Desgalerizados

Crecimos en un país donde las artes plásticas fueron también noticia, no sólo por la nombradía de sus hacedores, ejerciendo una gran influencia en el gusto masivo, sino por sus curadores y expositores. Relativamente fáciles de adquirirlas, de contado o a crédito, preferiblemente figurativas, las piezas originales o copias solían honrar las psaredes aún del más modesto hogar.

Por lo menos, la existencia de un museo público en cualquier localidad venezolana,  era feliz  pretexto para una visita de recreación dominical de la familia. A falta de cine o de cualquier otro espectáculo, o complementándolos, los niños gozaban de una mínima noción del mundo estético que compaginaba con las inquietudes sembradas en el  aula.

Incluso, eran profusas las visitas a las galerías privadas de las clases medias que pulsaban el ritmo de los esplendores petroleros, o los sectores universitarios que calibraban  el dato vanguardista de alguna afiliación ideológica, sin que hubiese obligación alguna de adquirir las encarecidas y, a veces, incomprensibles piezas. Todavía no disponemos de una radiografía histórica y sociológica de las viejas concurrencias, por ejemplo, al Museo de Arte Contemporáneo que tuvo en su directora, Sofía Ímber, una magnífica publicista, con  la virtud de actualizar la gratuita oferta visual  del Estado, con el que competían los sectores privados que supieron de un fenómeno que trascendió lo meramente mercantil.

Así como se ha despedazado el ámbito editorial,  en más de veinte años ocurre algo semejante en el plano artístico.  De las galerías públicas, ya nada se sabe y son numerosas las sospechas que levanta el patrimonio del que disponen, y de los museos privados, prácticamente se extinguieron, resistiéndose pocos locales a la debacle económica, aunque – suponemos – ha aumentado el tráfico de prestigiosas piezas como un medio de pago o de preservación del capital, más allá de certificar el arribismo social con alguna veleidad estética.

Quizá esta nota sea un tributo a esa infancia que nos acercó a las alternativas plásticas que prosperaron en la vieja prensa, en los espacios públicos y privados. Así no fuese compradora, un paseo familiar  añadía la admirada obra de un artista que se dejaba ver, por poco o mucho tiempo, antes que llegase el comprador y que, de un modo u otro, imitábamos con nuestros creyones o acuarelas para cumplir con una tarea escolar.

Luis Barragan
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