Par de chapas

De nuevo, los venezolanos salimos extrañados del ciclo decembrino. Y es que tampoco supimos de las antiguas escenas de los niños  probando sus juguetes en los espacios públicos, ni de las más variadas escenas de ocio de los más adultos exhaustos de la festividad que, de un modo u otro, fue experiencia generalizada.

Desde el principio, el régimen se ha empeñado en privarnos de la alegría más espontánea y, aunque igualmente supo del inocultable derroche petrolero, en los tiempos de la inusitada bonanza dineraria, por siempre, estuvo asociada a una tregua navideña de la conflictividad, al frío, a la sana recreación y al esperado reencuentro con toda la familia. Absolutamente, hoy, más allá de la pandemia de la que se han servido, los mandamases que quebraron la economía y desataron una prolongada hiperinflación, aplauden la diáspora antes inimaginable y ofrecen en las más exclusivas áreas urbanas la diversión de los privilegiados, con un insólito y estridente espectáculo del que se puede ser lejano testigo, de acuerdo a una suerte de síndrome de Las Mercedes: se puede visitar el lugar, admirar los automóviles de última moda estacionados en los más caros restaurantes, para devolverse a casa a rumiar la frustración de una vida decente, como luce todo el propósito de exponer  el extravagante estilo de vida socialista.

Estilo incompatible con el sano esparcimiento que nos permite recordar una variante muy económica del béisbol que solíamos llamar juego de chapitas, muy frecuente en todas las treguas del año, requerido de los más insignes reflejos del atrevido jugador. Bastaba un palo de escoba, el obsequio de las chapitas del bodeguero que diaria e incesantemente vendía los refrescos de botella, y la apropiación de una calle de poco tránsito automotor y atento tránsito peatonal ante el furtivo, veloz e imprevisto batazo.

Ha desparecido de nuestro paisaje la recreación, no sólo porque ha bajado asombrosa y calamitosamente los niveles de consumo del venezolano, tan aniquilada nuestra siderurgia que una pequeña lámina para tapar las gaseosas constituyen todo un lujo, sino porque nos prefieren testigos de la diversión ajena. Lo es el caminar con la familia por las proximidades de los casinos, por ejemplo, e intentar distraerla con sus juegos de luces, u observar los escandalosos niveles de consumo de las minorías que logran atraer algunos centros comerciales.

Puede decirse que el juego de chapitas, acaso, tiene lo que puede llamarse una raya: Andrade se convirtió en tuerto al jugarlo con el Chávez que lo desojó, convirtiéndolo en archimillonario. Empero, irremediable, aquél tuvo el par de chapas bien puestas para hacerse cantante en Estados Unidos, tomándose muy en serio el juego.

Luis Barragan
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