó a Castillo porque estaba cansada de los viejos partidos. Votó en contra de la sociedad establecida, en contra de la tecnología y el progreso. Muchos votos llegaron desde las provincias montañosas del sur, que mantienen valores más anticuados, en contra de Lima y las

ciudades progresistas de la costa. Nada muy distinto a lo que estudió Francis Fukuyama durante las últimas elecciones norteamericanas: el enfrentamiento entre un “rust belt” conservador que apoya a Trump, porque se siente afectado por el avance tecnológico de la tercera revolución industrial, y las poblaciones más liberales de las ciudades.

La gobernabilidad se ha vuelto difícil, casi todos los presidentes pierden su popularidad a los pocos meses de asumir el cargo. Las movilizaciones en su contra no tienen líderes, ni ideologías, ni objetivos claros, ni las causan agentes externos, como ocurría en la Guerra Fría.

La mayoría de la gente opina y quiere opinar sobre todo. Conversa con otros que conoce a través de la red, se integra a sociedades horizontales que terminan siendo para él más importantes que los partidos y las ideologías. Sienten que los políticos están lejos de su vida.

No tienen sus inquietudes, se pelean entre ellos, buscan cargos, en muchos casos tienen un doble discurso que se evidencia porque viven en la vitrina de la red.

En reuniones con equipos de campaña o de comunicación de gobiernos en varios países hemos hecho un experimento: tomamos un reloj y registramos cuánto tiempo dedican a alabar al líder, cuánto a comentar lo que dicen los adversarios y la prensa, cuánto a recordar sus creencias de cualquier orden, revolucionarias, reaccionarias, chiitas, o lo que fuere, y cuánto a reflexionar sobre lo que siente la gente común, sus necesidades, la relación que tiene con el candidato o el presidente.

El tiempo dedicado a la gente es siempre mínimo. Normalmente se encierran en un discurso solipsista propio de la vieja sociedad, cuando los electores eran obedientes y lo único que importaba eran las pasiones y las creencias de los jefes. Cuando logramos que un equipo de campaña dedique a pensar en los electores comunes al menos el 20% de su tiempo, generalmente ganamos.

Fuente: Perfil

Jaime Duran Barba
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