(In) documentados

El hombre contemporáneo (¿es necesario escribir que incluimos a la mujer?), al menos, en determinadas latitudes, es un referente de distintas claves: las que literalmente emplea para acceder al correo, cuenta bancaria, suscripción de la prensa, dispositivos de conferencias, u otros ámbitos de una confidencialidad siempre en peligro. Empero,  está igualmente amarrado a una documentación múltiple que, a pesar de la digitalización, en última instancia, lo remite al soporte físico, acreedor de toda suerte de sellos (secos y húmedos), numeraciones oficiales (claves superiores) y fechas de validez y caducidad que hacen una activa vida personal con los demás.

Por lo general, se dice del ciudadano documentado o indocumentado de acuerdo a la certificación que haga el Estado de su identidad, equivalente casi a su propia existencia humana. La cédula de identidad o el pasaporte, son los instrumentos esenciales susceptibles de manipulación política,  aunque frecuentemente olvidamos la otra documentación que también luce vital, como los títulos de propiedad inmobiliaria y automovilística (en la jerga venezolana, los papeles de la casa y del carro, o de algún terrenito por ahí), título académico,  licencias oficiales, certificado de salud, declaraciones de impuestos, acreditaciones laborales, récipes y recibos diversos,  acciones empresariales o recreativas, partida de nacimiento, matrimonio o divorcio, etc., etc.

Es de suponer que la vida también se va, intentando preservar esta otra documentación de la mejor forma posible, sobre todo al tratarse de una jubilación posiblemente cuestionada, o de los bienes que conciernen a una sucesión,  por ejemplo.  Pocos son los oficios que no requieren de la constancia escrita para una inmediata y quizá dolorosa constatación, como el boxeo o las artes marciales, pero del resto de la diaria convivencia también esperamos documentarlo.

A veces, suponemos lo felices que son aquellos que les importa un bledo contar con un archivo personal, suponiéndolos frecuentemente en situación de calle, aunque los hay quienes repartieron anticipadamente sus bienes, viven con lo indispensable, y para cualquier diligencia dependen de sus abogados. Acaso, guardarán provisionalmente el recibo de la lavandería y tintorería, por cierto, en vías de extinción en Venezuela.

Hoy, debemos guardar con mayor celo nuestros archivos personales, además, respecto a una documentación que ya no es fácil de encontrar en las dependencias del Estado y, de lograrlo, una copia certificada le quitaría a cualquiera la respiración por sus costos, tal como registrar o  notariar cualquier cosa. Un Estado que nos va indocumentando en este sentido, pues, en el otro, obtener una cédula de identidad o pasaporte es toda una proeza, marcando el compás de una depredación ya insostenible: versamos sobre una faceta que los teóricos subestiman, refocilándose en las viejas perspectivas.

Luis Barragan
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