El peligro de los gobiernos autoritarios

Nadie duda hoy de que el stalisimo, el nazismo y el fascismo fueron regímenes autoritarios (en rigor, los dos primeros fueron específicamente totalitarios, por su “vocación universal”, aunque la distinción sea sólo una cuestión de grados y posibilidades), pero la realidad a veces torna difícil atribuir esa categoría a gobiernos actuales.

Los tres ejemplos clásicos reúnen las siguientes características salientes: un origen asociado al caos (crisis económica, desempleo, inflación, descomposición política), un líder carismático rodeado de un aura de infalibilidad, la organización tipo “aros de cebolla” del aparato político (en cuyo centro está el líder), el uso de la propaganda (repleta de ficciones, mentiras, medias verdades y nociones exageradas, dando mensajes que son, a la vez, afirmados y contradichos por distintos niveles dentro del movimiento), la exaltación del fanatismo combinada con la credulidad de los simpatizantes, la cooptación de las instituciones mediante la “transformación del Estado”, y el “racionalismo binario” que rechaza toda neutralidad (todo el que no esté incluido está excluido, todo el que no está conmigo está contra mí), y por supuesto, la anomia y el uso de la violencia, tanto discursiva, como simbólica y, de ser necesario, física.

Los gobernantes autoritarios, como cualquiera, también tienen que encontrar su propio “estilo”, su “esencia”. En los ejemplos, el primero lo asentó en la destrucción de la propiedad privada, el segundo en el antisemitismo genocida y el tercero en la exaltación del nacionalismo centralizado, pero todos, en mayor o menor medida, reúnen estas notas: el culto a la personalidad del líder (“El padrecito de los pueblos”, el Führer y el Duce), practicar la identificación de un enemigo dentro de sus sociedades, apelar al uso de la propaganda, limitar los derechos (en especial los vinculados con la libertad de prensa) y utilizar el aparato organizado del poder estatal –incluido el judicial, cada uno a su manera– para investigar, perseguir, hostigar, amedrentar y castigar a sus opositores políticos.

Pese a los ejemplos que ofrece la historia, la dificultad para advertir cuándo estamos frente a un gobierno autoritario (hacia adentro de sus fronteras, hacia afuera, o en ambos sentidos) sigue siendo actual, y está dada por varias circunstancias.

La primera es el fenómeno denominado shifting baselines o “puntos de referencia cambiantes”, que explica que en la vida diaria los cambios sociales graduales no se registran “porque la percepción se ajusta incesantemente a la transformación de sus entornos” (Welzer, 2011): se trata de la natural tendencia del ser humano a normalizar la realidad o a compatibilizar la nueva realidad que se le presenta desconocida –incluso cuando es anormal– con la experiencia conocida de su pasado próximo.

Otra es que los autoritarismos jamás se presentan a sí mismos bajo el lema de la primacía de la arbitrariedad, sino que solapan su esencia bajo lemas o eslóganes que, a simple vista, aun pueden resultar atractivos desde el punto de vista del bien común (la abolición de clases bolchevique, el honor y orgullo alemanes o el proyecto de unidad nacional fascista).

Otro problema es que al presentarse un nuevo “ismo” no se cuenta de antemano con elementos para calificarlo como autoritario. Hay que esperar a que esa fuerza política llegue al poder y logre desarrollar su “programa” para así mostrarnos su verdadero rostro. La dificultad crece porque hay una enorme cantidad de decisiones estatales en las que no es fácil identificar claramente la impronta arbitraria, dado que ésta aparece difuminada en la discrecionalidad política y las consabidas razones de “oportunidad, mérito y conveniencia” que la caracterizan.

La cuarta dificultad, en los sistemas republicanos de gobierno, nos la presenta la propia estructura constitucional. Sobre la base de la elemental división de poderes en Ejecutivo, Legislativo y Judicial y los principios de legalidad, razonabilidad y proporcionalidad se asume, en forma lineal y acrítica, que hay Estado de Derecho, y bajo ese prisma resulta impensado imaginarse un país cuyos dirigentes se vuelvan contra todo el ordenamiento jurídico.

Pero si ya ha pasado que algunos gobiernos se vuelquen hacia el autoritarismo, nada garantiza que no pueda volver a ocurrir. ¿Cuántos indicios necesitamos para alcanzar la certeza sobre ese peligroso viraje? Es una cuestión muy personal. A unos les alcanzará con leer una sola noticia, a otros no les será suficiente ni siquiera sufrir en carne propia la arbitrariedad.

Mientras las sociedades logren priorizar los valores morales por sobre las ventajas económicas, la obediencia o el miedo –cosa que se logra con educación “para la objeción y el pensamiento crítico” (Johst, 2020)– podemos tener la seguridad de que los partidarios de la arbitrariedad no van a poder inclinar en su favor a la mayoría de la población, ni cohesionarla de tal forma que puedan sentirse habilitados para hacer cualquier cosa.

Fuente: La Nación

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