Anomia

Originalmente, la noción viene de Émile Durkheim. Puede decirse de aquellas conductas (y convicciones) que no tienen por referente norma alguna, pudiendo ser constructiva, cuando rompe con determinados patrones en beneficio de la comunidad; o, destructiva, al perjudicarla con una actuación caprichosa, arbitraria y cambiante, acabando con la más elemental sociabilidad. 

Desafiando la costumbre local, una persona trota por las calles  a deshoras y, extendida como legitimada la práctica, a la postre obliga a dictar una ordenanza municipal que reconoce   los espacios y ampara a los atletas. Ésta faceta positiva rápidamente contrasta con la negativa, imponiéndose el vecino que escandaliza con sus fiestas al resignado vecindario hasta el día siguiente, demás, un enchufado para el cual no vale ningún orden jurídico. Sin embargo, son tres los casos emblemáticos de la Venezuela ya de varias décadas.

En efecto, reformada muchas veces, quedando intacta su esencia, la ley de tránsito terrestre es más antigua que las constituciones que nos hemos dado en la más reciente contemporaneidad, violentadas por las propias autoridades públicas para infundirle ese carácter de “normalidad” en la que, sólo aparentemente, todos comulgamos: “comerse” la luz (del semáforo), o andar desprovisto de casco protector en una motocicleta, así fuere en una autopista, es parte de una terrible identidad urbana. O, dándole mayor timbre a esa identidad, “colearse” en una cola, valga la redundancia, irrespetando a los demás: el colmo de todo, ya son dos veces que hemos visto a personas “colearse” desenfadadamente ante el confesionario católico, demostrando hasta dónde llega la contaminación, por no citar a los niños desescolarizados en masa que no saben que deben caminar por la derecha (ya ni las campañas del metro existen).

Tales los niveles anómicos que hemos alcanzado, que se hizo gobierno y derivó en un régimen, propio – ¿podíamos esperar otra cosa: – del Estado Criminal. Instituciones que no cumplen con las funciones para las cuales fueron creadas, órganos y organismos que duplican o quintuplican las actividades de una misma instancia, invocación de normas constitucionales y legales descaradamente violadas, dan muestras de un cinismo ilimitado.

La anomia, “enfermedad del sentido común” de acuerdo a María Sol Pérez Schael, conduce inexorablemente a la disolución social, hipótesis que precursoramente trabajó Aníbal Romero. Por ello, la necesidad de superar urgentemente el socialismo del siglo XXI, antes que acabe definitivamente con todos nosotros.          

Luis Barragan
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