Pero cómo le explico a mi corazón

Parece que hay mucha gente, sin poder ponerle número, que cree francamente que los venezolanos del común somos idiotas. Que vamos a seguirlos cual si fueran flautistas de Hamelin.

Tengo noticias para ellos: los venezolanos no somos imbéciles. Somos, de siempre, ingenuos, confiados, más allá de lo que aconseja la sensatez, quizás hasta llevemos muchos años confundidos. Pero idiotas, no. 

Sabemos muy bien cómo se bate el cobre. Y, además, porque no somos idiotas, comprendemos muy bien lo que está escrito entre líneas.  

En el oscuro tercer sótano sin ventanas de la Casa Blanca, seguramente tiene su escritorio -que comparte con un colega- el tercer secretario del quinto asistente del cuarto subjefe del «Chief of Staff» del presidente Biden. Ahí, en ese escritorio, bajo tres kilos de papeles, está  «la carta». En sentido figurado, la travesía  que tendría  que hacer esa misiva, para tal vez tener alguna posibilidad de llegar a la bandeja de entrada de la cuarta secretaria del destinatario indicado en el encabezado, es más larga que un viaje diseñado por navegantes de la NASA. 

Pongamos de lado la cursi redacción. Cuestión de gustos. Pase. Al fin y al cabo, nadie puede ser culpado por un delito -la insoportable cursiambre-que no está contemplado en ningún código. Pesa sí el arrogarse derechos de representación, como  si fueran depositarios de una suerte de licencia de franquicia sobre nosotros, los venezolanos, a quienes estos señores suponen interpretar en pensamientos, deseos y pasiones. 

La leo. Varias veces. Respiro. Se me escapa un suspiro, no de alivio, más bien de cansancio, de hartazgo. Y la vuelvo a leer. Busco aunque sea una frase que no sea un homenaje a la babosada. Alguna palabra que haya conseguido escaparse del desfile irrelevante de lugares comunes y frases hechas. Nada. Lo único que abunda es vanidad, arrogancia, pedantería. 

Paciencia, pues. Que no la venden en las farmacias hoy abastecidas de curitas y remedios para todo mal. Respiro de nuevo. No sé cómo explicarle a mi corazón que tiene que seguir latiendo. 

Borro  la carta. No sirve ni para envolver un aguacate.

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Guayoyo en Letras