La verdad vs. La falsedad

Existe en el mundo periodístico el ideal de la objetividad que exige siempre presentar “ambos lados de la moneda”, dicho ideal presupone que los distintos puntos de vista son legítimos y, si hay discrepancias, es un asunto de perspectiva o intensidad. Pues bien, ese ideal no es fácil de llevar a la práctica o, peor aún, intentar aplicarlo suele conducir a un periodismo conformista o acomodado. 

Pensemos en un titular inverosímil que podría bien aparecer un día de estos en la portada de un medio de comunicación en Venezuela: “Adultos mayores reclaman mejores pensiones, Maduro indica que pensiones garantizan calidad de vida”, en teoría, el trabajo periodístico es impecable, se reseñaron “ambos lados de la moneda” pero la dura realidad es que ese titular equipara la verdad con la falsedad y termina por ser un insulto al ciudadano.

Un periodismo auténtico, el necesario en tiempos de cinismo dictatorial, debe mostrar únicamente la verdad y señalar la mentira gubernamental. Pero empiezan los bemoles: “pero si hacemos eso nos cierran el medio, el programa o la radio”, pues si, ese es el riesgo de ejercer esa profesión, tal como el médico ejerce una profesión en la cual “arriesga” la vida del paciente, el contador público “ arriesga” la rentabilidad de la empresa, el docente “arriesga” la competencia de las futuras generaciones. Toda profesión u oficio comporta un riesgo y el solo hecho de vivir implica la certeza de morir algún día. 

Tomar la decisión, porque en última instancia es una decisión personal aunque existan amenazas y presiones, de refugiarse en la cobardía de la censura y la autocensura nos conduce a una sociedad silenciosa, obediente y servil capaz de ir directamente, con sus propios pies, al matadero de la hambruna programada para beneficio de quienes detentan el poder. Los pueblos y personas cobardes no son libres, son esclavos, así tengan cadenas de oro.

Puede que suene muy duro, pero esta crítica al periodismo y a los medios autocensurados es particularmente correcta cuando analizamos las ya no tan recientes medidas de ilegalización y cooptación de los partidos políticos. En el caso de AD, se les conminó a “validarse” no una sino dos veces, sus militantes aparecen, en público, en el portal web del CNE, como militantes registrados, igual se les ilegaliza, luego, el TSJ “decide” entregarle logo, sedes y tarjeta a personas distintas a la directiva legítima de la organización. Es un cuadro obvio, más que obvio, de ilegalización de un partido político. Pero se insiste en equiparar la verdad y la falsedad, se le sigue diciendo adecos a quienes usurpan las siglas, se les invita a medios, incluso, en las fechas especiales de la organización como el 13 de septiembre, hay comunicadores que relatan sorprendentemente que “no saben a que directiva felicitar” si a la legítima o a la usurpadora.

Se sigue jugando a la comedia de la imparcialidad, a que este escenario es un “conflicto interno” y hasta, ejerciendo mal el oficio de analista político, “sugieren” que se “unifiquen” la gente honesta con los alacranes cooptados. Lo peor, esta medida dictatorial es contra AD y contra COPEI, VP, PJ y contra muchos partidos minoritarios pero los medios cobardemente autocensurados, bañándose de una épica torpe diciendo que se “sacrifican” por mantener “abierta una ventanita informativa”, se hacen los que no ven una política sistemática de violación de los derechos civiles y políticos de los ciudadanos. 

Esos periodistas y esa prensa fácilmente hubieran sido capaces de titular una “objetiva” declaración de los nazis negando que odian a los judíos y que las cámaras de gas y los hornos son exageraciones. Quitarse la etiqueta de negacionista de la realidad autocrática es difícil, es una mancha que no se borra ni se olvida.

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